La habitación estaba sumida en un silencio absoluto. Solo el leve crujido de la madera bajo sus pies rompía la quietud de la noche mientras la luz de la luna entraba por la ventana, fría y pálida, bañando la estancia con una calma engañosa. Frente a él, el espejo de cuerpo entero se alzaba como un testigo silencioso, reflejando una figura que todavía no lograba aceptar como propia.
Se acercó lentamente.
El cuerpo que ahora habitaba pertenecía a una joven de cabello azabache, largo y brillante, que caía en cascada sobre sus hombros. La piel pálida parecía casi luminosa bajo la luz lunar, y aquellos ojos rojos, intensos como rubíes encendidos, lo observaban desde el reflejo con una intensidad que lo incomodaba. Cada rasgo de aquel rostro era hermoso, casi perfecto… pero también estaba cargado con una historia que no le pertenecía.
Una historia manchada de sangre.
—Soy… ¿Anna? —susurró, casi sin atreverse a pronunciar el nombre.
El espejo no respondió.
Solo devolvió su mirada, inmóvil, como si estuviera esperando algo.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Pero entonces el reflejo comenzó a cambiar.
Primero fue la postura.
La figura del espejo se enderezó lentamente, volviéndose más alta, más imponente, como si la presencia que habitaba dentro de aquel cristal fuese distinta de la que estaba frente a él. La serenidad del rostro desapareció, reemplazada por una expresión llena de desprecio.
Los labios se curvaron en una sonrisa torcida.
Una sonrisa cruel.
Los ojos rubí brillaron con una intensidad oscura, cargados de una malicia que parecía llenar toda la habitación.
La figura en el espejo ya no era un simple reflejo.
Era ella.
La antigua Anna.
—¿De verdad crees que unos pocos gestos de bondad pueden cambiar lo que eres? —dijo el reflejo con una voz suave, pero cargada de burla—. Qué adorable intento.
El aire de la habitación pareció volverse más frío.
—Tú no eres más que una máscara usando mi rostro —continuó la figura con arrogancia—. No importa cuánto intentes fingir compasión, este mundo ya sabe quién soy.
El reflejo inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con una mezcla de diversión y desprecio.
—Mi sombra está grabada en cada rincón de esta casa… y mucho más allá de ella. La gente no espera que cambie. Solo esperan el día en que vuelva a ser lo que siempre fui.
Detrás de la figura reflejada, la superficie del espejo comenzó a oscurecerse.
Como si el cristal se hubiera transformado en una ventana hacia el pasado.
Las imágenes aparecieron lentamente.
Primero, un gran salón iluminado por candelabros de oro. Nobles vestidos con seda observaban en silencio mientras una joven sirvienta temblaba de rodillas frente a Anna. La antigua Anna se acercaba con pasos elegantes, sosteniendo un pequeño frasco entre los dedos.
El líquido dentro brillaba con un tono azul pálido.
“Lágrima de sílfide”.
La sirvienta intentaba suplicar, pero Anna simplemente sonreía antes de obligarla a beber el contenido. El efecto fue inmediato. El cuerpo de la joven quedó rígido como piedra mientras sus ojos seguían abiertos, conscientes, incapaces de moverse.
Los nobles alrededor reían.
Anna también.
La escena cambió.
Ahora los jardines de la mansión aparecían bajo una lluvia fría. Un grupo de niños huérfanos, demasiado pequeños para ese trabajo, limpiaban barro del suelo con las manos desnudas. Sus dedos estaban rojos, heridos, pero ninguno se atrevía a detenerse.
En el balcón del segundo piso, Anna observaba la escena con una copa de vino en la mano.
Cuando uno de los niños cayó exhausto al suelo, ella simplemente giró el rostro hacia uno de los guardias.
—Levántalo o déjalo ahí. Si muere, traigan otro.
El espejo volvió a cambiar.
Un hombre yacía en el suelo de una sala de audiencias improvisada. Su ropa estaba rasgada y su rostro cubierto de sangre mientras suplicaba por misericordia. Había sido acusado de traición, aunque nadie parecía interesado en escuchar su defensa.
Anna lo observaba desde su silla, con las piernas cruzadas.
Sus dedos jugaban distraídamente con una rosa blanca que había tomado del jardín.
—¿Misericordia? —preguntó con una sonrisa ligera.
Luego arrancó los pétalos uno por uno mientras el hombre seguía rogando.
Cuando el último pétalo cayó al suelo, simplemente hizo un gesto con la mano.
Los guardias entendieron la orden.
La sangre manchó el suelo de mármol.
Las imágenes continuaron.
Personas humilladas frente a toda la corte.
Alianzas destruidas con una sonrisa.
Rivales envenenados en silencio.
Sirvientes marcados como propiedad.
La antigua Anna aparecía en cada escena como una reina cruel, disfrutando cada momento con una elegancia que hacía todo aún más aterrador.
—¿Lo ves? —susurró el reflejo, apoyando una mano contra el cristal—. Este mundo ya sabe quién soy.
Sus ojos brillaron con una satisfacción oscura.
—Y tú… —continuó con desprecio— no puedes borrar todo esto.
El silencio llenó la habitación mientras las imágenes seguían ardiendo dentro del espejo.
—No importa cuánto intentes cambiar —dijo finalmente la antigua Anna—. Porque cuando la gente te mire… siempre me verá a mí.
La figura reflejada sonrió una última vez.
Una sonrisa llena de sangre.
—Yo soy inevitable.
Las imágenes comenzaron a desvanecerse lentamente dentro del espejo, pero su peso no desapareció con ellas.
Anna dio un paso atrás.
Sus piernas temblaban.
La náusea llegó de golpe, como si todo su cuerpo rechazara lo que acababa de ver. Llevó una mano a su estómago mientras el aire parecía volverse demasiado pesado para respirar con normalidad.
Esos recuerdos…
No los conocía.
Las memorias que había heredado de Anna eran fragmentos, ecos incompletos de una vida cruel. Había visto destellos antes: castigos, desprecio, pequeñas humillaciones que ya le habían parecido horribles.