Capítulo 4: El espejo no miente
La habitación estaba sumida en un silencio absoluto, roto solo por el leve crujido de la madera bajo sus pies. La luz de la luna se colaba fría y tenue por la ventana, bañando todo en una calma engañosa. Frente a él, el espejo de cuerpo entero parecía esperar, impasible, reflejando la figura que no terminaba de reconocerse.
El cuerpo que ahora habitaba era el de una joven. Pero dentro de esa forma, había una mente diferente, una historia ajena, un alma desconocida.
Se acercó lentamente al cristal, con una mezcla de asombro y temor, y susurró:
—Soy… ¿Anna? —El reflejo no respondió con palabras. Sólo devolvía la mirada, fija, imperturbable, como un juicio silencioso.
De pronto, la expresión serena comenzó a cambiar. Los labios se curvaron en una sonrisa torcida, cruel. Los ojos, aquellos rubíes incandescentes, brillaban con una malicia que helaba la sangre.
El vidrio se volvió una ventana oscura hacia un pasado aterrador. Sombras y destellos aparecieron detrás de la figura reflejada, como ecos atrapados en el cristal.
***
Primero, un salón lujoso donde Anna miraba con desdén a una sirvienta temblorosa. Con voz gélida, ordenaba castigos por errores mínimos. La joven caía de rodillas, llorando, mientras nobles se reían cruelmente.
Luego, los jardines se llenaron de niños huérfanos, forzados a limpiar barro bajo la lluvia. Anna observaba desde un balcón, con una sonrisa satisfecha y ojos sin piedad. Una imagen brutal: Anna arrancando una rosa blanca del jardín, pisoteándola sin miramientos, símbolo de la inocencia destruida.
Después, un hombre herido yacía en el suelo, suplicando por misericordia. Anna lo miraba con frialdad absoluta y ordenaba que lo dejaran morir.
Las escenas se sucedían con rapidez, un desfile de humillaciones públicas, traiciones disfrazadas con sonrisas falsas, alianzas rotas con crueldad calculada, y la muerte de quienes se atrevían a desafiarla.
***
La voz del reflejo resonó, arrogante y amenazante:
—¿Crees que puedes borrar todo esto? ¿Que puedes ser mejor que yo, cuando yo he marcado este mundo con mi sombra? —Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—Tú destruiste todo lo que tocaste… —respondió con dificultad, su voz quebrada por el peso del dolor guardado.
—Y tú no sabes el precio del poder —Al momento de pronunciar aquellas palabras ambas manos golpearon el espejo en un intento de escapar y tomar el control nuevamente, con un tono de burla y malicia, continuo—La gente no te ama. Sólo temen que yo vuelva. ¿Qué harás cuando no puedas fingir más?
Las palabras resonaron en su mente mientras cerraba los ojos con fuerza. Entonces, como una avalancha, llegaron recuerdos de otra vida: un chico en un cuarto pequeño, rodeado de libros y pantallas, en un mundo gris donde nadie lo veía.
Una madre distante, un padre ausente.
Madre: con voz fría, cortante — no sé cuánto más podremos soportar esto… nuestro hijo ya no es el mismo. No es el niño que conocíamos
Padre: con voz baja sin vida — …si… ha cambiado
Madre: mirando al suelo con tono apagado— cambio, sí pero no para mejor. A veces creo que esa luz se apagó para siempre.
Padre: mirando hacia el techo— a veces me pregunto si realmente estuvo aquí alguna vez… o si nos quedamos con la idea de un hijo que jamás regresara.
En ese momento, en la escalera un chico de pie en la penumbra con ojos vacíos.
La soledad pesada y silenciosa. Una lágrima rodó por su mejilla. Abrió los ojos y miró el reflejo que ahora ya no era sólo amenaza, sino advertencia.
—No soy ella —susurró con determinación—, pero tampoco soy quien fui. Se llevó la mano al pecho, sintiendo el latir tembloroso de su corazón, no sin miedo, pero con voluntad. —No quiero que me amen… quiero que me vean. Quiero vivir a mi manera.
El reflejo se desvaneció y la imagen volvió a ser serena, distinta: vulnerable, humana.
En ese instante, pasos suaves rompieron el silencio.
Una figura apareció en el umbral: Eliana. Ella no dijo nada. Su mirada decía todo. Se acercó y se arrodilló junto a él.
El cuerpo cedió ante la tensión acumulada, y cayó al suelo, lágrimas brotando sin control. Frustración, miedo, tristeza y esperanza se entremezclaban en un torbellino imposible de contener.
Eliana no dudó. Lo abrazó con la misma ternura con que Anna había sostenido a Eliana semanas atrás, en ese momento de dolor y humillación. El abrazo era un refugio, un lazo silencioso de humanidad compartida.
Anna apoyó su rostro en el cuello de Eliana, aferrándose a esa chispa de humanidad que parecía escaparse.
—Gracias… —susurró tan bajo que apenas fue un murmullo. Eliana apretó el abrazo, como si hubiera escuchado cada palabra no dicha. Y así, en aquella oscuridad punzante, dos almas heridas comenzaron a sanar.