La mañana llegó con una luz suave que se filtraba entre las cortinas de la habitación.
Anna abrió los ojos lentamente, sintiendo primero el peso de su propio cuerpo antes de recordar dónde estaba. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo blanco mientras su mente trataba de ordenar los fragmentos de la noche anterior.
El espejo.
La voz.
La risa cruel que parecía haberse quedado grabada dentro de su cabeza.
Su pecho se tensó ligeramente al recordarlo.
Pero algo más llamó su atención antes de que el miedo pudiera regresar por completo.
Su mano estaba cálida.
No era el calor de las mantas ni de la luz del sol entrando por la ventana. Era un calor distinto, humano.
Giró ligeramente la cabeza.
Entonces la vio.
Eliana estaba sentada en el suelo junto a la cama, apoyada contra el costado del colchón. Su espalda descansaba contra la madera mientras una de sus manos sostenía la de Anna con una firmeza tranquila, como si temiera que soltarla pudiera hacer que algo volviera a romperse.
La joven parecía haberse quedado dormida en esa posición.
Su cabello castaño caía desordenado sobre sus hombros y su respiración era lenta, profunda, la respiración de alguien que finalmente había cedido al cansancio después de muchas horas sin descanso.
Anna parpadeó lentamente.
No recordaba haber vuelto a la cama.
El último recuerdo claro era el suelo frío frente al espejo… el temblor en su cuerpo… y luego el abrazo.
El abrazo de Eliana.
Bajó la mirada hacia sus manos.
La mano de Eliana seguía entrelazada con la suya.
No era un gesto formal ni obediente como los que solían tener los sirvientes frente a sus señores. Era un gesto sencillo, casi instintivo, como si durante la noche la única forma que Eliana hubiera encontrado para asegurarse de que Anna no volviera a derrumbarse fuera quedarse allí, sosteniéndola.
El corazón de Anna se apretó suavemente.
—Te quedaste… —susurró casi sin voz.
Eliana se movió apenas al escucharla.
Sus párpados temblaron antes de abrirse lentamente, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia. Durante un segundo pareció confundida, como si hubiera olvidado dónde estaba.
Pero cuando sus ojos verdes encontraron el rostro de Anna, la confusión desapareció.
—Mi lady… —murmuró.
Intentó incorporarse rápidamente, como si de repente recordara su lugar, pero Anna cerró suavemente los dedos alrededor de su mano antes de que pudiera soltarse.
—No —dijo con voz tranquila.
Eliana se quedó inmóvil.
Sus ojos bajaron hacia sus manos entrelazadas, como si recién en ese momento se diera cuenta de que había pasado toda la noche sosteniéndola.
Un leve rubor apareció en su rostro.
—Lo siento… —murmuró—. No quería quedarme dormida aquí. Pensé que… que tal vez usted…
No terminó la frase.
Anna entendía perfectamente lo que Eliana había querido decir.
Que tal vez volvería a romperse.
Anna apretó suavemente su mano.
—Gracias.
La palabra salió más sincera de lo que esperaba.
Eliana levantó la mirada con sorpresa.
Anna respiró profundamente antes de continuar.
—No recuerdo cuándo me trajiste de vuelta a la cama… pero sí recuerdo el abrazo.
La joven guardó silencio.
Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada.
La luz de la mañana llenaba lentamente la habitación, disipando la oscuridad que había dominado la noche anterior. Por un instante, todo parecía extrañamente tranquilo.
Pero Anna sabía que esa calma no duraría para siempre.
Porque en algún lugar dentro de su mente…
la risa de la antigua Anna seguía esperando.
Aun así, mientras sentía la mano de Eliana sosteniendo la suya, comprendió algo que no había entendido antes.
Tal vez la sombra del pasado seguía allí.
Pero ahora…
ya no tenía que enfrentarla sola.
El silencio de la mañana se instaló poco a poco en la habitación.
Eliana permaneció unos momentos más junto a la cama, asegurándose de que Anna realmente estaba bien. Sus ojos aún mostraban una ligera preocupación, como si todavía esperara que en cualquier momento la joven volviera a romperse como la noche anterior.
Anna notó esa mirada.
—Estoy bien —dijo finalmente con una pequeña sonrisa tranquila.
Eliana dudó un instante, como si no supiera si creerle del todo. Luego inclinó la cabeza con respeto.
—Me alegra oírlo, mi lady.
Se levantó con cuidado del suelo, soltando finalmente la mano de Anna. Sus dedos permanecieron un segundo más sobre los de ella antes de retirarse, como si inconscientemente le costara separarse.
Anna lo notó.
Y por alguna razón, eso hizo que su corazón latiera un poco más rápido.
Eliana se acomodó el vestido con un gesto simple antes de dirigirse hacia la puerta.
—Le traeré el desayuno más tarde —dijo con su tono habitual—. Si necesita algo antes, solo tiene que llamarme.
Se detuvo un momento en el umbral y miró a Anna una vez más.
—Descanse un poco más.
Anna asintió.
—Gracias, Eliana.
La joven inclinó ligeramente la cabeza y finalmente salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.
El silencio regresó.
Anna permaneció acostada mirando el techo durante varios segundos, dejando que su mente volviera lentamente a lo que había ocurrido la noche anterior.
El espejo.
La voz.
La amenaza.
Un leve escalofrío recorrió su espalda al recordarlo.
Pero ese no fue el recuerdo que terminó dominando su mente.
Fue otro.
El abrazo.
Sus ojos se abrieron un poco más mientras esa sensación regresaba con una claridad inesperada.
La calidez.
El contacto.
Y, sobre todo…
la sensación de haber quedado apoyada contra el pecho de Eliana.
El rostro de Anna comenzó a enrojecer lentamente.
—N-no fue para tanto… —murmuró para sí misma.