—Despacho de Lady Alheria, Ala norte—
Desde la ventana de su estudio, Lady Altheria podía ver todo el jardín.
La tarde había sido gris, de esas que cubren la mansión con una calma silenciosa, casi melancólica. Las nubes bajas filtraban la luz del sol hasta convertirla en un resplandor tenue que caía sobre los senderos de piedra y los rosales aún jóvenes que esperaban la llegada de la primavera.
Altheria sostenía una taza de té entre las manos.
El vapor ascendía lentamente hacia su rostro, pero ella no bebía. Sus ojos permanecían fijos en el jardín, exactamente en el lugar donde, hacía apenas unos minutos, algo inesperado había ocurrido.
Había visto todo.
Cada gesto.
Cada movimiento.
Había visto a Anna caminar hasta el jardín con esa mezcla de duda y determinación que no recordaba haber visto nunca en ella. Había observado cómo se detenía junto a Garlan, cómo permanecía en silencio mientras él trabajaba la tierra… y cómo finalmente se inclinaba para trabajar a su lado.
Sus dedos se movieron ligeramente alrededor de la taza caliente.
Altheria no apartaba la mirada del lugar donde la joven había plantado las semillas.
Había visto cómo la heredera del ducado hundía sus manos en la tierra, ensuciando el vestido blanco que siempre llevaba con orgullo casi ceremonial. Había visto cómo trabajaba en silencio, sin una sola palabra que justificara su presencia.
Y también había escuchado el susurro final.
Lo siento.
Lady Altheria finalmente llevó la taza a sus labios y bebió un pequeño sorbo.
El té estaba tibio.
Sus ojos se cerraron un instante mientras pensaba.
Había cuidado de Anna desde que era una niña.
Había sido ella quien supervisó su educación, quien la acompañó durante los largos años en los que la pequeña heredera del ducado crecía entre pasillos demasiado grandes para alguien tan joven. Había estado presente en los días en que Anna corría por los jardines sin preocuparse por el barro en su vestido, riendo mientras perseguía mariposas entre los rosales.
Esa Anna…
Altheria entreabrió los ojos lentamente.
La recordaba con claridad.
Una niña de cabellos negros que apenas llegaban a los hombros, con los ojos brillantes de curiosidad y las manos siempre llenas de tierra después de pasar horas intentando plantar flores en cualquier rincón del jardín.
Una niña que se acercaba a Garlan para preguntarle cómo cuidar las rosas.
Una niña que había llorado una vez porque una flor se marchitó demasiado pronto.
El recuerdo apareció con una claridad dolorosa.
Pero luego…
todo cambió.
Los años trajeron lecciones distintas. Las enseñanzas de sus padres, la presión del linaje, la obsesión por el poder y la perfección. La niña que corría entre los rosales fue reemplazada lentamente por una joven que miraba el mundo desde lo alto de las escaleras de mármol.
Una joven que aprendió a hablar con la misma frialdad con la que sus padres gobernaban.
Altheria había visto ese cambio.
Había sido testigo silenciosa de cómo la inocencia se convertía en algo más duro, más cruel… hasta que la Anna que conocía desapareció por completo.
O al menos eso creyó.
Sus ojos volvieron a posarse en el jardín.
En el lugar donde la joven acababa de plantar las semillas con sus propias manos.
Altheria dejó la taza sobre el pequeño escritorio junto a la ventana.
Durante años había observado a Anna con una mezcla de preocupación y resignación, convencida de que aquella niña que había conocido ya no existía.
Pero lo que había visto esa tarde…
no encajaba con la mujer en la que se había convertido.
Sus dedos se apoyaron suavemente sobre el marco de la ventana mientras miraba el lugar donde Garlan ahora permanecía solo.
—¿Qué eres ahora… niña? —murmuró en voz baja.
No era una pregunta llena de esperanza.
Tampoco de reproche.
Era curiosidad.
Porque lo que había visto en el jardín no había sido un gesto vacío.
Había sido algo más difícil.
Un intento.
Lady Altheria observó el cielo gris por un momento.
Luego suspiró suavemente.
—Será mejor comprobarlo.
Y con esa decisión silenciosa, se apartó de la ventana.
Anna D’Valrienne sería llamada esa misma tarde.
Porque algunas cosas… debían ser observadas más de cerca.
—Laboratorio de Anna—
Anna no volvió directamente a su habitación después de abandonar el jardín.
Sus pasos la llevaron de forma casi automática al laboratorio, como si su cuerpo buscara el único lugar donde podía respirar sin sentir las miradas invisibles de toda la mansión. Cuando cerró la puerta detrás de sí, el silencio del lugar la envolvió de inmediato, pesado y familiar.
Pero esta vez no caminó hacia el pupitre.
No tomó la pluma.
No revisó las fórmulas que llevaba días intentando corregir.
Simplemente se quedó de pie en el centro del laboratorio.
Sus manos aún estaban manchadas de tierra.
El barro se había secado en la piel, formando pequeñas grietas oscuras entre sus dedos. Durante un momento las observó en silencio, como si intentara entender lo que había hecho realmente en ese jardín.
Planté semillas.
El pensamiento parecía demasiado simple para el peso que llevaba dentro.
Había pasado días enteros intentando reparar fórmulas, corrigiendo símbolos alquímicos, cambiando reacciones y efectos que la antigua Anna había creado para destruir. Pero aquello… aquello había sido distinto.
No había sido alquimia.
No había sido cálculo.
Había sido algo mucho más frágil.
Anna cerró lentamente las manos.
—No sé si eso ayudará en algo… —murmuró para sí misma.
La imagen de Garlan volvió a su mente con claridad.
Su espalda encorvada.
Su silencio.
La forma en que había seguido trabajando la tierra sin mirarla.