El Velo De La Rosa

Capítulo 8: El Eco de lo no Dicho Parte

Los sirvientes de la mansión estaban acostumbrados a muchas cosas.

Silencios incómodos en los pasillos. Órdenes cortantes desde lo alto de las escaleras de mármol. Miradas que hacían bajar la cabeza incluso antes de que una palabra fuera pronunciada.

Pero aquella mañana… lo que estaban viendo era algo completamente distinto.

En el patio central de la mansión, justo frente a la antigua fuente de piedra que durante generaciones había sido el orgullo del lugar, se desarrollaba una escena que nadie en la casa habría imaginado presenciar jamás.

Anna D’Valrienne, heredera del ducado y señora de la mansión, estaba barriendo el suelo.

El sol de la mañana caía sobre el patio, iluminando su figura vestida con la misma ropa elegante que solía usar en recepciones formales: un vestido blanco de tela fina que contrastaba de forma absurda con la escoba de madera que sostenía entre las manos.

Los mayordomos observaban desde los corredores del segundo piso.

Las doncellas se habían detenido en mitad de sus tareas.

Incluso algunos guardias, que normalmente ignoraban la vida doméstica de la casa, se habían quedado inmóviles junto a los pilares de piedra.

Nadie decía nada.

Pero las miradas que intercambiaban lo decían todo.

¿La señora de la casa… barriendo?

Anna, por su parte, estaba demasiado concentrada para notar el impacto que estaba causando.

Intentaba mover la escoba con cuidado, imitando los movimientos que había visto hacer a Eliana apenas unos minutos antes. Sin embargo, cada intento terminaba torciendo la dirección de las cerdas o empujando el polvo hacia el lugar equivocado.

—No, así no… —dijo Eliana, llevándose una mano a la frente mientras suspiraba—. Si mueve la escoba de esa forma solo está empujando todo hacia donde ya estaba.

Anna se detuvo.

Miró el suelo.

Luego miró la escoba.

Después volvió a intentarlo, esta vez moviéndola con un gesto más amplio.

El resultado fue peor.

Una pequeña nube de polvo se levantó frente a ellas.

Eliana cerró los ojos un segundo.

—Mi lady…

—Estoy intentando hacerlo bien —respondió Anna, frunciendo ligeramente el ceño mientras acomodaba el agarre de la escoba.

Sus movimientos eran torpes, pero había una concentración genuina en su rostro.

Para alguien que en su vida anterior había hecho tareas cotidianas sin pensar demasiado en ellas, trabajar en un patio tan amplio y abierto resultaba inesperadamente complicado.

Eliana observó el vestido blanco que Anna llevaba puesto.

Luego miró el suelo.

Y finalmente volvió a suspirar.

—Debió ponerse algo más cómodo para esto.

Anna se detuvo nuevamente.

Bajó la mirada hacia su ropa.

Luego volvió a mirar a Eliana.

—No tengo algo más cómodo.

Eliana parpadeó.

—¿Cómo que no tiene?

Anna levantó ligeramente un extremo de la falda con gesto resignado.

—Esto es lo más sencillo que hay en mi armario.

La respuesta dejó a Eliana en silencio durante unos segundos.

Por supuesto que era cierto.

El guardarropa de Anna estaba lleno de vestidos elegantes, telas costosas y prendas diseñadas para ser vistas en recepciones, reuniones políticas o eventos formales.

Nada de eso estaba pensado para barrer patios.

Eliana se llevó una mano a la sien.

—Mi lady…

Anna volvió a intentar mover la escoba.

El vestido dificultaba cada movimiento.

Las mangas eran demasiado largas.

La falda demasiado pesada.

Aun así continuó.

—Estoy segura de que puedo aprender.

Eliana la observó durante un momento.

Luego negó lentamente con la cabeza.

—No, esto no va a funcionar.

Anna levantó la mirada.

—¿Qué?

Eliana cruzó los brazos.

Su expresión había cambiado.

Ahora tenía esa determinación tranquila que Anna ya empezaba a reconocer.

—Le voy a hacer ropa nueva.

Anna parpadeó.

—¿Ropa…?

—Sí.

Eliana señaló el vestido con un pequeño gesto.

—Algo que pueda usar dentro de la mansión sin tener que luchar contra la tela cada vez que se mueve.

Anna miró su ropa otra vez.

Luego miró la escoba.

Y finalmente volvió a mirar a Eliana.

—¿Existe algo así?

Eliana dejó escapar un suspiro largo.

—Claro que existe.

Sus ojos se suavizaron ligeramente.

—Solo que nadie pensó que la señora de esta casa lo necesitaría.

En los corredores superiores, varios sirvientes intercambiaron miradas silenciosas.

La escena seguía siendo surrealista.

La heredera del ducado, intentando barrer un patio bajo la supervisión de su propia sirvienta.

Y lo más extraño de todo…

era que Anna parecía estar tomándolo completamente en serio.

El sonido de pasos apresurados resonó bajo los arcos del patio.

Uno de los guardias de la entrada atravesó el corredor que conectaba con el patio central y apareció bajo la luz de la mañana con la respiración apenas alterada por la prisa. Su mirada se detuvo un instante al llegar, y por un breve momento su expresión se congeló al observar la escena frente a la fuente.

Allí estaba Anna.

La señora de la casa.

Con una escoba en las manos.

Durante un segundo su mente pareció resistirse a aceptar lo que veía. La imagen no encajaba con la figura distante y temida que durante años había gobernado aquella mansión con una sola mirada. Sin embargo, el entrenamiento fue más rápido que la sorpresa. El guardia enderezó la espalda, recuperó su postura militar y golpeó el suelo con el talón al detenerse frente a ellas.

—Mi lady.

Anna levantó la cabeza mientras Eliana también se giraba hacia el recién llegado. El patio, que hasta ese momento había estado lleno del suave sonido de la escoba contra la piedra, quedó en silencio.

—Tiene una visita —anunció el guardia con voz firme.

Eliana frunció ligeramente el ceño mientras Anna apoyaba la escoba contra el suelo.




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