La habitación permanecía en penumbra, silenciosa y cerrada al resto de la mansión. Las cortinas no habían sido abiertas y el fuego de la chimenea seguía apagado, de modo que la única luz que entraba era la franja gris que se filtraba entre las telas pesadas, dibujando una línea pálida sobre el suelo de madera.
Anna estaba tendida sobre la cama, boca abajo, con el rostro hundido en la almohada como si de esa manera pudiera ocultarse del mundo… o de sí misma. Sus manos se aferraban a las sábanas con una fuerza que arrugaba la tela bajo sus dedos, mientras su respiración irregular rompía el silencio de la habitación con pequeños temblores que ella misma intentaba contener.
Había aguantado.
Había escuchado el odio de Daeron sin apartar la mirada. Había soportado el peso de su furia, de su desprecio, de la rabia que llenaba la sala como una presión invisible. No había intentado defenderse, ni justificar nada, porque sabía perfectamente que no tenía derecho a hacerlo.
Pero ahora que estaba sola, el silencio se volvía demasiado grande.
Cada vez que cerraba los ojos, la escena regresaba con una claridad insoportable. La mirada de Daeron cargada de rabia, la forma en que su voz había temblado al escuchar el nombre de su hermana, el momento exacto en que perdió toda la compostura noble que había mantenido durante la reunión.
Anna apretó los dientes contra la almohada.
—Idiota… —murmuró con una voz ahogada por la tela.
La memoria no tardó en responder.
No llegó como un pensamiento ordenado, sino como una imagen que se abría paso sin pedir permiso.
Recordó la primera vez que la vio.
La joven Valcourt había llegado a la mansión acompañando a su hermano en una de las visitas diplomáticas entre ambas casas. Anna recordaba ese día con demasiada claridad: el sonido de las conversaciones en el salón principal, las luces del banquete reflejándose en los candelabros de cristal, y aquella figura que parecía moverse entre los invitados con una naturalidad que llamaba la atención incluso sin proponérselo.
Recordaba el vestido claro que llevaba, sencillo pero elegante, y la forma en que caminaba por los jardines durante la tarde como si el lugar le perteneciera desde siempre.
Pero lo que Anna recordaba con más precisión no era a la joven en sí.
Eran las miradas.
Los sirvientes que se detenían un instante más de lo necesario para observarla. Las damas que comentaban en voz baja lo hermosa que era. Incluso algunos de los jóvenes nobles que habían acudido a la recepción parecían más interesados en acercarse a ella que a la propia heredera de la casa d’Valrienne.
Anna lo había notado todo.
Cada comentario.
Cada sonrisa.
Cada mirada que no estaba dirigida a ella.
Los celos la golpearon con una fuerza que no esperaba.
En aquel entonces, Anna había crecido creyendo que el mundo debía girar a su alrededor. Había sido educada para pensar que su nombre, su linaje y su talento eran suficientes para eclipsar a cualquiera que se cruzara en su camino.
Pero aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, alguien había robado la atención que consideraba suya por derecho.
Y esa sensación la enfureció.
Anna apretó las sábanas con más fuerza.
La decisión había llegado rápido.
En ese momento no lo había considerado un crimen imperdonable, ni siquiera una acción especialmente grave. Para la persona que era entonces, el mundo estaba lleno de personas prescindibles, vidas pequeñas que podían desaparecer sin alterar demasiado el equilibrio de las cosas.
Había sido fácil.
Una conversación en voz baja con las personas adecuadas.
Una bolsa de monedas lo suficientemente pesada para evitar preguntas innecesarias.
Un nombre pronunciado apenas una vez.
Nada que pudiera señalarla directamente.
Los hombres que aceptaron el encargo no hicieron preguntas. Solo escucharon la instrucción y aceptaron el pago con la misma naturalidad con la que otros aceptaban trabajos más honestos.
Secuestrarla.
Y hacerla desaparecer.
El plan funcionó.
La joven Valcourt fue raptada durante un viaje de regreso a su territorio, cuando su carruaje atravesaba un camino apartado donde las escoltas no eran suficientes para detener a un grupo decidido de hombres armados.
Durante semanas, las dos casas movilizaron todo lo que tenían para encontrarla. Guardias enviados a las rutas comerciales, mensajeros que recorrían los pueblos cercanos, investigaciones que intentaban seguir cualquier rastro que pudiera haber quedado atrás.
Pero no encontraron nada.
La joven había desaparecido como si el mundo mismo hubiera decidido tragársela.
Anna sabía la verdad.
Había sido vendida.
Vendida en un mercado lejano, en un lugar donde los nombres nobles no tenían valor y donde nadie se preocupaba por preguntar de dónde venían las mujeres que aparecían encadenadas para ser compradas.
La familia Valcourt la buscó durante meses.
Daeron nunca dejó de hacerlo.
Pero cuando finalmente lograron encontrar una pista real… ya era demasiado tarde.
Anna enterró aún más el rostro en la almohada.
La joven Valcourt había muerto en aquel lugar.
Lejos de su hogar.
Lejos de su familia.
Sin que nadie pudiera salvarla.
La investigación nunca logró encontrar a los responsables. Los hombres que habían aceptado el encargo desaparecieron sin dejar rastro, y las pocas pistas que quedaban se diluyeron hasta que el caso terminó cerrándose por falta de pruebas.
Daeron siempre lo supo.
Lo había visto en sus ojos cada vez que la miraba.
Pero sin pruebas… no podía acusarla.
La Anna de entonces había quedado impune.
El silencio en la habitación se volvió aún más pesado.
Anna se aferró a las sábanas con fuerza, mientras su respiración finalmente se quebraba contra la almohada.
Porque ahora entendía algo que antes nunca quiso reconocer.