– cocina por la tarde –
La cocina de la mansión D’Valrienne estaba especialmente animada aquella tarde. El sonido constante de cuchillos golpeando tablas de madera, el murmullo de las ollas hirviendo lentamente y el aroma del pan recién horneado llenaban el aire con una calidez doméstica que contrastaba con la solemnidad habitual del resto de la casa.
Pero lo que realmente tenía a todas las sirvientas en alerta no era la cena.
Era Anna.
La señora de la mansión estaba allí.
De pie junto a la gran mesa central, con un delantal blanco atado torpemente a la cintura, observando una zanahoria con una concentración casi militar mientras sostenía un cuchillo que, claramente, no sabía manejar.
Varias de las sirvientas fingían trabajar con normalidad, pero cada pocos segundos alguna levantaba la vista para observar la escena con una mezcla de incredulidad y curiosidad.
Porque durante años Anna d’Valrienne había sido una presencia lejana en la casa, alguien que caminaba por los pasillos con una elegancia fría, acompañada por sirvientes que hacían todo por ella.
Nadie habría imaginado verla en medio de la cocina.
Mucho menos… intentando ayudar.
—Bien… —murmuró Anna para sí misma mientras colocaba la zanahoria sobre la tabla de cortar—. Solo hay que hacer trozos iguales.
Levantó el cuchillo.
Bajó la mano con decisión.
El golpe fue demasiado fuerte.
La zanahoria salió disparada de la tabla, rebotó contra una cesta de cebollas y terminó rodando por el suelo.
Durante un segundo, el silencio cayó sobre la cocina.
Una de las cocineras se apresuró a recogerla mientras intentaba mantener una expresión neutral.
—No se preocupe, milady —dijo rápidamente—. Estas cosas pasan.
Anna frunció el ceño.
—Solo fue un error.
Tomó otra zanahoria.
Respiró profundamente.
Intentó de nuevo.
Esta vez el cuchillo resbaló contra la superficie de la tabla, el vegetal giró como si tuviera voluntad propia y el pequeño trozo que logró cortar salió volando directamente hacia una olla que estaba sobre la mesa.
Varias sirvientas se giraron inmediatamente hacia otro lado.
Una fingió revisar una cesta de papas con una intensidad sospechosa.
Otra carraspeó con una tos muy poco convincente.
Desde su punto de vista, la escena era casi surrealista.
La temida señora de la casa, aquella que en el pasado había sido capaz de hacer temblar a media mansión con una sola mirada, ahora luchaba contra una zanahoria con una determinación que habría sido admirable… si no fuera tan desastrosa.
Anna miró el cuchillo.
Luego la tabla.
Luego la zanahoria.
Suspiró.
—Esto es más difícil de lo que parece…
Decidió intentar otra tarea.
Una de las cocineras, con la valentía que solo nace de la costumbre, le acercó una gran olla de guiso.
—Tal vez podría remover esto, milady.
Anna tomó la cuchara de madera con seriedad.
Removió una vez.
Dos veces.
La tercera vez la cuchara golpeó el borde de la olla con un sonido seco y parte del guiso salpicó la mesa.
Una sirvienta tuvo que girarse completamente de espaldas para evitar que su risa escapara.
Otra ya se estaba mordiendo el labio inferior.
Anna dejó la cuchara sobre la mesa, cerró los ojos durante un segundo y respiró profundamente mientras intentaba mantener la dignidad.
—Quiero ayudar de verdad —dijo finalmente con una mezcla de frustración y obstinación—. Pero parece que todo lo que intento termina empeorando las cosas.
Las sirvientas intercambiaron miradas.
Porque entendían algo que Anna no decía.
Aquel cuerpo jamás había tenido que hacer nada por sí mismo.
Y el alma que lo habitaba ahora tampoco tenía demasiada experiencia doméstica.
Si acaso, lo más cercano a cocinar que había hecho en su vida era abrir un paquete de ramen instantáneo… o aceptar lo que su madre preparaba para ella.
Una de las sirvientas carraspeó suavemente.
—Milady… tal vez el problema no sea su voluntad.
Anna levantó la mirada.
—¿Entonces qué es?
Varias de ellas sonrieron de manera casi cómplice.
Una de las más jóvenes tomó algo cuidadosamente doblado de una cesta cercana y lo desplegó frente a ella.
—Su ropa.
Anna observó la prenda con curiosidad.
Era un vestido de maid.
Pero claramente no era como los que ellas usaban.
Mientras los uniformes normales de la cocina eran largos, discretos y prácticos, aquel vestido estaba diseñado de una forma completamente distinta. La tela se ajustaba más al cuerpo, el delantal era más decorativo que funcional y la falda terminaba varios centímetros por encima de las rodillas.
Lo suficiente para dejar los muslos completamente a la vista.
Anna inclinó la cabeza mientras lo observaba.
—¿Con esto podré moverme mejor?
Varias sirvientas tuvieron que cubrirse la boca para no reír.
—Mucho mejor, milady.
Anna asintió con total convicción.
—Entonces lo usaré.
Tomó el vestido y desapareció detrás de la puerta del pequeño cuarto contiguo para cambiarse.
La cocina quedó en silencio.
Una de las sirvientas murmuró en voz baja:
—No puedo creer que realmente se lo haya puesto…
Otra suspiró.
—Cuando comenzamos a coserlo pensé que solo sería una broma.
Porque era cierto.
Desde que Anna había empezado a cambiar, desde que la habían visto trabajar en el jardín o ayudar en pequeños detalles de la mansión, muchas de ellas habían empezado a verla de otra manera.
Más humana.
Más cercana.
Y en algún momento alguien había comentado que Anna se vería increíble con un uniforme de maid.
La idea había empezado como una broma.
Pero la broma había terminado convirtiéndose en un pequeño proyecto secreto.
La puerta del cuarto se abrió.