La habitación estaba en silencio.
No era el silencio tranquilo de las noches en la mansión, ni el de las mañanas antes de que los sirvientes comenzaran su rutina. Era otro tipo de quietud, una que parecía contener algo más profundo… como si las paredes mismas supieran que aquel momento era una despedida.
Sobre la cama, una pequeña maleta de viaje permanecía abierta.
Anna terminaba de acomodar las últimas prendas con movimientos tranquilos, revisando cada detalle una vez más. No llevaba mucho. Un par de vestidos sencillos, algunas mudas limpias, lo necesario para un viaje corto. Nada de los excesos que alguna vez habrían llenado tres baúles completos.
Habían pasado tres días desde la llegada del mensajero.
Tres días desde que la carta con el sello de la casa principal había entrado en aquella mansión.
El mensajero había regresado al día siguiente, tal como era costumbre en asuntos nobles, esperando una respuesta formal. Y la había recibido.
Lady Anna d’Valrienne asistiría al baile.
Ahora el carruaje aguardaba frente a la entrada principal.
Anna cerró la maleta con suavidad y permaneció un instante quieta antes de levantarse. Caminó hasta el espejo alto que descansaba junto al armario y observó su reflejo con calma.
Vestía un traje de viaje sencillo, de tela gris oscuro, ajustado sin ostentación. La falda caía recta hasta sus tobillos, y el abrigo ligero marcaba su figura con sobriedad. No llevaba joyas. Ninguna cadena, ningún anillo brillante.
Ni siquiera perfume.
Su cabello estaba recogido en una trenza baja, práctica, lejos de las elaboradas decoraciones que alguna vez había usado para llamar la atención en los salones nobles.
La mujer del reflejo parecía… distinta.
Más simple.
Más real.
Durante unos segundos, Anna sostuvo su propia mirada.
Entonces el espejo cambió.
No fue un movimiento brusco ni una ruptura violenta. Fue algo más sutil, como si la superficie del cristal hubiera sido perturbada por una corriente invisible.
Y detrás de su reflejo apareció otra figura.
La misma silueta.
Los mismos ojos.
Pero con una sonrisa torcida que no pertenecía a la mujer frente al espejo.
La sombra.
La otra Anna apoyó un hombro contra el marco imaginario del espejo, observándola con una mezcla de diversión y desprecio.
—Así que realmente vas a ir —murmuró con un tono ligero, casi entretenido—. A la boca del lobo… y por decisión propia.
Anna no se movió.
—Qué fascinante —continuó la sombra—. Podrías quedarte aquí. Nadie te obligaría a regresar. Podrías esconderte en esta pequeña granja disfrazada de mansión, jugando a ser buena persona con jardineros y sirvientas.
Sus labios se curvaron un poco más.
—Pero no. Prefieres caminar directo hacia ellos.
Anna seguía observando el espejo en silencio.
—¿Sabes lo que te espera allí? —prosiguió la otra Anna, inclinando ligeramente la cabeza—. Nobles que recuerdan cada uno de tus errores. Familias que aún celebran tu caída. Sonrisas dulces con veneno detrás.
Su mirada se volvió más oscura.
—Te van a destrozar.
No habrá misericordia.
No habrá segundas oportunidades.
Solo recordarán a la villana que fuiste.
El silencio de Anna fue absoluto.
La sombra esperó una reacción. Una discusión. Una negación.
Pero no llegó.
Los segundos pasaron.
Y la mujer frente al espejo simplemente… siguió respirando con calma.
La sonrisa de la sombra se tensó apenas.
—¿Nada? —preguntó finalmente, con una leve irritación—. Ni siquiera vas a defenderte.
Anna tomó su maleta del borde de la cama y caminó hacia la puerta.
Sus pasos eran tranquilos.
Seguros.
La sombra la observó avanzar, cruzándose de brazos con una sonrisa cargada de burla.
—Qué patético —murmuró—. Vas directo a tu ejecución y ni siquiera tienes algo que decir.
La mano de Anna alcanzó el picaporte.
Lo sostuvo durante un segundo.
Luego habló.
Sin girarse.
—No eres tú quien aparecerá allí.
La sombra se quedó en silencio.
—Ni tú… ni la Anna que ellos creen conocer.
Anna abrió la puerta.
La luz del pasillo se filtró en la habitación.
—Así que ni tú… ni los nobles de esa casa… saben realmente qué va a pasar.
Por primera vez, la sonrisa de la sombra desapareció.
Anna salió de la habitación.
La puerta se cerró con suavidad detrás de ella.
Y el espejo volvió a mostrar solo un reflejo vacío.
El pasillo estaba silencioso cuando Anna cerró la puerta de su habitación.
La mansión aún no había despertado del todo, pero tampoco dormía. Ese momento extraño entre la mañana y el día pleno hacía que cada paso resonara con más fuerza de lo habitual.
Anna caminó con la maleta en la mano.
Sus pasos eran tranquilos, medidos, como si aquel trayecto fuera algo que ya hubiera recorrido muchas veces antes. Y en cierto modo… lo había hecho.
Mientras avanzaba por el corredor, las paredes parecían devolverle recuerdos que preferiría haber olvidado.
Las fiestas.
Los grandes salones iluminados por candelabros de cristal, el sonido de las copas chocando suavemente, los vestidos brillando bajo la luz dorada. Recordaba cómo los nobles se acercaban a ella uno tras otro, inclinando la cabeza con sonrisas perfectamente ensayadas.
Elogios.
Palabras dulces.
Promesas disfrazadas de admiración.
Pero nunca eran para ella.
Eran para el apellido.
Para el poder.
Para lo que podían ganar si lograban captar su atención.
La antigua Anna había disfrutado cada segundo de aquello.
Había saboreado esas miradas como si fueran una confirmación de su superioridad.
Había creído, sin dudarlo, que el mundo giraba a su alrededor.
Anna siguió caminando.
El sonido de sus pasos se mezclaba ahora con otro recuerdo.