El Velo De La Rosa

Capitulo 14: El Umbral del Legado

El carruaje avanzaba con un ritmo constante por el camino empedrado que conducía a la ciudad.

Dentro, el espacio era amplio pero silencioso, apenas iluminado por la luz gris que se filtraba por las pequeñas ventanas laterales. El traqueteo de las ruedas y el sonido rítmico de los caballos eran lo único que rompía la quietud.

O al menos… lo habrían sido.

Si Eliana hubiera estado callada.

—Mira esto —dijo de repente, sacando algo de su mochila con evidente entusiasmo.

Anna, sentada frente a ella, mantenía la espalda recta y las manos reposando con elegancia sobre su falda, intentando sostener una imagen de serenidad que correspondiera al apellido que llevaba.

—Eliana…

—Es importante —continuó la joven como si no la hubiera escuchado—. Planeé todo el viaje.

La mochila parecía un abismo sin fondo. De ella comenzaron a salir objetos uno tras otro: un pequeño cuaderno, un mapa doblado varias veces, una bolsa con dulces envueltos en papel y hasta un pequeño frasco de tinta.

—Aquí está la agenda —anunció con orgullo, abriendo el cuaderno frente a Anna—. Primera parada: la plaza central. Dicen que hay un mercado increíble los días de fiesta.

Anna cerró los ojos un instante.

Respiró.

—Eliana… vamos a un baile noble.

—Lo sé —respondió ella con total naturalidad—. Pero no vamos a pasar todo el tiempo encerradas en un salón lleno de gente aburrida.

Pasó la página del cuaderno.

—Después de eso quiero ver el puerto. Y también hay una pastelería famosa por sus tartas de manzana.

Anna la miró fijamente.

—Eliana.

—¿Sí?

—Estamos regresando a la ciudad donde intentaron destruir mi nombre.

Eliana ladeó la cabeza.

—Sí.

—…y tú estás planeando turismo.

—Bueno —respondió ella encogiéndose de hombros—, si vamos a sobrevivir al infierno, al menos deberíamos aprovechar el viaje.

Durante un segundo Anna intentó mantener su expresión impasible.

Luego, para su propia sorpresa, respondió.

—No pienso caminar por el puerto.

Eliana levantó una ceja.

—Entonces la pastelería.

—Tampoco.

—¿La plaza?

—Eliana.

La joven suspiró dramáticamente.

—Eres muy difícil.

En el otro extremo del carruaje, la guardiana que había sido asignada para acompañarlas durante el viaje permanecía sentada con la espalda rígida.

Era una mujer joven, vestida con el uniforme de los guardias de la casa principal. Sus manos descansaban sobre la empuñadura de su espada, y sus ojos se mantenían atentos… aunque claramente confundidos.

No era lo que esperaba.

Cuando recibió la orden de escoltar a Lady Anna d’Valrienne desde el interior del carruaje, había imaginado un viaje silencioso.

Frío.

Quizás incluso tenso.

Después de todo, la reputación de aquella mujer era bien conocida en la ciudad.

Pero en lugar de eso…

Estaba escuchando a una sirvienta discutir sobre pasteles.

La guardiana parpadeó.

No supo muy bien cómo reaccionar.

Fue entonces cuando Anna giró ligeramente el rostro hacia ella.

—Lo siento.

La guardiana se quedó inmóvil.

—Mi… lady?

Anna suspiró levemente, mirando de reojo a Eliana, que en ese momento estaba intentando volver a meter todos sus objetos en la mochila.

—Por mi sirvienta.

Eliana levantó la cabeza de inmediato.

—¡Oye!

Pero la guardiana seguía demasiado sorprendida como para reaccionar.

Porque acababa de escuchar algo que jamás había esperado oír de boca de Anna d’Valrienne.

Una disculpa.

Durante unos segundos no encontró palabras.

Y en ese pequeño silencio, el carruaje continuó avanzando hacia la ciudad que aún recordaba el nombre de Anna con miedo.

El carruaje continuó avanzando por el camino, el sonido constante de las ruedas sobre la piedra marcando el paso del viaje.

Dentro, la conversación había disminuido un poco después del intercambio anterior.

Eliana seguía inclinada sobre su cuaderno, murmurando para sí misma mientras repasaba su “agenda de viaje”, como si estuviera planeando una excursión y no la entrada a un campo lleno de nobles que preferirían verla desaparecer.

Anna la observó un momento.

Luego dejó escapar un suspiro leve.

—A veces olvido que la veo todos los días… —murmuró en voz baja— y aun así sigo sin acostumbrarme.

Eliana levantó la vista del cuaderno.

—¿Acostumbrarte a qué?

—A tu energía.

—Ah —respondió con orgullo—. Es una virtud.

Anna negó levemente con la cabeza, aunque una pequeña curva apareció en la comisura de sus labios antes de desaparecer.

La guardiana que las acompañaba seguía sentada frente a ellas, manteniendo su postura recta. Sin embargo, ahora observaba la escena con una mezcla de cautela y curiosidad.

Anna giró ligeramente hacia ella.

—No creo haber preguntado tu nombre.

La joven pareció tensarse apenas, como si no esperara ser incluida en la conversación.

Luego inclinó la cabeza con respeto.

—Lyria, mi lady. Lyria Varell.

Su voz era firme, aunque todavía cargaba una ligera reserva.

—Me asignaron para escoltarla durante su estancia en la ciudad.

Anna asintió lentamente.

—Lyria.

La guardiana parecía esperar algo más. Una orden, quizá.

Pero Anna simplemente continuó hablando.

—¿Es tu primera vez viajando con alguien de mi familia?

La pregunta tomó a Lyria por sorpresa.

—Sí, mi lady.

Anna apoyó la espalda contra el asiento.

—Entonces entiendo tu incomodidad.

Lyria parpadeó.

—¿Incomodidad?

Anna desvió la mirada brevemente hacia la ventana del carruaje, donde el paisaje comenzaba a cambiar lentamente.

—No es necesario fingir que no existe —dijo con calma—. Mi reputación en esa ciudad es… bastante clara.

El silencio se instaló durante un momento.

Lyria dudó.

Había sido entrenada para mantener la neutralidad frente a los nobles, para no mostrar emociones que pudieran interpretarse como juicio.




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