El Velo De La Rosa

Capitulo 16: Entre Risitas y Secretos

Los largos pasillos del castillo estaban más tranquilos que antes. La mayoría de los invitados ya comenzaban a reunirse en los salones principales para el baile, y el movimiento de sirvientes se había vuelto más silencioso y ordenado.

Anna caminaba con paso sereno por el corredor, mientras a su lado Eliana parecía incapaz de contener la risa.

Primero fue un pequeño resoplido.

Luego otro.

Hasta que finalmente soltó una carcajada breve que resonó en el pasillo.

Anna suspiró, aunque la comisura de sus labios ya amenazaba con traicionarla.

—¿Podrías al menos intentar comportarte? —dijo con tono cansado.

Pero Eliana negó con la cabeza mientras seguía riendo.

—¿Viste sus caras? —dijo entre risas—. ¡La de los nobles… y la de tu hermano!

Anna cerró los ojos un momento, recordando el rostro de Demian cuando la vio ayudar a la niña.

Incluso ella debía admitirlo.

Había sido… memorable.

—No es justo que te burles así —respondió finalmente, intentando mantener la seriedad.

Eliana se detuvo frente a ella, inclinándose un poco para mirarla mejor.

—¿En serio?

Anna desvió la mirada.

Eliana entrecerró los ojos.

—Estás intentando ocultar una risa.

—No lo estoy.

—Claro que sí.

Antes de que Anna pudiera protestar, Eliana la abrazó con naturalidad y la giró un poco hacia ella.

—No es necesario esconderla —dijo con una sonrisa cálida—. Te queda bien.

Anna iba a responder cuando una voz familiar interrumpió la escena.

—Vaya… hacía años que no veía algo así en estos pasillos.

Ambas giraron la cabeza al mismo tiempo.

A unos pasos de distancia se encontraba el viejo mayordomo del castillo.

Su postura seguía siendo impecable a pesar de los años, y su uniforme oscuro estaba tan perfectamente ordenado como siempre. Había servido a la familia d’Valrienne durante décadas, y para Anna había sido una presencia constante desde que era niña.

Era uno de los pocos adultos que siempre había estado allí.

Y uno de los pocos que había visto todo.

Anna lo reconoció al instante.

Los recuerdos que vivían en ese cuerpo no tardaron en aparecer, cálidos y claros.

—Señor Harven —dijo con una sonrisa sincera.

El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza.

—Señorita Anna.

Pero antes de que pudiera decir algo más, Anna ya había acortado la distancia y lo abrazó.

El gesto fue tan natural que el hombre se quedó inmóvil por un segundo, claramente sorprendido.

La antigua Anna no abrazaba a nadie.

Mucho menos a un sirviente.

Sin embargo, después de ese instante de sorpresa, el viejo mayordomo permitió el gesto con una pequeña sonrisa cansada que apenas se asomó en su rostro.

—Parece que los años realmente cambian a las personas —murmuró con suavidad.

Cuando Anna se separó de él, el hombre dirigió su atención hacia Eliana.

También la recordaba.

Había sido imposible no hacerlo.

Recordaba perfectamente el día en que fue asignada como sirvienta principal de Anna… y cómo, con el tiempo, la luz en sus ojos había comenzado a apagarse.

Pero la joven frente a él ahora era diferente.

Mucho más viva.

El viejo mayordomo observó a ambas durante un momento.

Luego sonrió.

Y como si nada, dejó caer la frase.

—Me alegra ver que al fin el amor encontró a mi señorita.

Eliana soltó un pequeño resoplido mientras intentaba contener la risa.

Anna, en cambio, se quedó completamente rígida.

El color subió por su cuello hasta sus mejillas en cuestión de segundos.

—¡N-no es eso! —protestó inmediatamente, intentando recuperar la compostura—. No hay nada de eso.

Eliana ya estaba tapándose la boca para no reír.

El mayordomo solo observaba la escena con evidente diversión.

—Claro… claro —dijo con tono paciente—. Si usted lo dice, señorita.

Pero la sonrisa en su rostro decía claramente lo contrario.

Y el rostro completamente rojo de Anna tampoco ayudaba demasiado a su defensa.

Anna abrió la boca varias veces, intentando encontrar las palabras adecuadas.

—No… es decir… lo que quiero decir es que… —comenzó, moviendo las manos como si pudiera ordenar las ideas en el aire—. No es que… bueno… no exactamente…

El mayordomo la observaba con la misma paciencia con la que había escuchado a Anna practicar piano cuando era niña. Esa paciencia tranquila que, lejos de ayudarla, parecía empeorar la situación.

Anna continuó hablando, cada vez más rápido.

—Quiero decir que Eliana y yo… bueno, claro que viajamos juntas, pero eso no significa que… o sea… no en ese sentido… y tampoco es que yo…

Se detuvo un momento, frunciendo el ceño al darse cuenta de que lo que acababa de decir no ayudaba en absoluto.

—No estamos… —añadió, intentando recomponer la frase—. Quiero decir, sí estamos, pero no así…

Eliana ya no podía aguantar más.

El mayordomo tampoco parecía estar haciendo mucho esfuerzo por ocultar su diversión.

Anna respiró hondo y volvió a intentarlo.

—Lo que quiero decir es que no hay nada entre nosotras, excepto… bueno, sí hay algo, pero no de esa forma…

Eliana finalmente levantó una mano y la detuvo.

—Señorita.

Anna se giró hacia ella, todavía roja hasta las orejas.

—¿Qué?

Eliana suspiró con calma.

—Se defiende mejor cuando se queda callada.

El silencio que siguió fue mortal.

El mayordomo tuvo que carraspear discretamente para ocultar una risa.

Anna se quedó completamente quieta durante un segundo.

Luego otro.

Y finalmente…

—…esto no es justo.

El color de su rostro se intensificó aún más, como si hubiera llegado al límite de lo que un ser humano podía sonrojarse.

Un pequeño suspiro escapó de sus labios.

Y entonces ocurrió.

Un pequeño hilo de vapor imaginario pareció escapar de su cabeza mientras su cuerpo se rendía por completo.




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