La puerta de la habitación se abrió con suavidad.
Anna salió al pasillo con paso tranquilo, cerrando detrás de sí sin hacer ruido. La luz de las lámparas del corredor se reflejaba en el mármol pulido del suelo, y el castillo parecía haber cambiado de ritmo; los murmullos de los sirvientes, el sonido lejano de música afinándose en los salones principales y el movimiento constante de los preparativos anunciaban que la noche del baile estaba a punto de comenzar.
Eliana ya se había adelantado hacía varios minutos. Había insistido en ayudar con los últimos detalles de la celebración, dejando a Anna sola para terminar de prepararse.
Cuando Anna levantó la vista, lo vio.
El viejo mayordomo esperaba en el pasillo.
Su postura era la misma de siempre: recta, elegante, con las manos cruzadas frente a él y la mirada tranquila de alguien que había visto pasar demasiados años en esos mismos corredores.
Sus ojos se detuvieron en ella durante unos segundos.
Anna llevaba un vestido distinto a los que solía usar en el pasado.
No era ostentoso.
No había exceso de joyas ni bordados exagerados diseñados para deslumbrar a quienes la miraran. El vestido era de un tono profundo entre azul oscuro y negro, elegante y sobrio, con telas de buena calidad que caían con naturalidad hasta el suelo. Las mangas largas y los detalles discretos hablaban más de dignidad que de arrogancia, y el único adorno visible era un broche sencillo que sujetaba parte de su cabello.
Seguía siendo un vestido digno de una noble.
Pero no era una armadura.
El mayordomo sonrió suavemente.
—Se ve hermosa, señorita.
Anna inclinó ligeramente la cabeza, observando el vestido por un instante.
—Gracias… aunque debo admitir que el crédito es del sastre.
El hombre negó con la cabeza con calma.
—No hablaba del vestido.
Anna levantó la mirada, sorprendida.
El mayordomo la observaba con atención, como si estuviera comparando a la mujer que tenía delante con el recuerdo de la niña que había visto crecer en esos mismos pasillos.
—Esa mirada —dijo finalmente—. Es completamente distinta.
Anna no respondió.
—Durante muchos años —continuó el hombre con voz tranquila— pensé que los ojos de la pequeña Anna se habían perdido para siempre.
Sus palabras no tenían reproche.
Solo una tristeza vieja.
—La mirada que llevaba antes… —añadió— no era la de una niña. Era la que sus padres crearon en usted.
El silencio entre ambos se volvió pesado por un momento.
Anna bajó ligeramente la vista.
El mayordomo suspiró con suavidad.
—A veces me pregunto algo —dijo con calma—.
Anna levantó la mirada otra vez.
El viejo hombre la observó con una expresión pensativa.
—Si su familia hubiese sido distinta… quizás ese monstruo nunca habría existido.
El pasillo quedó en silencio.
Anna no respondió de inmediato.
Pero esta vez…
no apartó la mirada.
Anna permaneció en silencio durante unos segundos después de escuchar aquellas palabras.
La pregunta del mayordomo flotaba en el aire como algo imposible de responder.
Finalmente dejó escapar una pequeña respiración.
—Ni siquiera yo lo sé —dijo con calma.
Su mirada se desvió un instante hacia una de las ventanas del pasillo, donde la noche comenzaba a adueñarse del cielo.
—Nadie puede saber qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Sus dedos se movieron ligeramente sobre la tela de su vestido, como si aquel pensamiento tuviera peso.
—Pero sí sé algo.
Volvió a mirar al viejo mayordomo.
—He decidido vivir esta vida… lejos de la visión que ellos tenían para mí.
Su voz no era dura.
Era firme.
—Ellos ya no están aquí —continuó—. Así que tampoco estarán para juzgar lo que haga ahora.
El mayordomo la observó en silencio por un momento, y luego una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Si pudieran verla ahora mismo…
Anna inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Sí?
El viejo hombre dejó escapar una breve risa cansada.
—Estoy bastante seguro de que sus padres se revolcarían en sus tumbas.
El comentario quedó suspendido entre ambos.
Durante un instante Anna pareció considerar la idea.
Luego respondió con total tranquilidad:
—Espero que estén sufriendo allá abajo.
El mayordomo soltó una carcajada sincera que resonó suavemente en el pasillo.
Hacía muchos años que no reía así frente a ella.
Cuando finalmente recuperó la compostura, inclinó la cabeza con respeto.
—En ese caso, señorita… creo que esta noche será particularmente interesante.
Anna dejó escapar una pequeña sonrisa.
Y juntos comenzaron a caminar por el pasillo hacia el lugar donde el resto del castillo ya se preparaba para la celebración.
La noche del baile estaba a punto de comenzar.
El eco de la música ya podía escucharse desde los salones inferiores.
Las notas de los violines viajaban por los corredores del castillo, mezclándose con el murmullo distante de voces y risas de los invitados que comenzaban a reunirse en el gran salón. La noche del baile había comenzado oficialmente.
Anna y el viejo mayordomo caminaron juntos por el último tramo del corredor hasta llegar al amplio descanso de la escalera principal. Desde allí, las lámparas del salón inferior iluminaban el mármol con un brillo dorado, y las sombras de los invitados se movían lentamente entre los pilares y los balcones superiores.
El mayordomo se detuvo primero.
—A partir de aquí, señorita, creo que debo dejarla continuar sola.
Anna asintió con suavidad.
Durante un momento ninguno de los dos dijo nada. Había una calma extraña en aquel punto del castillo, como si el lugar estuviera suspendido entre dos mundos: el silencio del pasado y el ruido del presente.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.