La música continuaba llenando el gran salón, aunque ya no tenía la ligereza despreocupada del inicio de la celebración. Algo había cambiado desde que Anna cruzó las puertas del palacio. No era un cambio visible a simple vista, ni algo que pudiera señalarse con facilidad, pero sí era palpable, como una corriente fría bajo una superficie tranquila. Las conversaciones seguían, las copas se alzaban, los músicos continuaban tocando con disciplina impecable… y aun así, una parte del salón permanecía inquieta.
Porque Anna estaba allí.
Y todos lo sabían.
La hija caída de los d’Valrienne caminaba ahora por el centro del salón, avanzando lentamente entre las miradas de los nobles. No caminaba con arrogancia, ni con la seguridad provocadora que solía mostrar años atrás. Cada paso era medido, sereno, pero firme. A su alrededor, los invitados se apartaban apenas lo suficiente para dejarle paso. Algunos fingían no verla. Otros murmuraban detrás de sus abanicos o por encima del borde de sus copas de vino.
—Increíble…
—Pensé que jamás volvería a poner un pie aquí.
—¿Cómo se atreve a presentarse en la fiesta de su propia hermana?
Los cuchicheos viajaban por el aire como agujas invisibles.
Anna los escuchaba.
Todos.
Pero no respondió a ninguno. Sus ojos estaban fijos en el estrado al final del salón.
Allí estaba Selene.
La hermana mayor de Anna brillaba bajo la luz de los candelabros. Su vestido azul celeste parecía reflejar el cielo mismo, y las delicadas joyas que llevaba en el cuello y las muñecas brillaban con una elegancia perfectamente estudiada. Era perfecta. Siempre lo había sido. Su postura era impecable, su sonrisa refinada, su presencia naturalmente dominante sin necesidad de imponerse. Si Anna había sido siempre la tormenta de la familia, Selene era el sol.
Cuando Anna se detuvo frente al estrado, el murmullo del salón disminuyó ligeramente. Todos sabían lo que estaba ocurriendo. Las hermanas se veían frente a frente por primera vez desde el destierro.
Selene la observó en silencio.
Sus ojos azules recorrieron a Anna de pies a cabeza con calma, pero en su mirada no había calidez. Solo evaluación. Y cautela.
Durante años, Selene había sido quien debía reparar los daños que Anna dejaba atrás. Cada insulto diplomático, cada humillación pública, cada escándalo que la familia había tenido que sofocar antes de que Demian tomara control de la casa. Selene había estado allí. Callada. Ordenando el caos. Así que verla ahora no era sencillo.
Anna dio un paso más cerca.
Y sin esperar invitación, se inclinó.
El gesto fue limpio, respetuoso y perfectamente ejecutado. Un saludo noble. Uno que jamás había hecho frente a Selene antes.
—Feliz cumpleaños, hermana —dijo Anna con voz tranquila.
El silencio alrededor se volvió aún más denso.
Selene parpadeó.
Solo una vez.
No porque el saludo fuera ofensivo, sino porque era inesperado.
Anna se incorporó lentamente y extendió las manos. Entre ellas sostenía un pequeño ramo. No estaba envuelto en seda ni adornado con cintas lujosas como los regalos que los demás nobles habían traído. Era sencillo. Pero hermoso. Rosas blancas y rojas. Sus pétalos brillaban con un leve resplandor, como si la luz del salón se hubiera quedado atrapada en ellos.
Selene observó las flores con curiosidad.
Anna habló antes de que pudiera preguntar.
—No es un regalo digno de esta celebración —admitió con honestidad—, pero es algo que hice yo misma.
El murmullo de los nobles creció apenas.
Selene tomó el ramo con cuidado. Las flores estaban frescas. Demasiado frescas.
—¿Alquimia? —preguntó ella con calma.
Anna asintió levemente.
—Una fórmula simple. Evita que las flores se marchiten durante mucho tiempo. Pensé que sería apropiado para una ocasión como esta.
Selene sostuvo el ramo en silencio durante unos segundos. A su alrededor, los nobles intercambiaban miradas. Los regalos que habían traído incluían joyas antiguas, artefactos mágicos, telas exóticas traídas de otros reinos. Y sin embargo, el obsequio de Anna era algo hecho por ella misma. Eso era casi más extraño que su presencia en el salón.
Selene levantó la mirada hacia su hermana.
—Nunca antes me habías traído un regalo —dijo finalmente.
No era una acusación.
Era un hecho.
Anna no negó nada.
—Lo sé.
No intentó justificarlo. No intentó explicarlo. Solo lo aceptó.
Selene la observó durante largo rato. El salón entero parecía esperar su reacción. Finalmente, la joven noble bajó la mirada hacia las flores otra vez y, con un gesto lento, las entregó a una de las sirvientas que estaban detrás de ella.
—Colócalas en agua —ordenó con serenidad—. No sería apropiado que un regalo tan… inusual se marchitara en medio de la fiesta.
La sirvienta inclinó la cabeza y se retiró rápidamente con el ramo.
Selene volvió a mirar a Anna. Su expresión seguía siendo difícil de leer, pero algo en su postura había cambiado. No era aceptación. Todavía no. Pero tampoco era rechazo inmediato.
—Gracias por el detalle —dijo finalmente.
Las palabras fueron formales. Corteses. Exactamente lo que se esperaba de una noble. Pero aun así, habían sido dichas. Y en el silencio del salón, incluso esa pequeña concesión parecía algo importante.
Anna inclinó la cabeza una vez más.
Y por primera vez desde que entró al salón, no sintió que el aire a su alrededor fuera completamente hostil.
La música volvió a llenar el salón con más claridad, como si los músicos hubieran decidido rescatar la normalidad antes de que muriera por completo. No había ocurrido ningún incidente, ninguna escena escandalosa, ningún gesto que rompiera del todo el protocolo. Y aun así, algo en el ambiente se sentía ligeramente desplazado, como si el equilibrio de la noche hubiera cambiado apenas unos grados.
Las parejas se movían lentamente sobre el mármol pulido, girando bajo la luz cálida de los candelabros encantados. Las copas de vino circulaban entre los invitados, y las conversaciones retomaban su curso natural. La fiesta seguía adelante. Pero ya no era exactamente la misma.