El Velo De La Rosa

Capitulo 19: El peso de las miradas

Durante varios segundos nadie se movió.

La lanza había caído al suelo, el metal aún vibrando levemente sobre el mármol pulido del salón. La sangre que manaba del costado de Anna comenzaba a dibujar un rastro oscuro sobre su vestido, extendiéndose lentamente mientras el silencio se apoderaba de todos los presentes.

Entonces Demian reaccionó.

—¡Guardias!

Su voz resonó con autoridad, cortando el estupor colectivo como una cuchilla. Los soldados apostados en los extremos del salón avanzaron de inmediato, atravesando la multitud de nobles que se apartaban con rapidez.

Selene también descendió del estrado, su rostro había perdido la serenidad ceremonial de la celebración. Ahora solo quedaba la hija mayor de la casa d’Valrienne, tomando el control de una situación que amenazaba con convertirse en un desastre político.

—¡Aseguren al hombre! —ordenó con frialdad.

Garoum no opuso resistencia.

El enorme caballero seguía de rodillas frente a Anna, la mirada perdida en el suelo donde su lanza reposaba. Sus manos colgaban a los lados de su cuerpo, temblorosas, como si de pronto ya no le pertenecieran.

Los guardias se acercaron con cautela, preparados para contener cualquier reacción violenta. Pero cuando uno de ellos apoyó una mano sobre el hombro del guerrero, Garoum apenas levantó la mirada.

Confusión.

Cansancio.

Y una culpa que parecía aplastarlo más que cualquier armadura.

—Levántalo —ordenó Demian.

Dos soldados lo ayudaron a ponerse de pie. El caballero era enorme incluso entre los hombres armados, pero en ese momento parecía una sombra de sí mismo.

—Será llevado a las celdas —dijo uno de los oficiales.

—No.

La voz de Anna, aunque débil, atravesó el salón con suficiente claridad para detener a todos.

Los guardias se quedaron inmóviles.

Demian frunció el ceño.

—Anna…

Ella seguía sosteniéndose el costado herido, el rostro pálido por la pérdida de sangre, pero su mirada permanecía firme.

—No presentaré cargos contra él.

Las palabras cayeron en el salón como una piedra en agua quieta.

Algunos nobles susurraron entre ellos, incapaces de ocultar la sorpresa.

Selene se volvió lentamente hacia su hermana.

—Intentó matarte.

Anna negó con suavidad.

—No.

Su respiración era más lenta ahora.

—Intentó entender por qué su mundo se rompió.

Demian apretó los labios.

—Eso no cambia lo que hizo.

—Tampoco cambia lo que yo hice antes —respondió Anna.

El silencio volvió a caer.

Los guardias miraron a Demian, esperando una orden clara.

El heredero de la casa d’Valrienne sostuvo la mirada de su hermana durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente dejó escapar un suspiro breve.

—No lo encierren.

Los soldados se miraron entre sí.

—Llévenlo a una sala apartada —continuó Demian—. Que permanezca allí hasta que la situación se calme.

Garoum no dijo nada mientras lo guiaban fuera del salón. Caminaba como si sus pies se movieran por pura costumbre, incapaz todavía de comprender completamente lo que había ocurrido.

Cuando desapareció tras las puertas, la tensión del salón no desapareció.

Solo cambió de forma.

Porque ahora todas las miradas estaban sobre Anna.

Los médicos del palacio ya se abrían paso entre los invitados.

—¡Déjennos pasar!

—¡La herida!

—¡Necesitamos espacio!

Dos de ellos se arrodillaron junto a Anna mientras otro abría una pequeña caja de instrumentos.

—La lanza no atravesó completamente —dijo uno con rapidez profesional—. Pero la herida es profunda.

—Tenemos que detener el sangrado.

—Corten la tela.

El vestido oscuro fue rasgado con cuidado mientras comenzaban a limpiar la sangre. El olor metálico se mezcló con el aroma de los ungüentos medicinales.

Eliana no se apartó ni un solo momento.

Había llegado hasta Anna incluso antes que los médicos y permanecía arrodillada junto a ella, sosteniendo su mano con una firmeza silenciosa.

Cuando uno de los médicos intentó moverla para trabajar con más espacio, Anna habló de inmediato.

—Déjala.

El hombre vaciló un segundo, pero continuó su labor sin insistir.

Selene observaba todo desde unos pasos de distancia.

La escena frente a ella era tan extraña que le resultaba difícil procesarla.

Anna… quieta mientras la atendían.

Anna… permitiendo que una sirvienta le sostuviera la mano frente a toda la nobleza.

Anna… sin una sola palabra de arrogancia.

Demian también miraba.

Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos hermanos sabía cómo reaccionar.

No había gritos.

No había provocaciones.

No había excusas.

Solo una mujer herida sentada en medio del salón, rodeada por el peso de todas las miradas que había acumulado durante años.

Los médicos terminaron de vendar la herida con rapidez.

—Necesita reposo —dijo uno de ellos mientras se levantaba—. La sangre que ha perdido no es poca.

Demian asintió.

—Llévenla a sus aposentos.

Anna intentó incorporarse por sí misma, pero el dolor le arrancó una breve mueca que no pudo ocultar del todo.

Eliana fue la primera en ayudarla a levantarse.

—Despacio —murmuró.

Anna apoyó parte de su peso en ella mientras los guardias despejaban el camino.

Cuando comenzaron a caminar hacia la salida del salón, el murmullo entre los nobles regresó lentamente.

Pero ahora ya no era el mismo.

Había menos desprecio.

Más desconcierto.

Más preguntas.

Selene observó cómo su hermana se alejaba apoyada en aquella joven sirvienta que no se separaba de ella ni un instante.

Demian también lo vio.

Y por primera vez desde el destierro de Anna, ambos comprendieron la misma verdad inquietante.

La mujer que acababan de ver sangrar frente a todo el salón…




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