El Velo De La Rosa

Capítulo 21: Antes del primer grito.

La ciudad había despertado por completo.

Las calles estaban llenas desde temprano. Los comerciantes levantaban las cortinas de sus puestos, los niños corrían entre los callejones estrechos persiguiéndose con gritos alegres, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido de ruedas, cascos y pregones. A simple vista, todo parecía normal.

Pero bastó con que cierto grupo apareciera en el mercado para que esa normalidad se resquebrajara.

Primero fue el silencio.

Uno breve.

Instintivo.

Como si el aire hubiera dudado por un segundo antes de seguir circulando.

Luego llegaron las miradas.

No una o dos.

Decenas.

Tal vez más.

Porque la gente conocía a Anna.

La conocía demasiado bien.

Conocían su nombre, sus excesos, sus desplantes, la ruina moral que había dejado a su paso durante años. Conocían las historias que madres y padres repetían en voz baja cuando querían advertir a sus hijos del peligro de una noble cruel. Conocían el rencor de muchos sirvientes, la amargura de algunas familias arrastradas por sus caprichos, los rumores que seguían respirando incluso después de su destierro.

Y si de Anna la ciudad sabía demasiado…

de quienes caminaban con ella sabía aún más.

Eliana iba a su lado con una cesta entre los brazos, refunfuñando porque cada vez pesaba más y porque, según ella, una casa no necesitaba tantas cosas en un solo día. Algunos de los presentes la reconocieron de inmediato.

La sirvienta.

La muchacha que durante años había sido vista entrando y saliendo de la antigua mansión con el rostro cansado, la espalda recta y el silencio de quien había aprendido a soportar demasiado. Más de una persona recordaba la forma en que Anna solía tratarla. Más de uno había visto, al menos una vez, la dureza con la que la noble descargaba su mal humor sobre ella.

Por eso verla ahora allí, caminando a su lado y respondiéndole con descaro casi familiar, era algo que muchos no lograban entender.

Más atrás iba Daeron, empujando una carreta con expresión sombría y visible descontento. Sus manos, poco acostumbradas a tareas tan mundanas, sujetaban el madero con la misma dignidad herida con la que un noble podría cargar una humillación pública. Los rumores sobre él también eran conocidos. La historia de su hermana llevaba tiempo circulando de boca en boca, distorsionada por el miedo, el morbo y la necesidad de encontrar siempre un nombre al que culpar.

Y Anna estaba en el centro de esa historia.

Tal vez no todos conocían los detalles.

Pero sí conocían el resentimiento.

Sí conocían la herida.

Así que verlo ahora empujando una carreta detrás de ella, aguantando sus comentarios con un fastidio que rozaba la costumbre, resultaba absurdo.

Y luego estaba Garoum.

Garoum, cuya sola presencia bastaba para que algunas conversaciones se apagasen a medio camino.

Su figura alta y pesada avanzaba junto al grupo como una muralla de hierro. Había quienes aún lo recordaban al frente de su batallón, firme, orgulloso, respetado. Había quienes recordaban también la tragedia. La orden. La pérdida. Los nombres que jamás regresaron a casa. Aunque muchos detalles fueron ocultados, deformados o enterrados por conveniencia, el odio no desapareció del todo. Cambió de forma. Se volvió rumor. Se volvió susurro. Se volvió ese tipo de historia que nadie repite en voz alta, pero que todos parecen conocer.

Y ahora ese mismo hombre caminaba cerca de Anna.

No con afecto.

No con paz.

Pero caminaba con ella.

Eso era suficiente para desconcertar a cualquiera.

Las voces comenzaron a levantarse en murmullos apenas contenidos.

—¿Estoy viendo bien…?

—Ese es Daeron.

—Y también Garoum.

—No puede ser.

—¿Qué está pasando?

—¿La sirvienta sigue con ella?

—Después de todo lo que le hizo…

—Esto no tiene sentido.

Anna escuchó algunos de esos susurros al pasar, pero no giró la cabeza. Siguió caminando como si no los oyera, concentrada en revisar una lista arrugada entre sus dedos.

—Nos faltan frascos para conservas, sal gruesa, dos sacos de harina, hilo, cera, jabón y algo decente para tapar la gotera del ala este —dijo con calma, como si detrás de ella no se estuviera tambaleando la lógica social de media ciudad.

Eliana soltó un resoplido.

—Claro, porque la mansión se cae a pedazos y lo urgente, por supuesto, es que las cortinas nuevas no choquen con el color de las paredes.

Anna levantó la vista de la lista.

—Nunca dije eso.

—Lo pensaste.

—Tal vez.

Daeron empujó la carreta con un gruñido.

—Yo todavía no entiendo por qué terminé aquí.

Eliana ni siquiera lo miró.

—Porque abriste la boca.

—Eso no es una razón.

—Con Anna sí.

Garoum dejó escapar un sonido bajo, casi una exhalación que por un instante pudo confundirse con una risa contenida.

Daeron giró la cabeza hacia él con indignación.

—¿Te estás burlando?

—Un poco —admitió Garoum sin rastro de vergüenza.

Anna se llevó una mano al costado vendado y soltó un suspiro tan exagerado que los tres la miraron al mismo tiempo.

—No deberían hablarme así a mí —dijo con tono sufrido—. Soy una mujer gravemente herida. Mi condición es delicada.

Eliana la observó con total falta de compasión.

—Llevas una hora regateando con comerciantes.

—Eso no significa que no esté débil.

Daeron bufó.

—Hace diez minutos discutiste cinco monedas por un saco de cebollas.

—Y gané.

—Por cansancio del vendedor.

Anna sostuvo su expresión dolida con sorprendente dignidad.

—La historia recordará mi sufrimiento.

—La historia va a recordarnos a nosotros cargando tus compras —replicó Eliana.

Algunas personas alrededor comenzaron a mirarlos no solo con confusión, sino con una incredulidad casi ofensiva.

Porque no era solo que caminaran juntos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.