El Velo De La Rosa

Capítulo 22: El silencio en la sangre

El cerco comenzó a levantarse con rapidez alrededor de la panadería. Lyria se quedó en la calle, ya no como la joven que había sido arrastrada a una salida improvisada por la ciudad, sino como una soldado en funciones. Su expresión había cambiado por completo. El descanso había terminado en el instante en que vio aquellos cuerpos.

Con voz firme, comenzó a coordinar a los guardias que llegaban al lugar, ordenando que nadie cruzara la calle y que cualquier vecino de los alrededores permaneciera en sus casas hasta nuevo aviso. La gente murmuraba desde las esquinas, confundida, inquieta, intentando entender qué clase de desgracia había ocurrido allí. Pero nadie se atrevía a acercarse demasiado. No después de ver los rostros tensos de los soldados.

Anna observó aquella escena solo un instante antes de darse la vuelta.

No había tiempo que perder.

Si la harina contaminada ya había sido distribuida, cada minuto de demora podía significar más personas condenadas sin siquiera saberlo. Y si, como empezaba a tomar forma en su mente, aquello no había sido un accidente ni una contaminación llegada desde fuera, entonces el peligro no solo estaba en las calles.

También podía estar aguardándola dentro del castillo.

El grupo avanzó con paso rápido por las avenidas de la ciudad. La carreta quedó atrás, bajo custodia, junto con todo lo comprado aquella mañana. Ahora ya no había bromas sobre sacos, cortinas o cucharones. El peso que los acompañaba era otro.

Eliana caminaba cerca de Anna, en silencio, con el ceño fruncido y las manos tensas. Garoum iba apenas un poco más atrás, atento a todo lo que se movía a su alrededor, como si en cualquier esquina pudiera surgir una amenaza invisible. Daeron, por su parte, mantuvo la calma suficiente para esperar hasta que dejaron atrás las calles más concurridas antes de hablar.

—Escúchame con atención —dijo al fin, bajando la voz para que solo ellos pudieran oírlo—. Cuando lleguemos a la sala, no hables de más.

Anna no giró la cabeza, pero dejó claro con una leve inclinación que lo escuchaba.

—Si lo que estamos pensando es cierto —continuó Daeron—, entonces existe la posibilidad de que los culpables estén sentados en esa reunión o, al menos, que alguien cercano a ellos lo esté. Si mencionas una sospecha directa, si dejas ver que entiendes demasiado, van a moverse antes de que podamos encontrar una sola prueba.

Eliana alzó la vista de inmediato.

—¿Crees que llegarían tan lejos?

Daeron soltó una exhalación seca, sin humor.

—Si alguien fue capaz de contaminar harina sabiendo que terminaría en las mesas de familias enteras, entonces sí, llegarían mucho más lejos que eso.

Las palabras cayeron pesadas entre ellos.

Anna siguió caminando sin alterar el paso, pero sus ojos se endurecieron apenas. Ya lo sabía. O quizá, en el fondo, necesitaba escucharlo de otra voz para terminar de aceptarlo. Lo ocurrido en la panadería no era solo una tragedia. Era un mensaje. Un acto calculado. Y los actos calculados rara vez nacían de manos desesperadas. No. Aquello olía a privilegio, a protección, a alguien convencido de que jamás sería señalado.

—Entonces diré solo lo necesario —respondió Anna al cabo de unos segundos—. La verdad… pero no toda.

Daeron asintió.

—Exacto. Habla de la flor. Habla de la harina. Habla del riesgo. Pero no del origen real que sospechas. No todavía.

Garoum desvió la mirada hacia Anna.

—¿Y qué diremos sobre cómo se mezcló?

Anna respiró hondo antes de responder.

—Que probablemente ocurrió durante el proceso de molienda o en la manipulación previa a la distribución. Que la flor no es conocida por el público ni por la mayoría de los comerciantes, así que nadie notó la contaminación a tiempo.

Eliana frunció el ceño.

—Eso no deja de ser una mentira a medias.

—No —corrigió Anna con calma grave—. Es una verdad incompleta. Y ahora mismo, una verdad completa mataría más que la propia toxina.

Nadie respondió a eso.

Porque todos entendieron lo que quería decir.

Si los responsables estaban dentro del círculo noble, bastaría una sola mirada, una sola palabra mal colocada, para que desaparecieran registros, testigos, cargamentos enteros y cualquier rastro que pudiera conducir hasta ellos. El castillo no solo guardaba poder. También sabía esconderlo.

El viento golpeó con fuerza cuando doblaron hacia el camino principal que ascendía al castillo. Las torres se alzaban sobre ellos, inmóviles, majestuosas, como si nada en el mundo pudiera alterar la calma de sus piedras. Anna levantó la vista hacia aquella estructura que una vez había sentido como parte natural de su vida y que ahora le parecía distinta, más fría, más lejana.

Sabía perfectamente dónde estaría Demian.

A esa hora, con nobles invitados aún en la ciudad por los eventos recientes, lo más probable era que se encontrara reunido con varios de ellos en la sala del consejo, tratando asuntos de gobierno, comercio y estabilidad. Lo que no sabía era cuántos de los hombres y mujeres sentados a su mesa serían simples testigos… y cuántos podrían estar involucrados hasta el cuello.

Su costado herido punzó al subir los últimos escalones, pero Anna no redujo la marcha.

Eliana la miró de reojo.

—Todavía puedes dejar que hable primero Daeron —murmuró—. O Garoum. O cualquiera de nosotros.

Anna negó suavemente.

—No. Esto tiene que salir de mi boca.

Daeron la observó un momento, como si quisiera discutirlo. Pero al final no lo hizo. Tal vez porque ya había comprendido algo que le habría parecido imposible apenas días atrás: cuando Anna tomaba esa clase de decisión, no era terquedad vacía. Era convicción.

Y en ese momento, la convicción era lo único que tenían.

Frente a las puertas del castillo, los guardias se apartaron de inmediato al reconocerlos. Sin embargo, las miradas tardaron un segundo de más en despegarse del grupo. No era difícil entender por qué. Ver a Anna avanzar junto a Eliana, Daeron y Garoum seguía siendo una imagen que desafiaba demasiadas historias conocidas.




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