El Velo De La Rosa

Capítulo 23: donde mueren los cobardes

La decisión no terminó en la sala.

Se desató.

Apenas Demian pronunció la orden, el castillo entero pareció sacudirse como si hubiera estado esperando ese instante. Los murmullos de la nobleza quedaron atrás, ahogados por algo mucho más rápido: acción.

Garoum no perdió un segundo.

Para cuando los consejeros aún discutían en voz baja si aquello había sido prudente o una locura, él ya estaba atravesando el patio central, su capa oscura cortando el aire con cada paso firme.

—¡Formación! —tronó su voz.

Los guardias acudieron de inmediato.

No hubo dudas. No hubo preguntas. No con él.

En cuestión de segundos, decenas de soldados se alinearon frente a la escalinata, tensos, atentos. Algunos aún ajustaban sus guantes, otros terminaban de colocarse protecciones improvisadas. Todos lo miraban.

Garoum los recorrió con la mirada.

—Desde este momento, la ciudad entra en protocolo de contención —declaró—. Nadie actúa por iniciativa propia. Nadie improvisa. Siguen órdenes. Las mías.

Un asentimiento general recorrió la formación.

—División uno —continuó—: van al distrito comercial. Aíslan la panadería confirmada. Nadie entra. Nadie sale. Marquen el perímetro y preparen una zona de cuarentena.

Señaló con dos dedos, preciso.

—División dos: todas las panaderías de la ciudad. Todas. Van a revisar la harina ya distribuida y la que aún esté almacenada. Quiero inspección completa.

Uno de los capitanes dio un paso al frente.

—¿Criterio de retiro, señor?

Garoum no dudó.

—Todo saco sin sello oficial… se aparta de inmediato. Todo lote sospechoso… se incauta. Si una panadería presenta contaminación confirmada, se cierra el local y se sella la zona.

El capitán asintió con firmeza.

—Entendido.

Garoum avanzó un paso más. Su voz bajó, pero se volvió más dura.

—La población será trasladada a zonas de control. Nadie sin revisión médica permanece en áreas comprometidas. Usarán protección. Cubrebocas obligatorios. Quiero orden. No pánico.

Un murmullo leve recorrió a los soldados.

No era miedo.

Era comprensión.

Esto era serio.

—Muévanse —ordenó finalmente.

No hizo falta repetirlo.

Las formaciones se disolvieron al instante. Los guardias se dispersaron en distintas direcciones, saliendo del patio como una marea disciplinada. El sonido de armaduras, botas y órdenes breves llenó el aire.

Porque si Garoum hablaba así…

La ciudad obedecía.

Mientras tanto, dentro del castillo, la reacción no fue menos rápida.

Daeron ya se había quitado los guantes manchados y los dejaba caer sobre una mesa lateral mientras caminaba hacia los depósitos con paso decidido.

—Necesito acceso completo a los almacenes —dijo sin detenerse—. Todo lo que tenga relación con medicina, alquimia y conservación.

Los encargados apenas alcanzaron a mirarse entre ellos antes de asentir.

Eliana iba a su lado.

Su expresión había cambiado. Ya no era la joven que dudaba en intervenir. Ahora había una tensión clara en sus movimientos, una determinación nacida del miedo… pero también de algo más firme.

—Voy a organizar la distribución —dijo—. Si vamos a mover gente a cuarentena, necesitaremos agua, alimentos seguros y mantas. Muchas.

Daeron asintió.

—Prioriza lo no perecible y lo sellado. Nada abierto. Nada que pueda haber estado expuesto.

—¿Y los utensilios?

—Hervidos. Todos. No quiero contaminación cruzada por descuido.

Eliana apretó los labios, asimilando la magnitud.

—Esto va a escalar rápido.

Daeron no la miró.

—Ya lo está haciendo.

Doblaron un corredor y llegaron a los primeros depósitos. Las puertas se abrieron con rapidez ante la orden directa del consejo. Dentro, filas de cajas, frascos y sacos se extendían como un pequeño ejército silencioso.

Daeron no dudó.

—Separamos por categorías —ordenó—. Medicinal, preventivo, alimentario. Todo lo que sirva para contener síntomas, aislar o sostener población.

Se giró hacia uno de los encargados.

—Quiero registros. Todo lo que salga de aquí queda anotado. Nada se pierde.

El hombre tragó saliva.

—Sí, señor.

Eliana ya estaba en movimiento, revisando, señalando, reorganizando.

—Estos van primero —indicó—. Agua sellada. Luego mantas. Después alimentos. Que alguien prepare transporte.

Los sirvientes comenzaron a moverse.

Rápido.

Sin cuestionar.

Porque aunque el miedo aún no se había desatado en las calles… dentro del castillo ya sabían algo que la mayoría aún ignoraba.

Esto no era un incidente.

Era el inicio de algo peor.

La ciudad no colapsó.

Se ajustó.

Lyria lo notó en cuanto puso un pie fuera del perímetro inicial.

El movimiento no era caótico. No había gritos desbordados ni carreras sin dirección. Lo que había era algo mucho más extraño… una sincronía incómoda. Como si cada pieza estuviera encajando demasiado bien en su lugar.

Los guardias ya estaban desplegados.

En cada esquina importante, en cada calle que conectaba con el distrito comercial, había presencia militar. No invasiva, pero imposible de ignorar. Líneas claras. Órdenes firmes. Nadie corría… pero nadie se detenía a discutir.

Garoum había sido claro.

Y la ciudad respondía.

—Por aquí —indicó uno de los soldados, levantando la mano para detener a un grupo de civiles—. Mantengan la calma. Uno por uno.

Lyria observó la escena sin intervenir.

Una mesa improvisada había sido instalada en medio de la calle. Sobre ella, recipientes de agua limpia, telas, pequeños frascos. Dos asistentes —probablemente aprendices de boticario— trabajaban con rapidez, empapando paños y entregándolos.

—Límpiense las manos y el rostro —repetía uno de ellos—. No se froten los ojos. Mantengan la tela húmeda.

A cada persona se le entregaba una mascarilla simple, ajustada con cordeles. No era perfecta. No era suficiente contra algo así… pero era lo mejor que podían hacer en ese momento.




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