El Velo De La Rosa

Capítulo 24: El juramento del miedo

El campamento improvisado levantado en los barrios del sur no tenía nada del orden solemne del castillo ni de la tranquilidad de un hospital de verdad. Era un lugar hecho a la fuerza, con prisa y miedo, extendido sobre un terreno desigual donde el barro ya comenzaba a tragarse las huellas de todos los que iban y venían. Tiendas de lona gruesa, mesas armadas con tablones mal clavados, fogatas pequeñas para hervir agua, camillas improvisadas, cajas de suministros abiertas, hierbas colgadas, frascos de vidrio, vendas, cubos, palas, mantas y rostros agotados. Todo mezclado bajo un cielo gris que parecía pesar sobre sus cabezas.

El aire estaba cargado con el olor de hierbas hervidas, humo húmedo, sudor, desinfectantes alquímicos y ese rastro inquietante de enfermedad que, aunque aún no dominaba el lugar, ya se hacía sentir como una amenaza silenciosa.

La noticia se había esparcido rápido.

Demasiado rápido.

No solo que la ciudad entraría en cuarentena parcial. No solo que una toxina desconocida se había infiltrado en la harina. No solo que los primeros infectados ya estaban siendo trasladados y aislados.

No.

Lo que realmente había recorrido la ciudad como una chispa sobre paja seca era un solo nombre.

Anna.

Anna d’Valrienne sería quien estaría al mando.

Y eso bastó para pudrir el ánimo incluso antes de que llegaran los enfermos en masa.

Bajo una de las lonas principales, un médico de barba entrecana ataba con brusquedad un delantal de tela gruesa mientras negaba con la cabeza.

—Esto tiene que ser una broma de mal gusto —murmuró, sin molestarse en bajar la voz—. De todas las personas posibles, la ponen a ella.

A su lado, una herbolaria de manos curtidas acomodaba frascos de tinturas sobre una mesa, aunque la tensión en su mandíbula delataba que estaba escuchando cada palabra.

—Yo vine porque dijeron que era una emergencia real —respondió ella—. Si hubiera sabido que esa mujer iba a mandar aquí, me lo pensaba dos veces.

Un alquimista joven, apenas mayor que un aprendiz, soltó una risa seca mientras revisaba una caja con filtros de tela.

—¿Pensarlo dos veces? Yo sigo pensando en largarme ahora mismo.

—Habla más despacio, idiota —gruñó un guardia que afilaba una lanza no muy lejos de allí—. Que todavía no llegue no significa que no tenga oídos en todas partes.

El muchacho bufó.

—¿Y qué? ¿Va a castigarme por no confiar en ella? Sería bastante acorde a su reputación.

Cerca de una fogata, dos voluntarias que hervían agua intercambiaron una mirada incómoda.

—Dicen que antes, cuando tuvo poder, exprimió esta ciudad hasta dejarla seca —susurró una.

—Dicen muchas cosas —contestó la otra, aunque no sonó convencida.

—También decían que la sirvienta que ahora va con ella vivía llena de golpes.

—Y que un caballero perdió a todo su batallón por una orden suya —añadió un hombre que cargaba mantas, entrando en la conversación sin pedir permiso—. Y que otro noble perdió a su hermana por culpa de ella. Y ahora resulta que todos esos caminan a su lado como si nada. Dime tú si eso no es extraño.

A unos pasos, un sanador veterano dejó caer una caja de instrumentos sobre una mesa con más fuerza de la necesaria.

—Extraño no. Mal augurio.

El murmullo creció de grupo en grupo.

No era un alboroto abierto, no todavía. Pero sí ese tipo de ruido bajo, constante, lleno de desconfianza, que terminaba contaminándolo todo. Nadie hablaba de marcharse en voz alta, pero varios ya lo pensaban. Se notaba en la forma en que miraban las carretas, en cómo algunos no habían terminado de descargar sus cosas, en cómo más de uno parecía listo para agarrar su bolso y desaparecer antes de que aquello empeorara.

Porque una cosa era enfrentar una crisis sanitaria.

Otra muy distinta era hacerlo bajo las órdenes de Anna d’Valrienne.

Una mujer cuyo nombre, hasta hacía poco, todavía estaba unido al hambre, al abuso, al derroche y al miedo.

—Tal vez no venga —dijo alguien al fondo, con un tono entre esperanza y burla—. Tal vez mande órdenes desde el castillo, bien calentita, como hacen todos los nobles cuando el problema huele demasiado mal.

—Eso sería lo más sensato que ha hecho en su vida —respondió otro.

Varias risas apagadas se escaparon, tensas, desagradables.

—No, yo digo que sí vendrá —murmuró una alquimista mayor, ajustándose los guantes—. Pero llegará rodeada de guardias, dará cuatro órdenes grandilocuentes y luego volverá a esconderse detrás de un escritorio.

—Si es lista, hará exactamente eso —replicó el médico de antes—. Porque si pone un pie aquí sin saber lo que hace, la mitad de los presentes le perderá el poco respeto que aún le queda.

Un silencio breve siguió a esa frase.

No porque alguien estuviera de acuerdo del todo.

Sino porque, en el fondo, casi todos lo estaban.

La tensión cambió cuando uno de los vigías apostados cerca del límite del campamento se incorporó de golpe.

No gritó de inmediato, pero su postura bastó para que varios alzaran la vista.

Unos cuantos guardias se giraron. Después lo hicieron los médicos. Luego los alquimistas. Después todos.

Desde el camino embarrado que conectaba el campamento con la ruta principal descendía una figura montada.

Un caballo oscuro avanzaba con paso firme, levantando pequeñas salpicaduras de barro. No venía al trote apresurado de alguien protegido por escoltas. No venía escondido en un carruaje. No venía rodeada de estandartes ni anuncios.

Venía de frente.

Sobre la montura, erguida a pesar del cansancio visible, estaba Anna.

Llevaba una capa gris de viaje, sin adornos, cerrada hasta el cuello. El viento movía mechones de su cabello, recogido de forma sencilla, lejos del cuidado ornamental de otro tiempo. No había joyas en sus manos. No había piedras en su pecho. No había seda ni oro ni escolta formando un muro entre ella y el barro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.