El Velo De La Rosa

Capítulo 25: Donde caen los reyes, ella se alza

Anna no tardó en moverse.

Apenas puso un pie en el corazón del distrito contaminado y vio con sus propios ojos el alcance del desastre, dejó de ser una figura al frente del campamento y se convirtió en su eje. No hubo titubeos. No hubo un instante de duda visible. Su mirada recorrió una sola vez el caos que la rodeaba y eso fue suficiente para empezar a darle forma.

Las calles estaban tensas como una herida abierta. Casas marcadas, puertas cerradas a medias, familias asomándose desde las ventanas con el miedo pintado en el rostro, camillas improvisadas cruzando de un lado a otro, baldes de agua hervida, vendas, ollas, cubos de ceniza, guardias levantando barreras y el sonido constante de tos, llanto contenido y pasos apurados. Todo se movía, pero todavía no era orden. Era solo desesperación intentando no derrumbarse.

Anna avanzó hasta el centro de aquel hervidero y alzó la voz.

No gritó por pánico.

Gritó para imponerse sobre el caos.

—¡Médicos conmigo, ahora!

La reacción fue inmediata. Un grupo de sanadores y médicos, algunos de la corte, otros del pueblo, giraron hacia ella con el rostro tenso. Algunos aún dudaban de verla allí dando órdenes, pero la urgencia ya no dejaba espacio para orgullo ni murmuraciones.

Anna no les dio tiempo para cuestionarla.

—No quiero milagros, quiero tiempo —dijo con firmeza, señalando hacia las tiendas donde yacían los primeros enfermos—. Bajen la fiebre cuando aparezca, contengan la inflamación, mantengan las vías respiratorias lo más despejadas posible y reduzcan el dolor. No me importa si creen que es insuficiente. Háganlo. Cada hora que le arranquemos a esta toxina es una hora más para encontrar cómo detenerla.

Uno de los médicos más veteranos frunció el ceño.

—Si la hinchazón sigue avanzando en lengua y garganta, algunos van a morir ahogados antes de que podamos…

Anna se volvió hacia él antes de que terminara.

—Entonces no deje que lleguen a ese punto sin vigilancia. Quiero revisiones constantes. Nadie se queda solo. Si tienen que turnarse para mantener despierto a un paciente que empieza a perder aire, lo harán. Si deben sujetarlo para evitar que se ahogue en medio de una convulsión, también lo harán. No permitiremos muertes por abandono.

El hombre se quedó rígido un segundo y luego asintió con seriedad.

Anna ya estaba mirando a otro grupo.

Jóvenes alquimistas. Aprendices, asistentes y algunos especialistas demasiado jóvenes para ocultar el miedo en la cara. Varios apenas sostenían bien sus cajas de reactivos. Uno de ellos tenía las manos tan tensas que casi deja caer un mortero de piedra.

Anna caminó hasta ellos.

—Ustedes no vendrán conmigo a la mesa principal —dijo sin rodeos—. Quiero infusiones, compuestos suaves y vapores medicinales. Todo lo que puedan crear para disminuir la virulencia, ralentizar el deterioro y extender la vida de los afectados. No busquen una cura. No todavía. Su trabajo es comprar tiempo. Nada más y nada menos.

Una muchacha de cabello recogido alzó la mano con torpeza.

—¿Con qué base trabajamos, señora? No conocemos bien la reacción completa de la flor.

Anna no apartó la mirada.

—Trabajen sobre síntomas, no sobre origen. Inflamación de tejidos, irritación pulmonar, debilitamiento progresivo, alteración de la sangre, agotamiento del cuerpo. Piensen en sostener, amortiguar y contener. Quiero preparados seguros, repetibles y rápidos. No quiero genialidad. Quiero eficacia.

La joven tragó saliva, luego afirmó la cabeza con fuerza.

—Entendido.

Anna siguió moviéndose.

Al otro lado ya estaban los alquimistas viejos. Hombres y mujeres con años encima, manos manchadas de reactivos, ceños endurecidos por la costumbre de trabajar donde los demás fallaban. Algunos eran conocidos, otros no. Pero todos tenían algo en común: suficiente experiencia para saber que lo que enfrentaban no era una peste cualquiera.

Anna se detuvo frente a ellos y por primera vez su tono cambió.

Se volvió todavía más serio.

Más íntimo.

Como si dejara de hablarle a subordinados y empezara a hablarle a colegas que iban a compartir con ella el peso verdadero de esa noche.

—Ustedes vienen conmigo.

El anciano del bastón, el mismo que había roto el silencio en el campamento, alzó una ceja con interés.

Anna continuó.

—No les voy a ocultar nada de lo que sé. Les enseñaré todo lo que conozco de la Flor del Silencio. Su estructura. Sus reacciones al secado. La forma en que su toxina se adhiere al polvo y cómo ataca primero tejidos blandos y vías internas antes de colapsar el cuerpo. También compartiré lo poco que sé sobre posibles contrarrestantes, aunque sean incompletos.

Una alquimista mayor, de nariz afilada y ojos hundidos, la estudió con atención.

—¿Lo poco que sabe?

Anna sostuvo su mirada.

—Lo suficiente para empezar. No lo suficiente para confiarse.

No hubo ofensa en su voz. Solo verdad.

Eso pareció bastar.

—Trabajaremos bajo mi mando directo —continuó—. Todo compuesto, toda reacción, toda prueba y toda hipótesis pasará primero por la mesa central. Quiero registros exactos. Quiero errores anotados. Quiero resultados compartidos de inmediato. No voy a tolerar orgullo individual, secretos de gremio ni estupideces de sabios viejos jugando a competir entre ustedes mientras la gente se pudre viva a unas calles de aquí.

El viejo del bastón soltó una media risa seca.

—Al menos insultas con eficiencia.

Anna no sonrió.

—Y si eso hace que trabajen más rápido, seguiré haciéndolo.

Nadie protestó.

Eso ya decía mucho.

No muy lejos de ahí, Eliana se había transformado en otra clase de huracán.

Tomó el control de las sirvientas voluntarias y de los ayudantes civiles con una rapidez que habría hecho palidecer a más de un mayordomo del castillo. Cubrebocas de tela gruesa, guantes, paños hervidos, cubetas, ropa limpia, agua, ollas, mantas… todo empezó a circular bajo sus órdenes.




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