El Velo De La Rosa

Capítulo 27: tres días sin cielo

La zona más peligrosa del campamento no conocía el descanso.

No había turnos reales, ni relevos suficientes, ni momentos donde alguien pudiera detenerse sin sentir que estaba abandonando a otro. Era el lugar donde la enfermedad ya no avanzaba en silencio… sino que se mostraba sin máscaras.

Ahí no había dudas.

Solo había lucha… y caída.

El aire era distinto en esa zona. Más caliente, más espeso. Cada respiración se sentía pesada, como si el mismo ambiente estuviera enfermo. Las telas húmedas colgadas para filtrar el aire ya no bastaban. El olor a hierbas se mezclaba con el de la sangre, con el sudor acumulado y con ese rastro difícil de describir que todos comenzaban a reconocer… el de la muerte acercándose.

Eliana caminaba entre las camillas sin detenerse.

Sus manos estaban cubiertas de pequeñas heridas, cortes abiertos por el roce constante de vendas, frascos y piel. El guante que llevaba se había roto hacía horas. El otro lo había perdido sin darse cuenta en medio del caos.

Pero no se detuvo.

No podía permitírselo.

—Agua —dijo, entregando un pequeño recipiente a una mujer que apenas podía sostenerse—. Despacio… no todo de una vez.

La mujer asintió débilmente.

Apenas dio dos pasos más cuando escuchó la voz.

—¡Aquí! ¡Rápido!

Eliana giró de inmediato.

Un grupo se había reunido alrededor de una camilla al fondo de la zona. No era una llamada cualquiera. No era un paciente más.

Ella lo supo antes de llegar.

Aceleró el paso.

Cuando se abrió paso entre ellos… lo vio.

Uno de los médicos.

Había estado allí desde el primer día. De los que no retrocedían. De los que se quedaban incluso cuando otros dudaban. Había trabajado sin descanso, moviéndose entre los pacientes con una firmeza que incluso había dado tranquilidad a varios.

Eliana recordaba haberlo visto sin cubrebocas horas antes.

Recordaba haberlo notado… y no haber tenido tiempo de detenerlo.

Ahora… estaba en la camilla.

Su cuerpo temblaba de forma irregular, como si algo dentro de él estuviera perdiendo el control. Su respiración era corta, quebrada, cada intento más débil que el anterior. El sudor le empapaba el rostro, y el color violáceo comenzaba a marcar sus labios.

—Fiebre alta… pérdida de control motor… —dijo uno de los sanadores, sin poder ocultar la tensión—. Está avanzando rápido.

—No hay tiempo —respondió otro—. Intentemos estabilizar—

—No —interrumpió Eliana con firmeza.

Se arrodilló junto a él.

—Aún responde —añadió, tomando su mano.

El médico giró el rostro apenas.

Sus ojos estaban rojos, irritados… pero conscientes.

La reconoció.

Eliana sintió cómo sus dedos se cerraban con fuerza alrededor de los suyos.

—No… se detengan… —logró decir, cada palabra arrancada con esfuerzo—. No… ahora…

Su voz no era la de un hombre que pedía ayuda.

Era la de alguien que sabía que no la tendría.

Uno de los ayudantes bajó la mirada.

Otro negó con la cabeza, sin querer aceptarlo.

Eliana apretó su mano.

—No lo haremos —respondió, más firme de lo que se sentía—. Nadie se va a detener.

El médico intentó respirar más profundo.

Falló.

Su cuerpo se tensó en un espasmo más fuerte. Un sonido ahogado escapó de su garganta, y un hilo de sangre apareció en la comisura de sus labios.

Eliana no soltó su mano.

No lo haría.

—Escúchame —añadió, inclinándose un poco más cerca—. No ha sido en vano. ¿Me oyes? Nada de esto lo ha sido.

El hombre la miró.

Y por un instante… algo en sus ojos cambió.

No era alivio.

Era aceptación.

—Entonces… —murmuró— …vale la pena…

Su voz se quebró.

Su respiración se interrumpió.

Volvió a intentar.

Nada.

El silencio no fue inmediato.

Primero vino el último intento del cuerpo.

Luego… la quietud.

Eliana sintió cómo la presión en su mano desaparecía lentamente, cómo los dedos que antes se aferraban a ella perdían toda fuerza.

Y entonces… lo supo.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Por un momento, incluso el ruido de la carpa pareció apagarse alrededor de esa camilla.

Eliana bajó la cabeza.

Cerró los ojos.

No más de un segundo.

No podía darse más.

Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.

No era frialdad.

Era decisión.

Con cuidado, llevó su mano hasta el rostro del médico… y cerró sus ojos.

—Descansa… —susurró.

Sus dedos se quedaron ahí un instante más del necesario.

Luego los retiró.

A su alrededor, las reacciones fueron contenidas… pero reales.

Uno de los sanadores dio un paso atrás, llevándose la mano al rostro.

Otro apretó los dientes, con los ojos clavados en el suelo.

Un tercero simplemente se quedó quieto, mirando el cuerpo como si aún esperara que volviera a moverse.

Pero no lo haría.

Eliana se puso de pie lentamente.

Sus manos estaban manchadas.

Su respiración era inestable.

Pero no se quebró.

No allí.

No ahora.

—Llévenlo a aislamiento —ordenó, con voz baja pero firme—. Con cuidado.

Dos hombres asintieron y comenzaron a preparar el cuerpo.

Ella ya se estaba girando.

No podía quedarse.

No podía mirar más.

Porque a unos pasos…

Otro paciente comenzó a convulsionar.

Más allá, alguien gritó de dolor.

Y otro más llamaba por ayuda que no llegaría a tiempo.

Eliana avanzó hacia ellos sin detenerse.

—Sujétenlo —dijo, arrodillándose junto al siguiente—. No dejen que se golpee.

Sus manos volvieron al trabajo.

Como si nada hubiera pasado.

Como si no acabara de perder a uno de los suyos.

Pero todos lo sabían.

Cada uno en esa zona lo sabía.

Cada caída… pesaba.

Cada cuerpo… se quedaba.

Y aun así…

Nadie se iba.

Porque si ellos se detenían…




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