El Velo De La Rosa

Capítulo 28: Los que arden primero

Las ruedas de los carruajes no dejaban de girar.

Una tras otra.

Una tras otra.

Como si la ciudad misma estuviera expulsando a sus propios dueños.

El camino que salía por la puerta norte estaba saturado. Caballos sudorosos, cofres apilados sin cuidado, sirvientes corriendo de un lado a otro, y sobre todo… nobles.

Nobles que no miraban atrás.

Nobles que no querían mirar.

—¡Más rápido! —gritó uno desde el interior de un carruaje adornado con oro—. No pienso quedarme un minuto más en este nido de enfermedad.

El cochero azotó las riendas.

El carruaje avanzó, empujando a otros a apartarse.

Dentro, el noble se limpiaba las manos con un pañuelo perfumado, como si el simple aire de la ciudad pudiera contaminarlo.

—Esto era inevitable —murmuró, sirviéndose vino en una copa fina—. Una ciudad gobernada por incompetentes siempre termina así.

Frente a él, una mujer vestida con sedas oscuras suspiró con alivio.

—Al menos nos fuimos a tiempo.

Chocaron las copas.

Bebieron.

Como si no estuvieran abandonando miles de vidas atrás.

Más adelante, otro carruaje avanzaba a menor velocidad.

No por prudencia.

Por exceso de carga.

Joyas, telas, cofres de documentos, incluso cuadros arrancados de sus propios muros. Todo lo que pudiera ser trasladado… estaba siendo llevado.

Un hombre mayor observaba la ciudad desde la ventanilla.

No había culpa en su rostro.

Solo cálculo.

—Tres semanas —dijo, con calma—. Tal vez menos.

Su acompañante lo miró.

—¿Para qué?

El hombre sonrió.

—Para que la población colapse.

Se recostó en el asiento.

—Cuando eso pase… la familia d’Valrienne no tendrá a quién gobernar.

Un silencio breve.

Luego…

—Y entonces entraremos nosotros.

La mujer sonrió.

—¿Crees que quedará algo que valga la pena?

—Siempre queda algo —respondió él—. Tierra. Recursos. Control.

Alzó su copa.

—Y un vacío que alguien tendrá que llenar.

Bebió.

Como si estuviera celebrando.

No todos hablaban.

Algunos simplemente… respiraban mejor.

Como si al cruzar las puertas de la ciudad, el peso se hubiera quedado atrás.

Un joven noble apoyó la cabeza contra el respaldo del carruaje, cerrando los ojos.

—Pensé que no saldríamos.

—Nunca dudé —respondió su padre, sin mirarlo—. Los débiles se quedan. Los inteligentes se retiran.

—¿Y los que están ayudando?

El hombre soltó una risa breve.

—¿Ayudar?

Negó con la cabeza.

—Se están enterrando con ellos.

El joven no respondió.

Pero tampoco volvió a mirar hacia atrás.

En la entrada sur, un grupo más pequeño esperaba su turno.

No había carruajes lujosos.

Pero sí miedo.

Mucho.

—¿Estás seguro de que podemos salir? —preguntó una voz nerviosa.

—Ya pagué —respondió otro, en voz baja—. Los guardias no harán preguntas.

Un soldado desvió la mirada.

No dijo nada.

El dinero había hablado por él.

Las puertas se abrieron.

Uno a uno…

Fueron saliendo.

Como un flujo constante.

Silencioso.

Vergonzoso.

Pero imparable.

Desde lo alto de la muralla, un guardia observaba.

No habló.

No detuvo a nadie.

Solo… miró.

Cómo se iban.

Cómo huían.

Cómo dejaban atrás todo aquello que juraron proteger.

Sus manos se cerraron sobre la piedra.

Pero no se movió.

Porque las órdenes eran claras.

Y el poder… también se estaba yendo con ellos.

Y mientras los caminos se llenaban de ruedas que escapaban…

En el corazón de la ciudad…

Otros no se movían.

Otros no huían.

Otros…

Se quedaban.

Porque mientras algunos brindaban por sobrevivir…

Otros…

Se preparaban para arder.

El castillo no estaba en calma.

Solo parecía estarlo.

Los pasillos, normalmente llenos de pasos, de ecos de conversaciones y de la actividad constante de la nobleza, ahora se sentían… contenidos. Como si cada piedra, cada columna, estuviera esperando.

Esperando noticias.

Esperando consecuencias.

En el ala oeste, lejos de los salones principales, la luz era tenue. Las cortinas estaban cerradas y solo unas pocas velas mantenían el espacio iluminado, proyectando sombras largas sobre las paredes.

Selene se mantenía de pie junto a una de las ventanas.

No miraba hacia afuera por curiosidad.

Miraba porque necesitaba ver.

A lo lejos, columnas de humo blanco se elevaban desde distintos puntos de la ciudad. No eran incendios descontrolados. No eran accidentes.

Eran decisiones.

Y ella lo sabía.

Detrás de ella, Demian permanecía frente a una mesa cubierta de mapas. Rutas marcadas, nombres anotados, líneas trazadas con precisión. No era el desorden de alguien improvisando.

Era el tablero de alguien que ya había movido sus piezas.

Ninguno hablaba.

No era necesario.

La puerta se abrió sin previo aviso.

Maelis entró con la misma discreción de siempre, cerrando tras de sí sin hacer ruido. Su presencia no alteró el ambiente. Solo confirmó que lo que estaban esperando… había llegado.

Se detuvo frente a ellos.

—Se fueron.

La frase fue simple.

Pero suficiente.

Selene no se giró de inmediato. Sus ojos siguieron fijos en el horizonte un instante más, como si necesitara ver ese humo un poco más antes de aceptar lo que significaba.

—¿Cuántos? —preguntó finalmente.

—La mayoría de las casas influyentes —respondió Maelis—. Duques del este, marqueses de la costa, varias casas menores. Usaron rutas distintas para no llamar la atención, pero el resultado es el mismo.

Hizo una breve pausa.

—Abandonaron la ciudad.

Selene cerró los ojos un segundo.

No por sorpresa.

Por decepción.

—¿Y los guardias?




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