El Velo De La Rosa

Capítulo 29: Aun con miedo nos quedamos

El fuego aún crepitaba a lo lejos.

Las últimas llamas consumían lo que quedaba en la zanja, elevando columnas de humo que se mezclaban con el cielo opaco de la tarde. El campamento había vuelto a moverse poco a poco, pero ese movimiento ya no era el mismo. Era más lento. Más pesado. Como si cada persona cargara algo invisible sobre los hombros.

Liam se había apartado unos metros del resto.

Se sentó sobre una caja de suministros vacía, apoyando los codos en sus rodillas mientras intentaba recuperar el aliento. No estaba cansado por correr, ni por cargar cosas, ni por ayudar durante horas.

Estaba cansado por lo que acababan de hacer.

Cerró los ojos un momento, respirando profundo, intentando calmar ese nudo que le apretaba el pecho. El calor del fuego aún parecía pegarse a su piel, como si no quisiera irse.

—No fue poco… —murmuró para sí mismo.

El sonido de pasos lo sacó de ese pensamiento.

Alzó la vista.

Anna estaba frente a él.

No llevaba la misma rigidez de antes. En sus manos sostenía una taza sencilla, con agua apenas tibia. Se la extendió sin decir nada al principio.

Liam la recibió, algo sorprendido.

—Gracias…

Anna se sentó a su lado, sin ceremonia, dejando escapar un leve suspiro mientras miraba hacia el humo que aún se elevaba a lo lejos.

Durante unos segundos no dijeron nada.

No hacía falta.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Anna finalmente, con la voz más suave de lo habitual—. Eres joven… podrías haberte ido.

Liam la miró.

Parpadeó.

Y luego… se le escapó una risa breve.

Anna giró el rostro hacia él, frunciendo el ceño.

—¿Qué es tan gracioso?

—Que usted me pregunte eso —respondió él, todavía con una leve sonrisa—. Es más joven que yo.

Anna se quedó en silencio un segundo.

Luego otro.

Y entonces, con un leve sonrojo subiendo por su rostro, le dio un golpe seco en la cabeza.

—No cambies el tema —dijo, algo molesta—. Responde.

Liam se sobó la cabeza, aún riendo un poco, pero la sonrisa se le fue apagando lentamente mientras bajaba la mirada hacia la taza entre sus manos.

—Tengo tres hermanos pequeños —dijo finalmente—. Dos niñas… y un niño.

Anna no lo interrumpió.

—Están en otro sector de la ciudad —continuó—. Más al norte. Ahí la infección no llegó tan rápido… y pudieron cerrarlo antes de que se expandiera.

Sus dedos se apretaron levemente alrededor de la taza.

—Tuvieron suerte.

El silencio volvió, pero esta vez era distinto.

Más íntimo.

—Aquí no fue así —añadió, en voz más baja—. Aquí… no hubo tiempo.

Le dio un pequeño sorbo al agua, aunque ya no tenía sed.

—A veces pienso… —dudó un segundo— que si las cosas hubieran sido al revés… si el foco hubiera empezado donde están ellos…

Alzó la vista, mirando directamente a Anna.

—Me habría gustado que alguien estuviera ahí.

No sonrió.

No bromeó.

—Alguien que no se fuera.

—Alguien que hiciera lo que usted está haciendo.

El aire se quedó quieto entre ellos.

Anna no respondió de inmediato.

Sus ojos se mantuvieron en él unos segundos más de lo normal, como si esa respuesta… pesara más de lo que esperaba.

Luego bajó la mirada.

No incómoda.

Sino pensativa.

—Entonces quédate —dijo finalmente, con suavidad—. Pero no porque yo esté aquí.

Liam frunció levemente el ceño.

—Quédate por ellos.

Señaló levemente hacia el campamento.

—Por los que no tuvieron esa suerte.

El viento movió las telas de las carpas cercanas.

El humo seguía elevándose.

—Y por los que aún pueden salvarse.

Liam asintió lentamente.

No necesitó decir nada más.

Anna se quedó sentada unos segundos más, en silencio, mirando el horizonte.

Y por primera vez desde que todo había comenzado…

No parecía una líder.

No parecía una noble.

No parecía alguien que cargaba con todo.

Solo…

Una persona que también estaba cansada.

El silencio entre ambos no duró demasiado.

Unos pasos se acercaban por detrás, firmes, conocidos.

Liam fue el primero en notarlo y giró levemente la cabeza. Anna no lo hizo de inmediato, pero el sonido fue suficiente para que su expresión cambiara apenas, como si ya supiera quién venía antes de verlo.

Garoum apareció primero.

Caminaba con la misma postura recta de siempre, aunque esta vez llevaba un trozo de tela cubriéndole la boca y parte del rostro, más por costumbre que por necesidad en ese momento. Sus ojos, sin embargo, traicionaban lo demás. Había algo en ellos… una ligera curva, un brillo que no coincidía con su habitual seriedad.

Como si ya supiera lo que venía.

Y lo estuviera esperando.

Un par de pasos detrás de él… apareció Eliana.

Se detuvo.

Los miró a ambos.

Y suspiró.

Pero no fue un suspiro cualquiera.

Fue exagerado.

Largo.

Casi teatral.

Llevó una mano al pecho, como si algo le doliera profundamente, mientras la otra sacaba un pequeño pañuelo que no tardó en llevar a sus ojos.

—Ah… ya veo —dijo, con una voz cargada de una tristeza tan artificial que era imposible no notarlo—. Así que… esto era.

Liam parpadeó, confundido.

Anna, en cambio, sintió el golpe de inmediato.

—Eliana… —murmuró, ya sospechando.

Pero ella no se detuvo.

—Después de todo lo que hemos pasado juntas… —continuó, secándose unas lágrimas que claramente no existían—. Después de todo lo que he hecho por ti…

Se llevó la mano a la frente, como si estuviera a punto de desmayarse.

—Mi querida Anna… cambiándome… por un chico de su edad…

El silencio que siguió fue breve.

Y completamente roto por la reacción de Anna.

—¡¿Qué estás diciendo?! —exclamó, levantándose de golpe.

El rojo subió por su rostro en cuestión de segundos.

Liam casi deja caer la taza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.