El campamento comenzaba a mostrar una nueva clase de miedo.
Ya no era solo la enfermedad.
Ya no era solo el humo, los muertos o el sonido de la tos entre las carpas.
Ahora era la escasez.
En una de las zonas de atención, una curandera abrió un pequeño cofre de madera y se quedó inmóvil al ver el fondo vacío. Solo quedaban dos vendas limpias y un pequeño frasco de ungüento.
—Eso es todo… —murmuró con incredulidad.
A unos metros, un herbolario agitaba un saco casi vacío antes de dejarlo caer sobre la mesa.
—Se acabó la raíz de musgo blanco.
—¿Qué?
—No queda más. Esto era lo último.
Más allá, cerca de la cocina improvisada, una voluntaria observaba las ollas con el ceño fruncido.
El caldo era cada vez más aguado.
Menos verduras.
Menos carne.
Menos de todo.
Los barriles de agua limpia también comenzaban a bajar demasiado rápido. Algunos ya estaban casi vacíos, y los que aún quedaban llenos eran vigilados como si fueran tesoros.
Incluso las telas limpias para vendas empezaban a escasear. Muchas ya estaban siendo lavadas y reutilizadas una y otra vez, aun sabiendo que aquello no era suficiente.
El campamento entero seguía funcionando.
Pero comenzaba a sentirse como una máquina agotada que avanzaba con piezas rotas.
Y todos podían verlo.
Daeron seguía de pie frente a la mesa principal del almacén improvisado.
Tenía los brazos cruzados, una pluma entre los dedos y varias hojas llenas de números frente a él.
Volvió a revisar los conteos.
Carbón.
Agua.
Comida.
Hierbas.
Alcohol.
Vendas.
No importaba cuántas veces hiciera las cuentas.
El resultado era el mismo.
No alcanzarían.
—Tres días… tal vez cuatro si empezamos a racionar desde ahora —murmuró con la mandíbula tensa.
Tomó otra hoja.
Era un registro de los suministros enviados desde su finca.
O mejor dicho, de los que esperaba que llegaran.
Daeron había enviado jinetes apenas comenzó la crisis. Su familia tenía tierras propias, reservas, trabajadores y rutas comerciales. Si alguien podía ayudar, eran ellos.
Pero había un problema.
Su finca estaba lejos.
Demasiado lejos.
Incluso viajando sin descanso, las carretas tardarían varios días más en llegar.
Y ellos no tenían varios días.
Daeron cerró los ojos un instante y apretó el papel entre los dedos.
Por primera vez desde que todo había comenzado, sintió una presión distinta en el pecho.
Porque podían luchar contra la enfermedad.
Podían soportar el cansancio.
Podían resistir las muertes.
Pero no podían curar a nadie sin agua.
No podían alimentar a los voluntarios sin comida.
No podían seguir salvando vidas si ya no quedaban suministros con los que trabajar.
Una sombra cayó sobre la mesa.
Era Garoum.
—¿Qué tan mal estamos? —preguntó directamente.
Daeron soltó el aire lentamente antes de responder.
—Peor de lo que esperaba.
Garoum miró las listas y entendió de inmediato.
—¿Tu finca?
—Ya envié hombres hace días. Pero aún faltan al menos cuatro o cinco días para que regresen.
Garoum maldijo por lo bajo.
—No tenemos cuatro o cinco días.
—Lo sé.
El silencio cayó entre ambos.
Alrededor seguían escuchándose pasos, órdenes, llantos lejanos y el sonido de las ruedas de una carreta vacía siendo arrastrada.
Pero por primera vez…
Todo parecía demasiado frágil.
Como si bastara una sola mala noticia más para que el campamento entero comenzara a derrumbarse.
—Castillo principal—
En el castillo, el ambiente era mucho más silencioso.
Pero no más tranquilo.
La sala de reuniones estaba casi vacía, iluminada apenas por la luz gris que entraba desde los grandes ventanales. Sobre la mesa principal se acumulaban cartas abiertas, pergaminos doblados y sellos de distintas familias nobles.
Selene sostenía uno de ellos entre sus manos, leyendo cada línea con una expresión cada vez más fría.
Frente a ella, Demian acababa de romper otro sello con más fuerza de la necesaria.
El sonido del papel abriéndose resonó en la habitación.
Leyó rápido.
Demasiado rápido.
Porque no hacía falta más.
Todas decían prácticamente lo mismo.
—“Lamentamos profundamente la situación de la ciudad, pero debemos priorizar la seguridad de nuestros territorios”.
Demian apretó la mandíbula.
Tomó otra carta.
—“Nuestros almacenes atraviesan un periodo difícil debido a las últimas cosechas”.
Otra más.
—“No podemos arriesgar a nuestros hombres ni nuestros recursos mientras la situación siga siendo incierta”.
Demian dejó caer la carta sobre la mesa con tanta fuerza que el tintero cercano se movió.
—Cobardes.
Selene levantó lentamente la vista.
Ella estaba igual de furiosa.
Pero a diferencia de Demian, trataba de mantener la compostura.
Aunque apenas.
Tomó otra carta, la abrió y leyó con voz seca:
—“Estamos seguros de que la casa D'Valrienne, con su reconocida fuerza, podrá superar esta tragedia”.
Selene soltó una pequeña risa sin humor.
—Qué considerados.
Demian caminó alrededor de la mesa, pasando una mano por su cabello mientras intentaba contenerse.
—Hace dos meses estaban aquí sentados, hablando de lealtad, de honor, de unidad entre nobles.
Tomó otra carta y la lanzó sobre la mesa.
—Y ahora que realmente se les necesita, desaparecen.
Selene observó las cartas un momento.
Había nombres importantes allí.
Familias antiguas.
Personas que habían compartido banquetes con ellos, que habían pedido favores, que habían buscado alianzas y sonrisas cuando la ciudad prosperaba.
Y ahora…
Ahora se escondían detrás de excusas miserables.
—Ni siquiera intentan fingir demasiado —dijo Selene finalmente—. Se están desligando de todo esto.