El castillo seguía latiendo con actividad febril incluso cuando la noche había caído por completo, envolviendo todo en sombras profundas. Las grandes mesas de los salones se habían transformado en puestos de trabajo improvisados, cubiertos de montones ordenados de vendas, mantas dobladas, ovillos de hilo y trozos de tela recién cortada. Bajo el resplandor parpadeante de velas consumidas, algunas sirvientas seguían cosiendo con dedos ágiles y cansados, mientras otras hervían agua en grandes calderos, organizaban cajas de suministros o separaban hierbas y frascos de medicamentos.
El agotamiento pesaba sobre todos como una manta húmeda. Los guardias apoyados contra las columnas tenían los párpados caídos y la mirada vidriosa. Los mayordomos caminaban con pasos más lentos y arrastrados, y hasta las cocineras, conocidas por su resistencia incansable, apenas podían mantenerse de pie mientras preparaban sopas y pan para quienes seguían trabajando sin descanso.
Sin embargo, nadie se atrevía a detenerse ni un instante.
Porque allá afuera, en la ciudad y los pueblos cercanos, la gente seguía enfermando y muriendo cada hora que pasaba.
Y aquí dentro, en el refugio más seguro y organizado que tenían, nadie quería ser el primero en darse por vencido o en descansar antes de tiempo.
Entre una mesa y otra, sorteando pasos apresurados y voces susurrantes, había una pequeña figura que finalmente había llegado al límite absoluto de sus fuerzas.
Lira.
La niña estaba sentada en una silla mucho más grande y alta que ella, con los pies colgando sin tocar el suelo, junto a una mesa llena de vendas ya dobladas y listas para ser enviadas. Todavía sostenía entre sus dedos diminutos un trozo de tela que había estado doblando minutos antes, y tenía la cabeza inclinada de lado, apoyada suavemente contra el borde de madera.
Se había quedado profundamente dormida, vencida por el cansancio acumulado de días enteros ayudando en todo lo que podía. Tan profundamente dormida que ni siquiera se movía ni se estremecía a pesar del ruido constante a su alrededor, como si su cuerpo hubiera decidido que ya era suficiente y se hubiera desconectado del mundo por completo.
Su cubrebocas de tela había quedado ladeado, dejando ver parte de su rostro tranquilo y relajado. Uno de sus pequeños guantes de trabajo seguía puesto, pero el otro se había soltado y había caído suavemente sobre su regazo, olvidado.
Las sirvientas iban y venían a su alrededor, concentradas en sus tareas, sin darse cuenta de la pequeña durmiente. Una cruzaba el salón cargando una pila de cajas. Otra llevaba con cuidado una olla de agua caliente. Dos más discutían en voz baja sobre cuántas mantas podrían terminar de coser antes de que amaneciera.
Nadie la vio.
Nadie… excepto Selene.
La joven noble acababa de entrar al salón para revisar cómo avanzaban los preparativos y el trabajo de todos. Su expresión habitual, siempre seria y reservada, estaba ahora marcada por el cansancio profundo: tenía ojeras oscuras bajo los ojos, la piel pálida por las noches sin dormir y la tensión de semanas enteras reflejada en cada rasgo. Llevaba sobre sus hombros el peso de las cartas desesperadas que llegaban cada día, de las discusiones interminables con otros nobles y de las malas noticias que no paraban de llegar desde la ciudad.
Pero en el momento exacto en que sus ojos se posaron en Lira…
Se detuvo en seco.
Por un instante fugaz, todo el ruido a su alrededor pareció desvanecerse. El murmullo de las voces, el crujido de las telas, el chisporroteo de las velas… todo desapareció.
Porque ahí, pequeña y dormida sobre una mesa demasiado grande para ella, con el rostro relajado y los cabellos revueltos por el trabajo…
Selene no vio a Lira.
Vio a Anna.
No a la Anna de ahora. No a la mujer agotada, llena de barro y manchas de sangre seca, que luchaba día y noche contra la enfermedad y la muerte. No a la líder firme, dura y decidida que había desafiado tradiciones y poder.
Vio a su hermana pequeña.
La Anna que existía antes de que las obligaciones, las reglas y las expectativas de sus padres moldearan su carácter.
Antes de las clases de etiqueta interminables que le enseñaron a caminar, hablar y sonreír de una forma determinada.
Antes de los vestidos pesados, las joyas incómodas y las miradas frías de la alta sociedad.
Vio a la niña curiosa, vivaz y tierna que se quedaba dormida sobre libros enormes porque insistía en leer más de lo que su pequeña mente podía aguantar.
La Anna que alguna vez se quedó dormida en una biblioteca inmensa, abrazando fuertemente un libro de cuentos de hadas, porque se negaba a dejarlo a la mitad, aunque sus ojos se cerraban solos.
Por un instante… Selene volvió a verla. Volvió a sentir esa ternura inmensa y protectora que había sentido tantas veces cuando eran niñas y ella cuidaba de su hermana menor.
Sus ojos se suavizaron apenas, perdiendo parte de su dureza habitual.
Y sin decir una sola palabra, sin llamar a nadie ni pedir ayuda, caminó lentamente hasta la silla donde descansaba la pequeña.
Se inclinó despacio, con un cuidado extremo, y tomó a Lira entre sus brazos, levantándola suavemente como si temiera que el más mínimo movimiento brusco pudiera romperla o despertarla de ese sueño reparador que tanto necesitaba.
La pequeña apenas se movió. Solo murmuró algo inentendible, entre sueños, y se acomodó un poco más contra el pecho de Selene, aferrándose con fuerza instintiva a la tela de su vestido como si temiera que la soltaran y la dejaran sola.
Fue en ese momento cuando varias sirvientas finalmente notaron lo que estaba pasando y se detuvieron en seco, sorprendidas.
—¡Ay, Lira! —exclamó una de ellas, dejando rápidamente la caja que llevaba sobre la mesa—. ¡No nos dimos cuenta de que se había quedado dormida, disculpe, Lady Selene…
Otra mujer se acercó enseguida, visiblemente nerviosa y preocupada por haber descuidado su deber. Era la encargada directa de vigilar y cuidar a la pequeña durante las jornadas de trabajo.