Lejos del ruido, lejos del humo oscuro que se elevaba como una maldición sobre las murallas, lejos de los gritos ahogados y de la tos que resonaba en cada callejón, la vida continuaba igual que siempre para unos pocos. Mientras la ciudad se consumía, había nobles que dormían con la tranquilidad de quienes creen que el dolor ajeno nunca podrá tocarlos.
En una mansión rodeada de jardines impecables y fuentes cuya agua brillaba limpia y cristalina, la noche transcurría entre copas, risas y acordes suaves que flotaban en el aire. Las ventanas permanecían abiertas, dejando entrar una brisa fresca que en la ciudad ya era imposible respirar sin sentir asco. Criadas silenciosas caminaban entre las mesas, sirviendo platos rebosantes de carne asada, pan recién horneado y vinos traídos de tierras lejanas, lejos de la desgracia.
Alrededor de una gran mesa redonda, un grupo de nobles disfrutaba de la velada. No había rastro de preocupación en sus rostros. Ninguna sombra de culpa. Solo la comodidad absoluta de quienes tienen todo asegurado.
—Debimos marcharnos mucho antes —dijo un hombre de barba corta y voice arrastrada, alzando su copa con gesto lento—. Aguantamos demasiado tiempo en esa ciudad podrida. Cuanto antes nos alejamos, mejor.
Una mujer vestida de azul intenso soltó una risa ligera y se abanicó sin prisa, como si el recuerdo le resultara casi divertido.
—Todavía puedo sentir ese olor pegado a la ropa. Era insoportable, un hedor a enfermedad y suciedad que se te metía en la piel.
—¿Y qué esperaban? —intervino uno de los hombres más ancianos, cortando un trozo de carne con movimientos precisos y fríos—. Cuando se amontona a demasiada gente sin nada, sin educación ni dignidad, solo se consigue eso: vivir como animales, enfermarse como animales y morir como animales.
Varios rieron, un sonido ligero y cruel que resonó por el salón.
Una joven noble, sentada un poco apartada, acercó la copa a sus labios sin perder la compostura, aunque sus ojos se oscurecieron levemente.
—Escuché que ya han empezado a quemar los cuerpos en las afueras. Dicen que el humo es tan espeso que tapa el sol.
—Es verdad —respondió otro hombre, sin dejar de comer ni cambiar el tono de voz, como si hablara de un asunto trivial—. Mi administrador me envió un mensaje esta mañana. Ya no hay sitio para enterrarlos, ni tiempo ni gente para hacerlo. Solo queda prender fuego y esperar que el viento se lleve las cenizas.
La joven hizo una mueca de repulsión, apartando la vista.
—Qué horror. No puedo ni imaginarlo.
—¿Horror? —repitió el hombre de barba corta, soltando una carcajada fuerte y seca—. Horror habría sido quedarnos allí, respirando el mismo aire, compartiendo la misma suerte. Lo que pasa allá no es nuestro problema. Nosotros estamos a salvo.
Otro noble, de complexión robusta y rostro rubicundo, dejó su copa sobre la mesa con un golpe suave pero firme.
—Por eso yo saqué a mi familia apenas corrieron los primeros rumores. Ni un día más. No iba a quedarme mirando cómo esos campesinos enfermos tosían sangre frente a mis hijos. Ellos no merecen ver eso.
Una mujer de mirada aguda asintió con entusiasmo.
—Hicimos lo mismo. Antes de irnos, vendimos parte de nuestras reservas de harina y grano. Los precios se habían disparado por el miedo, y ganamos una suma considerable.
—¿De verdad? Qué buena jugada.
—El miedo hace maravillas con el comercio, querida. La gente paga cualquier cosa cuando cree que va a morir mañana.
Nuevas risas recorrieron la mesa, cálidas y satisfechas.
Una de las jóvenes presentes, la más inexperta y de mirada más dulce, dudó unos segundos antes de hablar, con voz baja pero decidida.
—Pero… ¿no creen que alguien debería hacer algo para ayudar? Digo… siguen siendo personas, ¿no? No podemos simplemente ignorarlos.
El silencio cayó sobre el grupo como una losa, apenas por un instante.
Luego, el anciano soltó una carcajada tan fuerte que casi derrama el vino de su copa. Se inclinó hacia adelante, mirándola con lástima burlona.
—¿Ayudar?
Volvió a reír, sacudiendo la cabeza.
—Qué ternura. Cuánta inocencia… o estupidez.
La muchacha bajó la vista hacia su plato, con las mejillas encendidas, pero intentó defender sus palabras.
—Solo digo que…
—No digas tonterías —la interrumpió la mujer de rostro afilado, con voz cortante y fría como el hielo—. Esas personas siempre vuelven. Mueren unos, nacen otros, y todo sigue igual. Es su naturaleza.
Tomó un sorbo de vino, saboreándolo antes de añadir:
—Mientras la nobleza sobreviva, mientras nosotros estemos bien, todo lo demás se puede reconstruir, reemplazar o ignorar. Esa es la verdadera fuerza.
—Exactamente —apoyó el hombre robusto—. Los pobres se reproducen como conejos. Si se pierden estos, ya vendrán otros en unos años.
—Y si no hay suficientes, se traen de otras regiones. Se hace como después de la hambruna del este, ¿recuerdan?
—Claro que lo recuerdo. Y funcionó a la perfección. Nadie se quejó, nadie se acordó de los que murieron. La vida siguió para los que importaban.
Una de las criadas que servía vino cerca de ellos apretó la botella con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos se oscurecieron, y un rencor silencioso le ardía en el pecho, pero mantuvo la cabeza baja y no pronunció ni una sola palabra. No podía. Ningún sirviente podía permitirse el lujo de tener voz.
—¿Y qué hay de esa Anna D'Valrienne? —preguntó uno de los hombres más jóvenes, con una sonrisa torcida y burlona—. Dicen que sigue allá metida, en medio de todo.
—Sí —respondió otro, limpiándose la boca con el pañuelo—. No se ha movido. Duerme entre enfermos y cadáveres, atiende a los moribundos como si fuera una de ellos.
—Qué absurdo. Siempre fue extraña.
—No solo extraña —intervino el hombre robusto entre risas—. Es ridícula. Imaginen cómo debe estar ahora. Su ropa fina hecha jirones, llena de hollín y manchas oscuras, oliendo a muerte y podredumbre.