Anna caminaba sola entre las carpas. Cada paso era lento, pesado, como si el propio suelo intentara retenerla, o como si llevara sobre los hombros el peso de cada vida que se aferraba al hilo más fino de la existencia. Sus botas se hundían ligeramente en el camino de tierra, un camino que miles de pies habían pisado y que ahora, bajo la luna pálida, parecía llevarla a ninguna parte.
A ambos lados, como un ejército silencioso de fantasmas, se extendían filas interminables de tiendas blancas. Eran lienzos manchados de barro seco, de restos de sangre que no terminaban de quitarse, y de la ceniza constante que caía como una maldición sobre todo el campamento. Algunos enfermos, aquellos que habían resistido un día más, dormían inquietos en su interior, sus cuerpos débiles apenas un bulto bajo las mantas. Otros, los que habían recibido la medicina de los alquimistas, parecían sumidos en un sueño más profundo, un frágil respiro de la fiebre y el dolor. Los voluntarios, incansables a pesar de todo, seguían moviéndose de un lado a otro, aunque el ritmo ya era mucho más pausado que durante la frenética luz del día.
Era uno de esos extraños momentos de la noche, casi mágico en su fragilidad, en los que el campamento parecía respirar. No descansar realmente, porque el peligro nunca dormía del todo, pero sí respirar. Un hondo suspiro colectivo que recordaba que, a pesar de todo, la vida aún se aferraba con uñas y dientes.
Anna llevaba una botella de agua en una mano, la empuñadura fría contra su palma. Su mirada estaba perdida en algún punto que no existía, un lugar que solo ella podía ver, más allá de las tiendas, más allá del horizonte. Tenía ojeras marcadas, profundas como heridas, el cabello oscuro desordenado, pegado a la frente por el sudor y el cansancio, y la ropa llena de manchas imposibles de quitar, recuerdos de vidas que había intentado salvar, de polvos de hierbas, de lágrimas y de dolor ajeno.
Entonces, casi sin querer, alzó un poco la vista.
A lo lejos, más allá de las últimas carpas blancas, el humo seguía subiendo. Una columna oscura, densa, que se perdía en la inmensidad del cielo nocturno estrellado. Las hogueras. Las mismas que llevaban días ardiendo sin descanso, sin que nadie las pudiera apagar, sin que nadie quisiera hacerlo. Las mismas que se habían convertido en parte del paisaje, una constante presencia, el recordatorio más crudo de la batalla que se libraba, día y noche, contra la muerte.
Anna se quedó mirándolas en silencio durante unos segundos, el calor imaginario del fuego en su rostro agotado. Y entonces, casi sin querer, su mente retrocedió, buscando un refugio, un momento de normalidad.
A unos días antes. A una de esas pocas noches en las que el campamento había conseguido detenerse de verdad, aunque fuera solo por un instante, y la esperanza no había parecido una palabra hueca.
Habían encendido una pequeña hoguera cerca de la zona de suministros, donde el fuego podía ser controlado y no se acercará a las tiendas de los enfermos. Nada demasiado grande, apenas una llama bailarina, lo justo para cocinar un poco de carne seca que habían conseguido y calentar el agua para las infusiones. Alrededor, formando un círculo imperfecto y cansado, estaban sentados Garoum, Eliana, Daeron, Lyra, Liam, varios doctores, un par de alquimistas… y Anna.
Era extraño. Por un rato, el campamento había parecido casi normal, casi como si no hubiera una peste matando a la gente a pocos metros. Se escuchaba el sonido amable del fuego crepitando, las voces bajas y cansadas, pero relajadas, el olor reconfortante de la carne cocinándose y el tenue aroma de las hierbas mezclándose con el humo. Incluso algunas risas pequeñas se habían atrevido a escapar de entre los labios, como luciérnagas en la oscuridad.
Garoum, sentado con las piernas cruzadas, tenía un trozo de carne ensartado en un cuchillo que giraba lentamente sobre las llamas, con una concentración casi infantil.
—Cuando todo esto termine —dijo uno de los doctores, estirando la espalda con un gemido de dolor, sintiendo cada hueso de su cuerpo—, voy a dormir dos días seguidos. Sin levantarme para nada.
—Tres —corrigió uno de los alquimistas, con los ojos cerrados, imaginando el descanso—. Yo quiero dormir tres, al menos.
—Cobardes —dijo Garoum con una sonrisa cansada, sin apartar la vista del fuego—. Yo lo único que quiero es sumergirme en una bañera de agua caliente. Y no salir hasta que el agua se ponga fría.
Eso arrancó algunas risas ahogadas, un ligero temblor de hombros que se sentía extraño en ese lugar.
Daeron, que permanecía un poco más apartado, bebió un trago largo de agua antes de hablar, su voz ronca por el cansancio.
—Yo voy a exigir una cama de verdad. Y vino. Mucho vino.
—¿Solo una cama? —preguntó Lyra, arqueando una ceja con una burla juguetona en los ojos—. Después de todo esto, te mereces una mansión entera solo para ti.
—Ya tengo una mansión —respondió Daeron, con una sonrisa ladeada.
—Entonces dos —dijo ella, y el grupo soltó otra pequeña risa, una burbuja de humanidad en medio de la desolación.
Anna permanecía sentada junto al fuego, envuelta en una manta gruesa que le cubría hasta los hombros, y con una taza caliente entre las manos. Por primera vez en días, en semanas quizás, no estaba revisando listas interminables, ni dando órdenes, ni mezclando algo en un mortero. Solo estaba ahí, en silencio, escuchando las voces, sintiendo el calor del fuego, intentando que el cansancio no la derribara.
Entonces, uno de los alquimistas, un hombre joven y de mirada curiosa, la miró de reojo.
—¿Y usted, Lady Anna? —preguntó, y su voz rompió la burbuja de la normalidad.
Ella levantó apenas la vista, un destello de sorpresa en sus ojos agotados.
—¿Yo qué?
—¿Qué hará cuando todo esto termine? ¿Cuál será su deseo?
Anna pensó unos segundos, su mente buscando entre los escombros de sus sueños.