El Velo De La Rosa

Capítulo 34: El peso de una sola vida

Anna seguía inmóvil frente al viejo espejo apoyado junto a la carpa. Su silueta recortada contra la noche parecía parte de la penumbra, un fantasma más entre tantos otros.

La noche había caído hacía rato sobre el campamento, densa y pesada, pero aun así el humo de las hogueras seguía elevándose hacia el cielo como una herida abierta que se negaba a cerrar, manchando las estrellas con su rastro oscuro. El reflejo del fuego danzaba sobre el cristal sucio y rayado, deformando las figuras, haciendo que todo pareciera irreal, distorsionado, como si ella estuviera mirando a través de una lágrima que nunca caía.

Y ahí estaba.

Ahí estaba ella.

La otra Anna.

De pie, justo detrás de su propio reflejo, ocupando el mismo espacio, fundiéndose con su sombra real. Sonreía. Pero no era una sonrisa de alegría, ni siquiera de diversión. Sonreía como alguien que se sienta cómodo viendo a otra persona romperse poco a poco, disfrutando de cada grieta que aparecía en su alma.

—Mírate… —murmuró la sombra con una voz suave, venenosa, casi dulce, arrastrando las palabras como una caricia traicionera—. Cansada. Sucia. Agotada. Rodeada de cadáveres por todas partes.

Anna bajó un poco más la cabeza, la barbilla tocando casi su pecho, evitando encontrarse con esos ojos idénticos a los suyos, pero tan llenos de crueldad. Sus dedos seguían apretando la botella de agua con tanta fuerza, con tanta desesperación, que el cuero crujía y parecía que en cualquier momento iba a estallar entre sus manos.

—Si hubiese sido yo la que estuviera al mando… —continuó la sombra mientras caminaba lentamente alrededor de ella dentro del reflejo, un movimiento perezoso, hipnótico— …ya estarías en una cama caliente. Lejos de este lugar maldito. Lejos de esta peste que se lleva a todos. Lejos de toda esta gente miserable que solo sabe enfermarse y morir.

Anna cerró los ojos apenas un segundo, intentando bloquear la voz, intentando bloquear la verdad que se escondía tras ella. Pero la sombra sonrió más, sabiendo que había tocado una fibra sensible.

—Porque eso era lo correcto. Porque esto nunca fue problema nuestro. Nunca debió importarnos.

La otra Anna se detuvo justo frente a ella, ocupando todo el cristal, llenando su visión.

—Pero mírate ahora. Aquí estás. De pie. Entre muertos. Entre sangre seca. Entre humo que te quema los pulmones. Llorando por gente que ni siquiera tiene apellido, que no tiene tierras, que no tiene nada… y que al final, de nada te sirvió salvar.

Anna apretó la mandíbula hasta dolerle, sus dientes rechinando en el silencio.

—Cállate... —susurró.

Su voz salió baja. Débil. Quebradiza. No sonó como una orden. Sonó como una súplica.

La sombra lo notó de inmediato. Y eso solo hizo que su sonrisa se ensanchara más, triunfante.

—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto? —preguntó inclinando un poco la cabeza, observando el sufrimiento de Anna con fascinación—. Que Demian realmente creyó que podía deshacerse de mí simplemente enviándote lejos.

Anna no levantó la mirada. Seguía clavada en el suelo, en el barro que cubría sus botas.

—Creyó que desterrarte, quitarte el poder, encerrarte en esa mansión fría y solitaria bastaría para hacer desaparecer todo esto. Creyó que, si te quitaba la responsabilidad, también te quitaría lo que eras.

La sombra abrió lentamente los brazos dentro del reflejo, abarcando todo lo que las rodeaba.

—Pero sigo aquí. Estoy en cada decisión que tomas. En cada dolor que sientes. En cada culpa que cargas.

Su sonrisa se volvió más cruel, más afilada.

—Y Selene… Selene tampoco hizo nada para evitarlo. ¿Verdad?

Anna apretó la botella con más fuerza todavía, sus nudillos blancos bajo el cuero de los guantes.

—Ella se quedó mirando. Igual que siempre. Con esa frialdad suya. Se quedó viendo cómo me quitaban lo que era mío. Lo que merecía por derecho de nacimiento, por inteligencia, por fuerza.

El reflejo dio un paso más cerca, su rostro casi tocando el cristal sucio.

—Porque yo era superior a todos ellos. Y tú lo sabes.

—Cállate… —repitió Anna.

Pero otra vez no sonó convencida. Otra vez sonó cansada. Vacía. Y la sombra lo sintió. Lo saboreó en el aire denso. Y por eso siguió hundiendo la daga más profunda, retorciéndola dentro de la herida abierta.

—No. No quieres que me calle porque sabes, muy en el fondo, que una parte de ti piensa exactamente igual. Que piensa que todo esto es una estupidez.

Anna abrió los ojos de golpe, negando con la cabeza.

—No.

—¿No? —la sombra arqueó una ceja, divertida—. Entonces dime… ¿por qué duele tanto?

Silencio. Un silencio pesado, cargado de culpa.

—¿Por qué duele más la muerte de ese muchacho, de ese plebeyo, que la de todos los demás que han muerto antes? ¿Por qué él?

Anna sintió que el aire le faltaba, que el pecho se le cerraba como si una mano gigante le estuviera aplastando el corazón.

La sombra se acercó todavía más, su voz convertida en un susurro helado que resonaba en la mente de Anna.

—Porque él sí importaba para ti. Porque él te hizo sentir cosas que yo te prohibí sentir.

Anna bajó lentamente la mirada hacia el suelo, incapaz de sostener la mirada de su propio reflejo.

—Y aun así murió. No pudiste evitarlo. No sirvió de nada que te hubieras vuelto débil y sentimental.

El reflejo ladeó un poco la cabeza, imitando su dolor con burla.

—¿Recuerdas cómo terminó todo? ¿Recuerdas el fuego?

Y el recuerdo volvió de golpe, arrastrándola violentamente lejos del espejo, devolviéndola al infierno que acababa de vivir.

Las hogueras. El humo negro ascendiendo hacia la noche. El olor del fuego mezclándose con el olor dulzón y repugnante de la carne quemada, impregnado en la tierra húmeda, pegado a su piel.

Anna acababa de lanzar la antorcha.

Las llamas, voraces y brillantes, comenzaban a envolver lentamente la pira, trepando por la madera seca, devorando el aceite, acercándose a lo único que quedaba de él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.