El Velo De La Rosa

Capítulo 35: La última llama

El campamento seguía envuelto en una calma extraña, casi irreal bajo la luz de la luna y el resplandor lejano de las hogueras que aún ardían.

No era paz.

No era tranquilidad.

Era ese tipo de silencio pesado que aparece justo después de llorar demasiado, cuando el cuerpo ya no tiene fuerzas ni para seguir sufriendo, ni para seguir rompiéndose. Un silencio donde solo quedan los restos de lo que fue y el cansancio infinito de haber resistido demasiado tiempo.

Anna seguía dormida entre los brazos de Eliana.

El llanto, la tensión, el dolor acumulado durante semanas y la pérdida reciente de Liam finalmente la habían agotado por completo, robándole hasta la última gota de energía que le quedaba. Su cabeza descansaba pesadamente sobre el hombro de su amiga, su cuerpo relajado por fin, aunque rastro de sufrimiento todavía se dibujaba en sus facciones. Su respiración era lenta, pesada, profunda… y sin embargo, todavía se entrecortaba de vez en cuando, un pequeño suspiro ahogado, como si incluso dormida siguiera peleando contra los fantasmas y el dolor que llevaba dentro.

Eliana permanecía sentada en el suelo frío, apoyada contra la lona áspera de una de las carpas, sin importarle la incomodidad ni el frío que le calaba la ropa. Sostenía a Anna con infinito cuidado, como si fuera de cristal y pudiera romperse de nuevo con cualquier movimiento brusco. Una mano seguía acariciando lentamente su cabello, apartando mechones revueltos y húmedos por las lágrimas de su rostro, en un gesto suave, rítmico y eterno.

Lyra seguía arrodillada junto a ellas, inmóvil, con las manos juntas sobre el regazo y la mirada fija en la líder que tanto admiraba y que ahora veía tan frágil.

No había dicho nada desde hacía rato.

No hacía falta. Su presencia silenciosa, su cercanía, valían más que cualquier palabra de consuelo que pudiera decir.

A unos metros de distancia, Garoum y Daeron permanecían de pie, como dos centinelas silenciosos. No querían acercarse demasiado. No querían romper ese momento de paz tan necesario, ni interrumpir el único refugio que Anna había encontrado. Pero tampoco querían apartarse. No ahora. No cuando ella estaba así.

Los dos mantenían la vista sobre ella de vez en cuando, intercambiando miradas breves y cargadas de impotencia y cariño, como si todavía no terminaran de creer verla así de rota, ver caer a la mujer que siempre había sido el pilar de todos ellos.

Entonces se escucharon pasos.

Rápidos.

Apresurados.

Pesados por la prisa.

Garoum fue el primero en girarse, su mano fue instintivamente hacia la empuñadura de su espada, alerta ante cualquier peligro.

Dos hombres corrían hacia ellos desde la zona de alquimia, saliendo de entre las sombras de las carpas. Eran sanadores, ayudantes de laboratorio, con las ropas manchadas de polvo, sudor y restos de hierbas secas. Uno de ellos casi tropezó con una cuerda de sujeción al llegar, jadeando violentamente por la falta de aire, con el pecho subiendo y bajando con fuerza.

—¡Lord Garoum! —dijo entre respiraciones agitadas, con los ojos desorbitados—. ¡Lord Daeron! ¡Tenemos que hablar con Lady Anna! ¡Es urgente!

Garoum frunció el ceño de inmediato, dando un paso al frente para interponerse entre ellos y el lugar donde descansaba Anna.

—¿Qué pasó? ¿Ocurrió algo más? —preguntó con gravedad, temiendo lo peor.

Los dos mensajeros intercambiaron una mirada rápida, llena de una emoción que no parecía miedo, pero que era igual de intensa. Sus ojos estaban abiertos de par en par, brillantes, y aun así parecía que ni ellos mismos terminaban de creérselo.

—La cura… —murmuró uno de ellos, con la voz temblando—. La encontraron.

Por un segundo, un silencio absoluto cayó sobre el grupo. Ninguno de los dos reaccionó. Fue como si el tiempo se hubiera detenido.

Daeron parpadeó una vez, seguro de haber oído mal.

Garoum permaneció completamente quieto, inmóvil como una estatua de piedra.

—¿Qué dijiste? —preguntó Daeron, dando un paso hacia adelante, con tono bajo y firme, como si necesitara escucharlo otra vez para que fuera real—. Repítelo.

—La cura —repitió el segundo mensajero, recuperando el aliento, pero todavía agitado, señalando hacia atrás, hacia donde ardían las luces del laboratorio—. Los alquimistas. El maestro Iros y la chica Freina. La encontraron. Está funcionando. Ya hicieron las pruebas con las muestras. La infección se detiene… ¡retrocede! ¡Las células sanas se defienden! ¡Está funcionando de verdad!

Garoum abrió un poco más los ojos, sintiendo cómo un escalofrío recorría su espalda, pero esta vez no era de miedo, sino de algo inmenso y esperado.

Daeron se quedó inmóvil unos segundos, procesando las palabras, dejando que la realidad penetrara en su mente cansada.

Después, ambos miraron casi al mismo tiempo hacia donde estaban Anna, Eliana y Lyra.

Lyra también los estaba mirando. Había escuchado cada palabra, cada sílaba, a pesar de la distancia. Sus ojos se abrieron apenas al comprender la noticia, y una chispa de alegría brilló en ellos por un instante…Pero luego miró hacia abajo, hacia Anna, que seguía dormida, ajena a todo, ajena al mundo, ajena al milagro que acababa de ocurrir.

Lyra bajó apenas la mirada.

Y negó lentamente con la cabeza.

No dijo una sola palabra.

No hacía falta.Su mirada lo dijo todo: «Mirenla. Mirenla y preguntense si puede escuchar esto ahora».

Garoum entendió de inmediato.

Daeron también.

Anna no podía atender aquello ahora.

No después de todo lo que había pasado en las últimas horas. No después de haber caminado detrás del cuerpo de Liam. No después de haberlo quemado. No después de haber peleado contra sus propios demonios. No después de haberse roto en mil pedazos justo allí, en el suelo, entre llantos y culpa.

Ella había dado todo. Absolutamente todo. Hasta el último rincón de su fuerza. Y ahora, finalmente, había caído.




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