El Velo De La Rosa

Capítulo 36: Los 5 días sin su luz

La primera noche fue larga.

Más larga de lo que cualquiera estaba dispuesto a admitir.

Anna había sido llevada de inmediato al castillo después de colapsar frente al altar de los caídos, y desde entonces su habitación, aquella amplia estancia en el piso más alto, se había convertido en un lugar donde el tiempo parecía avanzar de forma distinta, lenta y pesada, como si también el reloj estuviera esperando.

Los médicos y sanadores trabajaron durante toda la noche, sin descanso, relevándose cada poca hora solo para no caer ellos también agotados al suelo. Revisaron su pulso una y otra vez, contando cada latido con miedo a que se detuviera. Prepararon tónicos fuertes, infusiones revitalizantes y bebidas calientes que dejaban en las mesas junto a la cama, aunque nadie podía dárselas porque ella no abría la boca. Aplicaron suave magia curativa, esa que reparaba tejidos y aliviaba dolores, recorriendo su cuerpo delgado y cansado buscando cualquier herida, cualquier señal, cualquier rastro de lo que le pasaba. Revisaron su respiración, sus pupilas, sus reflejos, su temperatura.

Pero la conclusión siempre era la misma, dicha en voz baja, con respeto y admiración.

Su cuerpo no estaba herido.

No había rastro de enfermedad.

No había veneno en su sangre.

No había nada roto, ni por sanar, ni por reparar.

Simplemente había llegado demasiado lejos. Había llevado su cuerpo y su mente mucho más allá de lo que cualquier ser humano, cualquier noble o cualquier líder había soportado jamás.

Veintiún días casi sin dormir, apenas con breves instantes de descanso robados entre una tarea y otra.

Veintiún días comiendo apenas lo necesario para mantenerse en pie, olvidando su propia comida para asegurarse de que los demás tenían la suya.

Veintiún días cargando muertos, dirigiendo médicos, mezclando remedios, tomando decisiones de vida o muerte y sosteniendo con sus hombros el peso de una ciudad entera que se desmoronaba.

Su cuerpo, sencillamente, había dicho basta. Había decidido detenerse, apagarse un momento, reclamar el descanso que ella nunca se dio a sí misma.

Los médicos se turnaban para vigilarla, sentados en silencio a los pies de su cama, mirando su pecho subir y bajar suavemente. Ellos también estaban agotados, habían trabajado día y noche bajo sus órdenes, muchos habían enfermado y habían sido salvados por ella, muchos seguían vivos gracias a sus decisiones rápidas y arriesgadas. Y ninguno, absolutamente ninguno, estaba dispuesto a dejarla sola ni un segundo.

Cuando llegó la mañana, gris y tranquila, Selene y Demian tomaron una decisión importante.

No iban a ocultarlo.

No iban a decir que estaba ocupada o descansando brevemente.

La ciudad la amaba, la respetaba y le debía la vida; merecían saber la verdad completa.

Por eso, cuando el sol apenas comenzaba a salir y las calles seguían silenciosas todavía por el duelo y el alivio, los mensajeros recorrieron cada barrio, cada plaza, cada puerta de la ciudad con una noticia que traía alivio… y al mismo tiempo, un miedo nuevo y frío.

Lady Anna está fuera de peligro. Pero todavía no despierta. Su cuerpo ha entrado en un sueño profundo, y nadie sabe cuándo saldrá de él.

La noticia golpeó a todos como una ola suave pero inmensa.

Muchos habían pasado la noche en vela, rezando, temiendo escuchar que la mujer que los había salvado había muerto justo cuando todo terminaba. Saber que seguía viva, que respiraba, que estaba allí… calmó los corazones. Pero no los tranquilizó del todo. Porque ahora todos entendían algo nuevo: podían perderla de otra forma. Podían perderla en la quietud, en el silencio, en ese sueño del que nadie sabía si volvería.

Y fue entonces cuando comenzaron a llegar.

Al principio fueron unas pocas flores, silvestres, recogidas de los campos cercanos o de los pequeños jardines que habían sobrevivido. Las dejaban en la puerta principal del castillo, con mucho cuidado, como si tocar la madera fuera ya un acto de respeto.

Después vinieron ramos completos, hechos con amor y manos temblorosas.

Llegaron pequeños juguetes de madera hechos por niños que ella había protegido. Cartas escritas con letra torpe o elegante, llenas de agradecimientos, de historias personales, de "gracias por salvar a mi padre", "gracias por no dejarme morir solo".

Velas blancas, amuletos de madera tallada, bufandas tejidas por manos ancianas, muñecos de trapo, cintas de colores.

Incluso platos de comida, panes recién hechos, frutas dulces, guisos humeantes que nadie tocaría, que nadie se comería, pero que las personas dejaban igual, porque no sabían de qué otra forma agradecerle. «Ella no comía nada cuando estaba aquí», pensaban, «ahora que descansa, que tenga lo mejor».

Gente que había sobrevivido a la enfermedad, caminando todavía con bastones o apoyados en sus familiares, llegaba hasta las puertas solo para dejar algo y quedarse un momento mirando hacia arriba, hacia las ventanas altas donde ella dormía.

Personas que habían perdido hijos, esposos, hermanos… y que aun en su propio dolor, venían a agradecerle por haber intentado salvarlos a todos. Madres que habían visto a sus hijos enfermar y sanar gracias a ella. Niños que apenas entendían lo que había pasado, pero sabían que esa mujer había sido la que había alejado la muerte.

Todos dejaban algo. Todos querían que, si algún día despertaba y miraba por la ventana, pudiera ver cuánto había significado para ellos. Cuánto la amaban.

Los soldados, aquellos que ella había ordenado, que habían custodiado las zonas más peligrosas, que habían llevado órdenes y cuerpos, comenzaron a hacer algo más. Cada vez que cruzaban frente al castillo, sin importar si estaban solos o en patrulla, sin importar si iban de prisa o tranquilos, se detenían un instante. Llevaban la mano al pecho, justo sobre el corazón.

Bajaban la cabeza.




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