El Velo De La Rosa

Capítulo 37: Un grito desde lo alto

El cuarto día amaneció con un cielo completamente despejado, de un azul profundo y brillante que parecía querer borrar para siempre los días grises de la enfermedad.

La ciudad seguía levantándose poco a poco, paso a paso, con el esfuerzo de quienes se quedaron y lucharon. Las calles tenían más movimiento que nunca; la gente caminaba con propósito, los mercados comenzaban a llenarse de colores y voces, y los sonidos de los martillos, las carretas y las conversaciones volvían a ocupar el lugar del silencio aterrador que reinó durante semanas.

Pero no todo el mundo había regresado por las razones correctas.

Poco antes del mediodía, cuando el sol estaba en lo más alto, una nueva caravana cruzó las grandes puertas de la ciudad.

A diferencia de las caravanas de ayuda imperial, estas no venían cargadas de suministros, ni de médicos, ni de materiales para reparar lo dañado.

Venían cargadas de estandartes brillantes que ondeaban con orgullo, carruajes lujosos con ruedas doradas, caballos de pura raza y nobles vestidos con ropas tan limpias, tan costosas y tan impecables, que parecían imposibles de ver en un lugar que apenas sobrevivía a una tragedia.

Eran los mismos que habían escapado cuando la pandemia comenzó.

Los mismos que habían huido en la noche, dejando atrás sus tierras, sus casas y, sobre todo, a su gente, creyendo que la muerte solo tocaría a los que se quedaban.

Los mismos que, mientras otros enterraban muertos, cargaban enfermos y limpiaban calles llenas de dolor, celebraban lejos de ahí, en sus fincas seguras, bebiendo vino y riéndose, convencidos de que todo este lugar terminaría por derrumbarse y desaparecer de la historia.

Y ahora volvían.

No porque estuvieran preocupados por los sobrevivientes.

No porque quisieran ayudar a levantar lo que ellos abandonaron.

No porque sintieran culpa.

Volvían porque ya no había peligro.

Volvían porque, contra todo pronóstico, la ciudad seguía en pie, fuerte y viva.

Volvían porque ahora podían colgarse del esfuerzo ajeno, llamarse salvadores y reclamar su parte de gloria sin haber puesto ni un dedo para conseguirla.

Demian y Selene los recibieron en uno de los salones más grandes del castillo, una estancia amplia y fría, con paredes de piedra desnuda y pocos adornos.

A su lado, en silencio, permanecían los nobles de la segunda línea, aquellos que sí habían respondido al llamado cuando todo se oscureció.

Lord Carthus, un hombre de edad avanzada que había trabajado día y noche en la organización de recursos.

Lady Myriel, que había abierto sus propias casas para convertirles en refugios.

Naera del Paso Rojo, que había recorrido caminos peligrosos para traer provisiones.

Y varios más, todos con las manos marcadas por el trabajo, las caras cansadas y la mirada dura.

Todos permanecían callados, inmóviles como estatuas. Pero el desprecio que sentían era tan evidente que casi se podía tocar en el aire.

Los nobles cobardes entraron sonriendo.

Entraron hablando alto, bromeando entre ellos, comentando sobre el viaje, sobre lo bien que se veía todo, como si nada hubiera pasado. Como si no hubieran abandonado a miles de personas a su suerte. Como si no hubieran dejado a una chica de diecisiete años cargar sola con el peso de toda una ciudad, con la muerte, con el miedo y con la responsabilidad que a ellos les correspondía.

Uno de ellos, un hombre robusto, de rostro rubicundo y manos cargadas de anillos dorados pesados, dio un paso adelante con una sonrisa ensayada, perfecta y vacía. Se inclinó ante Demian y Selene con una elegancia que daba asco.

—Lord Demian, Lady Selene… nos alegra profundamente ver que la ciudad sigue en pie. Cuando recibimos la noticia de que la situación había mejorado y que el peligro había pasado, supimos que debíamos regresar de inmediato. No podíamos faltar en el momento del triunfo.

Demian no respondió. Se quedó allí, de pie, alto y serio, mirando a ese hombre con una calma absoluta, una calma que era mucho más aterradora que cualquier grito.

Selene tampoco dijo nada. Sus ojos grises estaban fríos, tan fríos que parecían congelar el aire a su alrededor.

El hombre, ignorando el silencio que le gritaba la verdad, continuó hablando con soltura.

—Lamentamos profundamente no haber podido estar aquí y ayudar más directamente durante los días más duros de la crisis —dijo, poniendo una expresión fingida de pesar—. Pero como ustedes comprenderán, nuestras propias tierras y dominios estaban en riesgo, y tuvimos que tomar decisiones muy difíciles para proteger a nuestras familias y nuestros bienes. Fue una cuestión de supervivencia.

Desde el fondo de la sala, Naera soltó una risa seca, cortante, que resonó como un latigazo.

Todos se giraron a mirarla. Ella estaba recostada contra una columna, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a aquel noble con una burla absoluta.

—Qué curioso —dijo ella con voz fuerte y clara, sin importarle nada—. Porque mis tierras también estaban en riesgo. Mi familia también podía enfermar. Y aun así, yo vine. Y me quedé. Y trabajé hasta caer rendida. Qué extraño que a ustedes la "necesidad" siempre los encuentre lejos del peligro.

El noble fingió no escucharla. Desvió la mirada rápidamente, como si las palabras de ella fueran indignas de ser respondidas, y se giró hacia Demian de nuevo, buscando aprobación.

Otro de ellos, un hombre delgado y de voz aguda, dio un paso adelante, tratando de recuperar el control de la situación.

—Pero ahora que hemos vuelto, nos gustaría coordinar con ustedes todo lo referente a la reconstrucción y ver de qué manera podemos participar activamente. Después de todo… —hizo una pausa solemne, como si estuviera diciendo la mayor verdad del mundo— …varios de nosotros enviamos recursos y apoyo desde nuestras propias tierras durante los días más difíciles. Sabíamos que nuestra ayuda era necesaria.




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