El sonido de las campanas rompió el silencio de la mañana de una forma que nadie esperaba, pero que todos reconocieron al instante.
Una vez.
Y después otra.
Profundas.
Pesadas.
Fuertes.
Vibrantes como un latido gigante del corazón del castillo, el eco descendió desde las torres más altas, atravesó los muros de piedra, se deslizó por los tejados y recorrió cada calle, cada callejón, cada rincón de la ciudad como una ola imparable, llegando a oídos de ricos y pobres, de sanos y enfermos, de quienes habían luchado y de quienes solo habían esperado.
Durante unos segundos eternos, todo quedó inmóvil.
Los comerciantes detuvieron sus manos en el aire, con la mercancía a medio colocar, los herreros congelaron sus martillos justo a mitad del golpe, el metal levantado y listo para caer, los soldados que patrullaban las murallas y las calles giraron la cabeza al mismo tiempo, todos hacia las alturas del castillo, con la respiración contenida.
Las mujeres que barrían frente a sus casas se quedaron quietas, escobas en mano, el polvo suspendido alrededor de ellas, los niños dejaron de correr, dejaron de gritar, se quedaron mirando hacia arriba sin entender del todo, pero sintiendo que algo grande había pasado, hasta los caballos parecieron agitarse menos, levantando las orejas, atentos al sonido grave y potente.
Porque todos conocían ese sonido, todos habían sido informados, todos sabían lo que significaba.
La orden había sido clara, dada desde el primer día en que Anna cayó:
Si Anna despertaba… las campanas sonarían sin cesar.
En el despacho principal del castillo, la sala grande y solemne donde se tomaban las decisiones más importantes, Selene estaba de pie junto a Demian. A su alrededor había oficiales del ejército, nobles menores, representantes de los barrios más afectados y personas que trabajaban día y noche en la reconstrucción. Todos estaban inclinados sobre una mesa llena de mapas, listas y documentos, planeando los siguientes pasos.
El sonido atravesó las ventanas de golpe, entrando como un rayo de luz.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Nadie siguió leyendo.
Demian levantó lentamente la cabeza, sus ojos oscuros fijos en el cristal, como si pudiera ver a través de él hasta la torre, Selene abrió apenas los ojos, sintiendo cómo el aire se le escapaba del pecho, y por un momento, ambos parecieron olvidar incluso cómo respirar.
Uno de los nobles menores, el mismo que días antes había estado a punto de romper la copa de rabia, dejó caer unos papeles al suelo sin darse cuenta. El susurro de las hojas al caer fue lo único que se escuchó aparte del tañido lejano, otro soldado, uno de los que había estado en las calles ayudando a cargar enfermos, sonrió sin darse cuenta, una sonrisa enorme, brillante y llena de lágrimas.
Selene fue la primera en reaccionar, las lágrimas llenaron sus ojos antes incluso de que pudiera decir nada, desbordándose por sus mejillas, recorriendo el cansancio de los últimos días.
—Despertó… —murmuró apenas, con una voz tan rota y tan llena de alivio que apenas se entendió—. Despertó.
Demian no respondió.
No pudo.
Porque sentía la garganta cerrada, apretada por una emoción que no podía controlar, porque durante días enteros había intentado mantenerse firme, mantenerse fuerte, ser el pilar de todos, fingir que no estaba aterrado, que todo iba a salir bien, que ella volvería, y aun así, al escuchar esas campanas, sintió que todo el peso, toda la tensión y todo el miedo que había llevado encima comenzaba a romperse en pedazos, dejando paso a una alegría inmensa, dolorosa y liberadora.
En la cocina grande del castillo, donde siempre había ruido, vapor y movimiento, todo se detuvo en seco, las sirvientas y cocineras levantaron la vista de golpe, dejando lo que tenían en las manos.
Una dejó caer una cuchara de madera que retumbó contra el suelo de piedra, otra se tapó la boca con ambas manos, ahogando un grito, la cocinera jefa, una mujer dura que pocas veces demostraba sentimientos, se llevó el delantal a la cara y comenzó a llorar en silencio.
En los pasillos, en las enfermerías, en los almacenes, guardias, médicos, sirvientes y trabajadores comenzaron a mirarse entre ellos.
Primero con duda.
Después con comprensión.
Y poco a poco, las sonrisas aparecieron.
Sonrisas cansadas.
Sonrisas rotas.
Pero sonrisas reales, brillantes, llenas de vida.
Porque la mujer que había sostenido a toda la ciudad durante la tragedia, la que había trabajado hasta el límite, la que se había roto para que otros estuvieran bien… seguía ahí.
En lo alto de la torre principal, bajo el cielo despejado y azul, Lyra y la pequeña Lira tiraban con todas sus fuerzas de las enormes cuerdas de cáñamo que colgaban de las campanas.
Sus manos les dolían, enrojecidas y con pequeñas heridas de tanto jalar , sus ojos les ardían por las lágrimas que no dejaban de correr, sus brazos temblaban por el esfuerzo físico, pero ninguna de las dos quería detenerse. Ni un segundo.
Lira, la niña que Anna había sacado de la calle, que había alimentado y cuidado, tenía el rostro completamente mojado. Su pequeña nariz estaba roja y hinchada, y seguía secándose las lágrimas con la manga de su vestido una y otra vez, sin importarle nada más.
—¡Despertó! —decía entre sollozos y risas al mismo tiempo, tirando de la cuerda con una fuerza que no parecía posible en su cuerpo—. ¡Lady Anna despertó! ¡Ya está bien!
Lyra tampoco podía dejar de llorar. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se perdían en su cuello.Pero aun así seguía sonriendo, más brillante que nunca. Y volvió a tirar de la cuerda con todas sus fuerzas, haciendo que el metal gigante golpeara una vez más.
Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Anunciándoselo a todos.
Anunciándoselo a cada persona que había esperado en silencio, a cada persona que había rezado por ella, a cada persona que había temido perderla y quedarse solos en medio de las ruinas.