El Velo De La Rosa

Capítulo 39: quiero ir a casa

La habitación estaba sumida en un silencio profundo, solo roto por el sonido suave del viento que entraba por la ventana abierta. La noche ya había caído completamente sobre la ciudad, y la luz dorada y tenue de las lámparas de aceite apenas iluminaba los rincones, creando sombras largas y tranquilas en las paredes.

Afuera, el castillo seguía lleno de ruido, de pasos rápidos y de actividad incesante, sirvientes que corrían de un lado a otro preparando salones, guardias que revisaban cada rincón y aseguraban las puertas, mensajeros que entraban y salían llevando órdenes y confirmaciones.

Todos preparaban lo que ocurriría al día siguiente.

Porque la ciudad entera quería celebrar, quería gritar su alegría y su alivio, porque los nobles, incluso los que poco habían hecho, querían aparecer en primera fila para lucirse, porque todos querían estar presentes, ser vistos y saludar cuando Anna recibiera la gran condecoración que llevaban días discutiendo y organizando.

Pero dentro de aquella habitación, el ambiente era muy distinto.

Más tranquilo, sí, pero también más pesado, más íntimo y más real.

Demian estaba de pie junto a la cabecera de la cama, con varios documentos en la mano, los dedos reposando sobre el papel como si quisiera grabar en ellos cada palabra escrita.

Selene permanecía sentada cerca de Anna, con las manos juntas sobre su regazo, observándola con una mezcla de cariño y preocupación.

Garoum estaba apoyado contra una pared oscura, inmóvil, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto indeterminado, siempre alerta.

Daeron observaba todo en silencio desde un rincón, recostado contra el marco de la ventana, atento a cada movimiento.

Lyra estaba sentada sobre el borde de una mesa alta, moviendo una pierna con impaciencia, incapaz de quedarse totalmente quieta

.Y Eliana… Eliana seguía junto a la cama, sentada muy cerca de Anna, tal como había estado todas las noches anteriores, como si su lugar natural fuera ese, a su lado.

Anna permanecía sentada, recostada sobre las almohadas, mirando fijamente por la ventana abierta hacia la ciudad que se extendía abajo, todo se veía tranquilo, oscuro y salpicado de miles de luces pequeñas, las lámparas y velas de las casas. Por primera vez en semanas, no había columnas de humo negro subiendo al cielo, no había fuegos grandes quemando cuerpos o ropa contaminada. Por primera vez, no se escuchaban gritos de dolor ni lamentos desesperados rompiendo la noche.

Demian terminó de leer en voz baja uno de los documentos, lo dobló con cuidado y levantó la vista hacia ella. Su voz fue calmada, firme y definitiva.

—Los culpables serán juzgados mañana por la tarde —anunció—. El Emperador respondió. Nos dio autoridad absoluta. Nadie va a interferir, nadie va a detenernos, nadie podrá esconderlos ni protegerlos. Todo quedará en nuestras manos.

Los ojos de Garoum se endurecieron de inmediato, brillando con una mezcla de furia y satisfacción fría, Daeron bajó apenas la cabeza, aceptando esa sentencia como algo justo y necesario, Selene guardó silencio, suspirando casi imperceptiblemente, porque todos sabían lo que eso significaba. Ya no habría leyes pequeñas ni excusas.

Había justicia verdadera al fin.

Demian continuó, pasando a los siguientes puntos.

—En cuanto a los otros nobles… los que huyeron, los que abandonaron sus puestos y sus tierras… todavía veremos qué hacer con ellos. Se está decidiendo si se les quitarán títulos, tierras o derechos.

Lyra soltó una pequeña risa seca, amarga y sin alegría, moviendo la cabeza.

—Yo digo que los lancemos a todos al río y veamos cuáles flotan —dijo con desprecio—. Total, no sirven para nada más.

Garoum gruñó apenas desde su rincón, sonriendo por primera vez, aunque fue una sonrisa oscura.

—Demasiado amable, Lyra. Demasiado suave para lo que se merecen.

Anna soltó una pequeña sonrisa cansada.

Era apenas visible, un movimiento leve en sus labios, pero era real, porque saber que los responsables pagarían por lo que habían hecho, saber que nadie quedaría sin castigo, le daba una extraña y profunda tranquilidad, por fin.

Después de todo lo que habían visto, todo lo que habían sufrido y todo lo que habían perdido…Por fin habría consecuencias.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Y durante unos segundos largos, solo se escuchó el viento suave y lejano, y el susurro de las hojas de los árboles en el jardín del castillo.

Hasta que Anna habló, su voz fue baja, serena, casi distraída, como si estuviera pensando en voz alta.

—Volveré a casa esta noche.

Todos se quedaron inmóviles al instante.

Demian dejó de mover los papeles entre sus manos.

Selene levantó la vista de golpe, sorprendida.

Lyra frunció el ceño, sin entender bien.

Garoum apartó la espalda de la pared, poniéndose alerta.

Daeron se tensó apenas, cambiando el peso de su cuerpo.

Solo Eliana permaneció en silencio, tranquila, sin cambiar de expresión, porque ella fue la única que entendió de inmediato lo que esas palabras significaban.

—¿Qué? —preguntó Selene, inclinándose hacia ella—. ¿Qué has dicho?

Anna siguió mirando hacia afuera, hacia esas luces pequeñas que brillaban en la oscuridad.

—Esta misma noche, antes de que salga el sol, volveré a la mansión. A mi casa.

—Anna —dijo Demian, con tono de incredulidad y advertencia—. Mañana es la ceremonia. Todo está preparado.

—La ciudad quiere darte una condecoración, un reconocimiento público —añadió Selene rápidamente, preocupada por lo que esa decisión podía significar—. Los ciudadanos, los soldados, la gente que sufrió… incluso los nobles menores que sí se quedaron y ayudaron. Todos quieren verte ahí. Todos quieren agradecerte.

Lyra asintió varias veces con energía.

—Toda la ciudad estará en las calles esperándote. Si no vas… se van a decepcionar mucho. Se van a sentir mal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.