El carruaje avanzaba lentamente por el camino de piedra, el sonido rítmico de las ruedas sobre el suelo irregular acompañando cada paso. A ambos lados se extendían los campos, todavía marcados por las secuelas visibles de la tragedia: algunas zonas permanecían vacías y silenciosas, otras mostraban pequeñas columnas de humo delgado donde campesinos y voluntarios quemaban los últimos restos de harina contaminada o materiales que ya no servían. Aun así, por primera vez en mucho tiempo, el aire no traía consigo el olor pesado y enfermizo de la muerte. Olía a tierra removida, a leña quemada y, muy suavemente, a esperanza.
Dentro del carruaje, el ambiente era tranquilo, casi sereno.
Anna llevaba una bata ligera de lino y tenía una manta gruesa cubriéndole las piernas hasta la cintura. Todavía estaba débil; cada movimiento suyo denotaba el cansancio acumulado de semanas enteras sin descanso, de noches en vela, de decisiones pesadas tomadas una tras otra. Pero al menos ahora podía respirar hondo sin sentir que el peso de toda la ciudad entera seguía aplastándole los hombros.
La pequeña Lira dormía recostada sobre su regazo, con la cabeza apoyada contra su costado y una mano apretada apenas sobre la tela de la manta, como si temiera que Anna pudiera desaparecer si se soltaba. Anna le acariciaba el cabello con movimientos lentos y suaves, casi mecánicos, mientras sus ojos miraban fijo por la ventanilla de madera, hacia el paisaje que se deslizaba ante ellas.
Enfrente de ella, sentadas en el asiento opuesto, estaban Eliana y Lyra.
Lyra tenía los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, el ceño fruncido y la mirada fija en el camino, como si esperara en cualquier momento cualquier excusa mínima para bajarse del carruaje y discutir con alguien, con cualquiera. Su energía inquieta parecía llenar todo el espacio.
Eliana, en cambio, estaba sentada con la espalda recta, las manos reposando sobre sus rodillas y la vista fija en Anna. No la apartaba demasiado, ni por un segundo. Porque incluso ahora —después de que ella despertara, después de que salieran del castillo, después de dejar atrás las murallas de la ciudad— todavía le preocupaba verla tan pálida, tan delgada, tan profundamente cansada, como si el alma misma hubiera trabajado más allá de sus límites.
Afuera, bajo la luz clara de la mañana, Garoum cabalgaba al frente, junto a un grupo de guardias armados que formaban la escolta. La caravana no era demasiado grande ni llamativa, pero sí lo suficiente para garantizar que nada ni nadie se acercara a molestarla en el camino de regreso a la mansión.
Anna volvió a mirar por la ventana, y entonces, como si el movimiento lento del carruaje lo hubiera provocado, un recuerdo nítido volvió a su mente: la noche anterior, justo antes de cruzar las puertas del castillo para no volver por un tiempo.
Selene la abrazaba con fuerza en medio del patio principal, bajo un cielo lleno de estrellas. Tan fuerte que casi parecía que no quisiera soltarla nunca, como si temiera que en cuanto la dejara ir, Anna se desvaneciera.
—Todavía estás débil —le había dicho Selene, con la voz entrecortada y el ceño fruncido de pura preocupación—. Podrías quedarte unos días más. Hasta que recuperes fuerzas del todo.
Demian estaba de pie a un lado de ellas, con los brazos cruzados y la postura rígida, igual de serio y reservado como siempre, pero con una mirada que delataba lo mismo que su hermana: inquietud.
—No tienes que irte tan rápido —añadió él, con un tono que intentaba ser firme pero que sonaba extrañamente suave—. El castillo tiene espacio de sobra. Nadie te va a molestar aquí. Todo está tranquilo ahora.
Anna los había mirado a ambos, primero a uno y luego a otro, y por un momento, al verlos tan preocupados, tan dispuestos a retenerla solo por cuidarla, había sentido algo extraño y cálido apretándosele en el pecho. Porque hacía mucho, mucho tiempo, que nadie insistía tanto en que se quedara. Porque hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por ella de esa forma sincera y sin intereses ocultos.
Pero aun así, negó suavemente con la cabeza.
—Solo quiero ir a casa —había susurrado.
Selene apretó un poco más el abrazo, apoyando la mejilla contra el hombro de Anna.
—Eso también es tu casa. Nosotros somos tu familia.
Anna se quedó en silencio unos segundos, con los ojos cerrados, porque sabía que Selene tenía razón. Sabía que, en cierto modo, el castillo y ellos dos eran lo más cercano a un hogar que había tenido jamás. Pero aun así… aun así necesitaba volver. Necesitaba respirar lejos de todo aquello: lejos de las miradas que la seguían a todos lados, lejos de los nobles que solo pensaban en su propio provecho, lejos de las personas que ya empezaban a verla como algo distinto, como una heroína, cuando ella no se sentía así. No todavía.
Antes de subir al carruaje, Anna se giró hacia Demian. Él seguía de pie junto a Selene, con ese rostro inescrutable que siempre intentaba usar para ocultar todo lo que sentía. Y entonces, Anna le dijo algo que en ese momento ninguno de los dos entendió realmente.
Le habló muy bajito, solo para que él pudiera oírla:
—Ahora depende de ti convertirte en alguien mejor.
Demian frunció el ceño, confundido. Selene también la miró sin comprender. Pero Anna solo sonrió un poco, una sonrisa pequeña, cansada y llena de cosas que no dijo.
—Yo ya hice lo más difícil.
Ya tenía un pie dentro del carruaje, cuando se detuvo, se giró de nuevo hacia ellos y los miró con esa sonrisita traviesa que empezaba a brillar en sus ojos. Se acercó un poco más, bajó la voz como si fuera un secreto muy importante, y añadió:
—Y ya que ahora van a tener tiempo, y todo va a estar tranquilo… espero conocer pronto alguno que otro sobrino de alguno de los dos. No se tarden mucho, ¿eh? Que quiero ser tía cuanto antes.
El cambio fue instantáneo.
Demian, que siempre parecía hecho de piedra, se puso rojo como una cereza, hasta las orejas. Abrió la boca para decir algo, para protestar, para negarlo todo, pero no le salió ninguna palabra, solo un sonido ahogado y confuso, y terminó desviando la mirada hacia el suelo, rígido como un poste.