La Academia Arcana de Astravia despertó aquella mañana como lo hacía cada inicio de ciclo, pero bajo una atmósfera pesada, cargada de tensión y una expectación casi dolorosa que se respiraba en el aire. Las enormes torres blancas reflejaban la luz dorada del amanecer, los jardines interiores lucían impecables, con setos recortados con precisión quirúrgica, y los estandartes imperiales, bordados con águilas doradas sobre fondo azul oscuro, colgaban en los muros y se movían suavemente con el viento, como si incluso ellos esperaran algo.
Aquel lugar era el corazón mágico del imperio, la institución más prestigiosa del continente, el sitio donde se formaban los futuros magos de guerra, consejeros imperiales, grandes nobles, alquimistas, sanadores y estrategas que determinarían el destino de naciones enteras. Era el lugar donde el apellido de una familia podía elevarse hasta tocar el cielo… o hundirse en el barro para siempre. Y hoy, más que nunca, todos tenían la mirada fija en una sola persona: aquella que había convertido esas mismas piedras en escenario de pesadillas.
La entrada principal ya estaba llena de movimiento, pero incluso entre el ruido de carruajes, voces y pasos, había silencios repentinos, miradas furtivas y murmullos que se cortaban de golpe.
Llegaban primero los hijos de las grandes familias, en vehículos enormes, pesados, cubiertos de oro y plata, con escudos familiares pintados en las puertas y colores que gritaban su linaje a cualquiera que pasara. Sirvientes con libreas impecables corrían a abrir puertas, guardias de escolta cargaban baúles de madera tallada y mayordomos anunciaban nombres con una formalidad exagerada, casi teatral. Los estudiantes nobles bajaban con la cabeza en alto, la espalda recta, como si el mundo entero debiera apartarse para dejarles paso. Algunos caminaban mirando por encima del hombro, con esa altivez heredada de generaciones de poder. Otros directamente ignoraban a cualquiera que no vistiera telas costosas o joyas visibles.
Detrás de ellos llegaban los nobles menores: carruajes más pequeños, más simples, todavía elegantes, todavía refinados, pero claramente lejos del lujo desmedido de las grandes casas. Muchos de ellos mantenían la postura rígida, tratando de aparentar una confianza que no siempre sentían, porque sabían que en Astravia el apellido seguía siendo la primera moneda de cambio.
Y luego estaban los otros. Los alumnos sin sangre noble. Jóvenes nacidos plebeyos, hijos de comerciantes, artesanos o soldados, pero que poseían suficiente afinidad con la magia como para ser aceptados por decreto imperial. Ellos llegaban a pie, con una sola maleta pequeña de cuero, vestidos con el uniforme gris y azul estándar entregado por la academia. Muchos miraban alrededor con una mezcla de emoción y miedo, porque sabían perfectamente que aquel lugar los aceptaba por obligación, no por voluntad. La academia abría sus puertas, sí… pero gran parte de los estudiantes nobles, y también algunos profesores, habrían preferido verlos fuera de ellas.
Algunos hijos de familias importantes ni siquiera se molestaban en apartarse del camino cuando un plebeyo pasaba cerca; si rozaban sus ropas, se sacudían la tela con asco, como si hubieran tocado algo sucio. Otros los miraban con esa frialdad distante, como si fueran animales que de alguna manera lograron colarse en un salón que no les pertenecía. Y aun así, los estudiantes plebeyos seguían avanzando, con la mandíbula tensa, porque para muchos de ellos entrar a Astravia era la única oportunidad de cambiar sus vidas, de escapar del destino que les había tocado nacer.
Frente a la entrada principal, supervisando todo con una calma casi inquietante, estaba el director.
Lord Cassian Auremont.
Un hombre de cabello gris oscuro, peinado hacia atrás con una precisión absoluta, ojos de un gris frío como el acero y una postura tan impecable que parecía imposible imaginarlo encorvado o cansado alguna vez. Vestía una larga túnica negra y dorada, con el emblema de la academia —un libro abierto atravesado por una varita— bordado en hilo brillante sobre el pecho. Y aunque no tenía sangre imperial ni pertenecía a ninguna casa antigua, su posición era tan importante, y su poder tan respetado, que muchos nobles lo trataban con el mismo respeto que tendrían con un ministro del propio emperador.
Cassian observaba a cada estudiante que cruzaba la entrada, uno por uno, con esa mirada que parecía ver mucho más allá de la ropa o el apellido. No importaba si llegaban en un carruaje cubierto de oro o si lo hacían caminando con una maleta vieja y gastada. Para él, todos eran alumnos. Todos eran posibles talentos. Y todos serían medidos bajo la misma vara. Un noble arrogante sin capacidad ni juicio no valía más que un plebeyo brillante y trabajador. Por eso muchos grandes señores lo respetaban… y por eso otros tantos lo detestaban en silencio.
Detrás de él, varios profesores ayudaban con el registro y la organización, y ahí sí se hacían evidentes las diferencias. Algunos saludaban a todos por igual, con educación y distancia. Otros apenas disimulaban el desprecio que sentían hacia los alumnos sin título, mirando sus ropas simples con el ceño fruncido o respondiendo sus preguntas con monosílabos secos.
Un profesor de magia ofensiva, un hombre corpulento de barba poblada y modales bruscos, observó con manifiesta molestia a un muchacho de manos callosas y uniforme un poco descolorido antes de murmurar lo suficientemente alto como para que varios lo escucharan:
—Decretos imperiales ridículos… ahora cualquiera puede entrar. Esto antes era un lugar para gente de calidad.
Cassian lo escuchó perfectamente. No se giró, no cambió de expresión, pero su voz llegó clara y cortante desde unos pasos más allá:
—Si tiene problemas con las decisiones del emperador, profesor, o con lo que esta institución representa, puede llevar sus quejas directamente al palacio. O buscar otro lugar donde teach. Yo mismo escribiré la carta de recomendación.