El amanecer bañaba los altos torreones de la Academia Arcana de Astravia con un resplandor dorado. La brisa fresca de la mañana recorría los patios y corredores de mármol, arrastrando consigo el murmullo de cientos de estudiantes que regresaban para un nuevo ciclo académico. Se oían ruedas de carruajes, cascos de caballos, saludos formales entre nobles, risas nerviosas de alumnos nuevos y el inconfundible zumbido de la magia que impregnaba cada piedra de aquel lugar. Pero, por encima de todas esas voces, un solo nombre dominaba las conversaciones: Anna D’Valrienne.
Su regreso había corrido por la academia como un incendio imposible de detener. Ya no era un simple rumor. Todos la habían visto. Todos habían presenciado su llegada. Y todos, sin excepción, habían quedado profundamente desconcertados. Ahora, en cada rincón, en cada pasillo, en cada patio y salón, los grupos se formaban, cuchicheaban, debatían y trataban de encajar lo que habían visto con lo que creían saber.
📍 En el Gran Patio Central: Los Nobles Antiguos
Bajo las columnas de mármol blanco, el grupo al que pertenecían Lucien Ardent y Clarisse Vaelmont se había reunido en su lugar habitual, ese que siempre ocupaban los apellidos más antiguos e influyentes. Pero hoy, la altivez de costumbre había sido sustituida por una mezcla de confusión y desasosiego.
—No lo entiendo… —repetía Lucien por tercera vez, paseando de un lado a otro con las manos a la espalda—. Yo estaba ahí, vi todo con mis propios ojos. Esa no puede ser la misma Anna. La que yo recuerdo habría bajado del carruaje exigiendo alfombras rojas y que todos se apartaran.
—Las personas no cambian tanto en tan poco tiempo —aseguró Clarisse, aunque su voz sonaba menos firme que antes. Se tocaba el cuello, inquieta—. Debe ser una actuación. Una máscara. Seguro planea algo grande, algo que requiere que finja ser amable y humilde.
—Puede fingir lo que quiera… —intervino otro joven, sentado en el borde de una fuente, mirando hacia la escalinata principal—. Pero había dos cosas ahí que no encajan con tu teoría. Garoum y Eliana.
El silencio cayó sobre el grupo. Era el punto débil, la parte que nadie podía explicar.
—Garoum no finge lealtad —dijo Lucien con amargura—. Todo el imperio lo sabe. Ese hombre odiaba las entrañas de Anna. Hace tres años, aquí mismo, le escupió al suelo delante de ella y dijo que preferiría morir antes que obedecerla. Y ayer… ayer la ayudó a bajar como si fuera la propia emperatriz.
—Y Eliana… —susurró Clarisse, bajando la mirada—. ¿Recuerdan cómo era? La chica que caminaba encorvada, que no levantaba la vista, que temblaba si Anna simplemente le dirigía la palabra. Todos pensábamos que si algún día se libraba de ella, correría hasta el fin del mundo. Ayer la vi reírse. Se reía de ella. Delante de todos. Y Anna no la castigó… bueno, sí, le dio un golpe en la cabeza, pero… no era un castigo de verdad. Era como… como si fueran hermanas.
—Eso es lo que más me asusta —admitió uno de los presentes—. Anna puede mentir. Anna puede fingir ser buena. Pero Garoum no miente. Y Eliana tampoco. Si ellos están ahí, a su lado, orgullosos y tranquilos… entonces todo lo que creíamos saber sobre ella estaba equivocado. Y eso… eso es mucho más peligroso que si hubiera vuelto siendo la misma de siempre.
📍 En los Corredores del Ala de Magia: Estudiantes Nuevos y Plebeyos
Más allá de las zonas exclusivas de la nobleza, en los pasillos más amplios y concurridos donde se mezclaban alumnos de todo origen, la conversación tenía otro tono: menos prejuicio, más curiosidad, y sobre todo, mucha esperanza mezclada con miedo.
Un grupo de jóvenes vestidos con el uniforme estándar gris y azul, sin escudos familiares bordados, se arremolinaba cerca de una ventana, hablando rápido y bajo.
—Yo no la conocía de antes —decía una chica de cabello oscuro y manos ásperas, hija de herreros de la capital—. Pero mi hermano mayor sí. Dice que era un demonio. Que, si te cruzabas en su camino, te arruinaba la vida solo por aburrimiento.
—Pues lo que yo vi ayer no parecía un demonio —replicó otro, un chico alto con gafas, que había estado entre la multitud—. Yo estaba bastante cerca. Llevaba el uniforme igual que nosotros, sin joyas, sin adornos. Saludó al director con mucho respeto. Y cuando caminaba, no empujaba a nadie, ni miraba por encima del hombro. Se veía… cansada, quizás. Pero no mala.
—Seguro exageran los rumores —opinó otro—. O tal vez la cambiaron. Dicen que estuvo en una ciudad afectada por la plaga, que hizo cosas increíbles para salvar a la gente.
—No lo creo —interrumpió uno que parecía saberlo todo—. Mi prima estaba ayer en la recepción. Dice que vio lo de la risa. Que Eliana se reía de ella, que todos se burlaban un poco, incluso el guerrero ese enorme. Y que Anna se enfadó, sí, pero… fue gracioso. Dijo que seguía siendo aterradora, pero todos se rieron.
—¿Se rieron? —preguntó la chica, con los ojos muy abiertos—. ¿De Anna D’Valrienne? ¿Y siguen vivos para contarlo?
—Eso es lo que digo —insistió el chico de las gafas—. Si la antigua Anna habría matado a alguien solo por mirarla mal. Esta… esta les dio unos chichones y ya. Y todos seguían queriéndola igual. ¿Sabéis lo que significa eso? Que no es lo que nos contaron. Que tal vez… tal vez no odie a los que no somos nobles.
—O tal vez es mucho más lista —dijo una voz seria desde el fondo—. Antes usaba el miedo para controlar. Ahora parece que usa el cariño y la lealtad. No sé qué da más miedo.
📍 En la Biblioteca: Los Intelectuales y Observadores
En las mesas cercanas a las grandes estanterías de madera oscura, donde solían reunirse los estudiantes más estudiosos y perspicaces, como Kael Vernhart, el análisis era más frío, más detallado, y quizás el más acertado de todos.
Kael estaba allí, rodeado de otros alumnos que compartían su visión analítica. Él había visto todo desde el balcón, y ahora repasaba cada detalle con ellos.