El Velo De La Rosa

Capítulo 44: El Jardín donde Renace las Lagrimas

El patio central reservado para la nobleza era uno de los lugares más elegantes de toda la Academia Arcana de Astravia.

Altos setos perfectamente recortados rodeaban senderos de piedra blanca. Fuentes de mármol esculpido dejaban caer hilos de agua cristalina que reflejaban la luz del mediodía, mientras rosales cuidadosamente mantenidos llenaban el aire con un aroma suave y relajante.

Aquel lugar había sido, en otra época, el escenario perfecto para la antigua Anna D’Valrienne.

Allí había humillado a compañeros, dictado órdenes con arrogancia y disfrutado del temor que provocaba su sola presencia.

Y ahora…

Anna estaba sentada en una banca de piedra, con los hombros tensos y una expresión de agotamiento evidente.

—No pensé que recibir tantas miradas pudiera cansar tanto… —murmuró, cerrando los ojos.

Detrás de ella, Eliana masajeaba con delicadeza sus hombros. Sus dedos trabajaban con práctica y cariño, presionando los puntos exactos donde la tensión se acumulaba.

—Se lo dije, señorita Anna —comentó con suavidad—. Cuando se esfuerza por aparentar tranquilidad, sus músculos se endurecen enseguida.

A un lado, subida en la banca y concentrada como si estuviera realizando una tarea de la mayor importancia del mundo, la pequeña Lira presionaba uno de los hombros de Anna con sus diminutas manos.

—¡Lira también ayuda! —anunció con orgullo.

Anna abrió un ojo y sonrió.

—Sí… y debo admitir que tu ayuda es muy efectiva.

La niña infló el pecho con orgullo.

—¡Lira es una experta!

Sentada frente a ellas, con los brazos cruzados y una media sonrisa divertida, Lyra soltó un largo suspiro.

—Debe de ser muy duro ser tan popular.

Anna abrió ambos ojos y le dirigió una mirada cansada.

—Agradezco tu infinita compasión.

Lyra sonrió con descaro.

—Siempre estoy dispuesta a apoyar a mi señora en sus momentos más difíciles.

—Tu concepto de apoyo es bastante cuestionable.

—Y, sin embargo, aquí sigo.

Eliana soltó una pequeña risa.

Lira, que no quería quedarse fuera de la conversación, asintió con energía.

—¡La señorita Lyra molesta mucho!

—¿Ves? —dijo Anna, alzando una ceja.

—Traición —murmuró Lyra, llevándose una mano al pecho.

Por un breve instante, el ambiente fue ligero y cálido.

Anna se permitió cerrar los ojos otra vez.

Era extraño.

Años atrás, habría dado cualquier cosa por estar rodeada de gente.

Y ahora, cuando por fin lo estaba, se sentía más en paz que nunca.

Pero esa tranquilidad no duró.

Una sombra se proyectó sobre el grupo.

Anna abrió los ojos.

Frente a ella se encontraba una joven noble de porte refinado, cabello castaño oscuro recogido con esmero y una expresión cargada de desdén apenas contenido. Vestía túnicas de un azul profundo con bordados dorados, distintivos de la casa Duvall, una familia de gran prestigio y antiguo linaje.

Anna la reconoció al instante.

Valeria Duvall.

Y detrás de ella había otras cuatro jóvenes nobles. Rostros conocidos. No habían sido tan crueles como Anna en el pasado, pero sí la habían seguido con entusiasmo, riendo cada humillación y participando cuando les convenía.

Antiguas aliadas.

Antiguas admiradoras.

Antiguos ecos de la persona que Anna había sido.

Anna dejó escapar un suspiro lento.

—Sabía que este momento llegaría.

Lyra se incorporó de inmediato, con la mano descansando cerca de la empuñadura de su espada.

Eliana detuvo el masaje, observando con cautela.

Lira abrazó el brazo de Anna, percibiendo el cambio en el ambiente.

Valeria dio un paso al frente. Sus ojos se desviaron con evidente disgusto hacia Eliana, luego hacia Lyra y finalmente hacia la niña. Cuando volvió a mirar a Anna, su decepción era palpable.

—Así que era cierto.

Anna sostuvo su mirada con serenidad.

—Depende de lo que hayas oído.

Valeria cruzó los brazos sobre su pecho, adoptando esa postura altiva que tantas veces habían compartido en el pasado.

—Que te has rodeado de plebeyos. Que permites que tu sirvienta se siente a tu lado en clase. Que te dejas tocar por ellos como si fueran tus iguales. Que actúas como si hubieras olvidado quién eres y lo que significa llevar un apellido como el tuyo.

Las otras nobles murmuraron entre sí, claramente incómodas y de acuerdo con las palabras de su líder.

Anna guardó silencio, escuchando con paciencia.

Valeria frunció el ceño, impaciente ante esa calma que no reconocía.

—Necesito entenderlo, Anna. ¿Qué es esto? ¿Una estrategia ridícula? ¿Un juego nuevo para llamar la atención? ¿O de verdad te has vuelto… débil?

Eliana tensó los labios, conteniendo la respuesta que quería dar.

Lyra entrecerró los ojos, con el pulgar ya rozando el metal de su espada.

Pero Anna levantó una mano, indicándoles con un gesto suave pero firme que permanecieran tranquilas.

Luego se puso de pie con calma.

Su porte seguía siendo tan imponente como siempre. No necesitaba alzar la voz. No necesitaba imponer su presencia con gritos. Simplemente estaba allí. Y eso bastaba.

Anna observó a Valeria y al resto de las jóvenes nobles. Durante un momento, vio reflejado en ellas el pasado. El mismo orgullo ciego. La misma arrogancia vacía. La misma certeza equivocada de que llevar sangre noble era sinónimo de superioridad como ser humano.

Finalmente habló. Su voz fue suave, pero cada palabra cayó como una sentencia clara y pesada.

—No me he vuelto débil.

Hizo una pausa, mirándolas una a una.

—Por primera vez en mi vida, he comprendido lo que significa ser fuerte de verdad.

Valeria frunció el ceño, confundida y molesta.

—¿Y tratar a sirvientes como amigos, y a extraños como familia, es tu idea de fortaleza? Eso es indigno de nosotras. Eso es rebajarse.

Anna giró ligeramente el rostro hacia Eliana, Lyra y Lira. La expresión en sus ojos se suavizó de inmediato, llenándose de un brillo cálido y profundo que Valeria no reconoció.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.