El Velo De La Rosa

Capítulo 45: Lo que Temo ser

El patio reservado para la nobleza, que hacía apenas unos minutos había sido escenario de tensión, orgullos heridos y enfrentamientos, se había transformado en un lugar sorprendentemente animado, tranquilo y cálido bajo la luz del mediodía.

Anna se encontraba sentada en una de las bancas de piedra blanca, con las manos reposando sobre su regazo y la espalda ligeramente encorvada, como si todo ese peso que siempre llevaba consigo se hiciera notar un poco más ahora que por fin había silencio.

Frente a ella, el pequeño grupo de jóvenes nobles que había llegado con el príncipe parecía haber olvidado por completo su presencia física. O, más bien, parecían tan emocionados hablando de ella que no se daban cuenta del efecto que sus palabras tenían en la joven dama.

—¡Mi tío dice que la señorita Anna prácticamente dirigía toda la ciudad! —exclamó Cedric Valcrest con admiración evidente, gesticulando con las manos—. Que tomaba decisiones que ni los gobernadores se atrevían a tomar.

—Mi tía contó que llegó a discutir cara a cara con nobles de mucho mayor rango y los dejó sin palabras, defendiendo a la gente común —añadió Evelyne Solhaven, con los ojos brillando de entusiasmo—. Dice que nadie había visto jamás tener tanta fuerza de voluntad.

—Mi abuelo asegura que, si no hubiera sido por usted, si usted no hubiera estado allí firmemente, el sur habría quedado reducido a cenizas y devastación total —dijo el nieto de lord Carthus con absoluta convicción y respeto.

Anna se encogió un poco sobre sí misma, sintiéndose pequeña ante tanta grandeza que le atribuían.

—N-no fue para tanto… de verdad… solo hice lo que cualquiera habría hecho…

—¡Sí lo fue! —interrumpió Lira con fuerza, alzando ambas manos al aire para dar más énfasis a sus palabras—. ¡La señorita Anna trabajó muchísimo! ¡De día y de noche! ¡Ni siquiera dormía! ¡Se le caían los ojos de cansancio y seguía ayudando!

Eliana asintió con vigor, como si llevara horas esperando una oportunidad para intervenir y dejar claros los hechos.

—Eso es totalmente cierto. Apenas descansaba unas horas. Muchas veces tuve que obligarla a sentarse y comer algo, quitándole los papeles de las manos. Si no hubiera sido por mí, se habría olvidado hasta de respirar.

—Y aun así, se las ingeniaba para seguir revisando documentos y dando órdenes mientras comía —añadió Lyra, cruzada de brazos y con una sonrisa divertida, recordando aquellos días—. Tenía la comida en una mano y una pluma en la otra.

Detrás de ella, inmóvil como siempre, Garoum habló con su habitual tono grave, profundo y definitivo.

—Durmió menos de lo que cualquier ser humano soportaría sin derrumbarse. Y aun así, nunca dejó de estar de pie.

Eso bastó. La palabra de Garoum tenía más peso que cualquier discurso. Todos los presentes volvieron a mirar a Anna con una admiración aún mayor, casi reverente.

Anna sintió que sus mejillas se calentaban, ardían por la vergüenza de ser vista como una heroína cuando ella solo se veía a sí misma como alguien que intentaba reparar errores.

—Por favor… no sigáis… de verdad…

Pero nadie parecía dispuesto a detenerse. Incluso los otros acompañantes del príncipe, que habían permanecido más al margen, escuchaban con interés genuino y asentían con cada historia.

Adrian permanecía ligeramente apartado, apoyado contra una columna de piedra, observando toda la escena con una pequeña sonrisa tranquila y atenta.

No tardó en notar algo que nadie más parecía ver.

A pesar de que todos hablaban con entusiasmo, a pesar de que ella sonreía y escuchaba con amabilidad… Anna no parecía disfrutar del momento del todo.

No exactamente.

Había una melancolía sutil, profunda y antigua, escondida en sus ojos oscuros. Una sombra que nunca se iba, una carga que siempre llevaba consigo.

Adrian tomó una copa con refresco de frutas frescas de una bandeja que pasaba un sirviente y caminó despacio hacia ella, interrumpiendo suavemente el murmullo de las voces.

Se detuvo frente a la banca y extendió la copa con naturalidad, con un gesto sencillo y amable.

—Parece que lo necesitas más que yo.

Anna alzó la vista, sorprendida por su cercanía y su atención. Luego aceptó la bebida con ambas manos, como si fuera un regalo precioso.

—Gracias, Alteza. Es muy amable.

Adrian tomó asiento a su lado, manteniendo una distancia respetuosa, sin invadir su espacio, pero lo suficientemente cerca para hablar con tranquilidad.

Durante unos segundos, ambos se quedaron en silencio, contemplando al grupo frente a ellos. Lira explicaba con entusiasmo exagerado cómo Anna había salvado "a muchísimas personas, una por una", Eliana asentía con orgullo desbordante, Lyra corregía algunos detalles para que la historia fuera más precisa, y Garoum gruñía de vez en cuando para confirmar los puntos importantes.

Anna soltó una pequeña risa, suave y cansada.

—Son imposibles. No saben contar las cosas sin exagerar.

Adrian sonrió, mirándola de reojo.

—Pero claramente te quieren mucho. Y te admiran aún más.

Anna bajó la mirada hacia su copa, girándola suavemente entre sus dedos.

—Sí… —susurró.

Guardó silencio unos instantes, buscando las palabras exactas que describieran lo que sentía, algo que ni ella misma entendía del todo.

—No sé muy bien cómo sentirme con todo esto.

Adrian la miró con atención, esperando, sin interrumpirla, dándole el espacio para hablar.

Anna observó al grupo que seguía hablando animadamente, como si el tiempo se hubiera detenido para ellos.

—Cuando regresé a la academia… estaba convencida de que sería peor de lo que imaginaba —confesó con voz suave, casi un secreto—. Pensé que me esperarían con hostilidad en cada esquina. Que todos me mirarían con desconfianza, con odio o con burla. Que, sin importar cuánto hubiera cambiado, cuánto hubiera hecho o cuánto hubiera sufrido… seguiría siendo la misma persona para ellos: la niña caprichosa y cruel de antes.




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