La puerta de la habitación se cerró suavemente detrás de Anna.
Por un instante permaneció inmóvil, con la mano aún sobre la perilla, escuchando el silencio del pasillo. Era extraño. Durante los últimos días rara vez había estado sola. Garoum siempre parecía aparecer cuando menos lo esperaba, con esa mezcla de torpeza y lealtad que le resultaba reconfortante. Lyra solía llenar el ambiente con su energía inagotable. Eliana siempre encontraba alguna excusa para acompañarla. Y hasta la pequeña Lira se había convertido en una presencia constante.
Pero esa mañana todos estaban ocupados. Garoum entrenando. Lyra en sus prácticas. Eliana asistiendo a clases. Lira con sus propias obligaciones. Por primera vez desde que había regresado a la academia, Anna estaba completamente sola. Y, para su sorpresa, esa simple realidad le provocó un leve vacío en el pecho.
Ajustó la correa de su bolso y comenzó a caminar. Los pasillos de la academia se extendían frente a ella, silenciosos y solemnes, bañados por la luz de los vitrales encantados. Cada paso hacía eco en el mármol. Cada eco parecía recordarle algo. Cuánto había cambiado su vida. Cuánto había cambiado ella. O, al menos, cuánto estaba intentando hacerlo.
Doblando una esquina, distinguió dos figuras que conversaban en voz baja. Al verla, ambos guardaron silencio.
Anna se detuvo en seco. Los reconoció al instante. Clarisse Vaelmont y Kael Vernhart. El recuerdo de sus rostros seguía intacto.
Habían compartido varias clases con la antigua Anna. Y si algo recordaba Anna con dolor, era que ellos nunca habían participado activamente en sus crueldades. Pero tampoco la habían detenido… o al menos, no lo suficiente.
La memoria golpeó con fuerza, vívida y dolorosa.
Un aula. El zumbido de un cristal de práctica. Risas contenidas en un rincón. La antigua Anna sonriendo con una arrogancia helada, sus ojos fijos en Clarisse, que sostenía el cristal con manos temblorosas.
“¿No puedes siquiera sostener eso, Vaelmont? –había dicho la vieja Anna, su voz dulce como la miel, pero con un filo acerado–. Quizá la sangre de campesina de tu madre no te da la misma… fuerza que a los demás. Ten cuidado, podrías lastimarte.”
Luego, con un gesto demasiado casual, la antigua Anna había liberado un hechizo. Un proyectil arcano, brillante y peligroso. Lo había dirigido no a un objetivo de práctica, sino con una trayectoria que rozaría el rostro de Clarisse, desviándose apenas unos centímetros.
Clarisse había soltado un chillido agudo, el cristal cayendo y rompiéndose en mil pedazos en el suelo. El proyectil se estrelló contra la pared con un estruendo brutal. El silencio posterior fue absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de Clarisse. El miedo en sus ojos. La humillación. Y la satisfacción fría de la antigua Anna al verla así. Ella se había encogido, tratando de protegerse con los brazos mientras Kael se interponía, protegiéndola con su propio cuerpo.
“¡Ha sido un accidente! –había exclamado la vieja Anna con un suspiro exagerado, pero sus ojos brillaban de diversión–. ¡Qué torpe soy! Pero, claro, si tuvieras más control, si fueras más… hábil, no habría pasado nada, ¿verdad, Clarisse? Quizá las becas no son para cualquiera.”
Desde entonces, Clarisse se había alejado de Anna lo más que pudo, y Kael siempre había estado allí para protegerla.
El recuerdo le revolvió el estómago a Anna. No. No había sido un accidente. Quizá en aquel momento lo había disfrazado como un "error de cálculo". Pero en el fondo había querido asustarla. Humillarla. Demostrarle su superioridad. Y lo había logrado.
Clarisse dio un pequeño paso al frente, la postura tensa, una sombra de ese miedo aún en sus ojos. Kael permanecía a su lado, tan recto como una tabla, su mirada fría y protectora clavada en Anna.
—Anna —dijo Clarisse con cautela, su voz era casi un susurro.
El hecho de escuchar ese nombre en labios de alguien de su pasado la tomó por sorpresa.
Anna.
Tragó saliva.
—Clarisse. Kael.
Hubo un breve silencio, cargado de memorias no dichas.
Kael fue el primero en hablar, su tono seco, sin una pizca de amabilidad.
—Esperábamos encontrarte.
Anna sintió que su cuerpo se tensaba. Instintivamente se preparó para una acusación. Para reproches. Para miradas cargadas de rencor.
No habría podido culparlos.
Bajó un poco la mirada.
—Si esto es por lo que les hice… tienen todo el derecho de odiarme.
Clarisse abrió los ojos con sorpresa. Kael, sin embargo, solo la miró fijamente. Su mano fue instintivamente al brazo de Clarisse, un gesto sutil, pero protector.
—No estamos aquí para eso —dijo Kael, su voz baja pero firme. El tono implicaba que, si estuvieran allí para eso, no le temblaría la mano.
Anna levantó la vista, confundida.
Clarisse respiró hondo antes de continuar, aunque sus ojos no se apartaban del rostro de Anna, como buscando una señal.
—Hemos escuchado muchas cosas sobre ti últimamente.
—Que cambiaste —añadió Kael, su mirada aún desconfiada.
—Que defendiste a otros estudiantes —dijo Clarisse.
—Que te enfrentaste a quienes antes habrías apoyado —continuó Kael, un atisbo de algo que podría ser curiosidad o escepticismo en su expresión.
Clarisse sostuvo la mirada de Anna, su voz ahora más clara, pero con una melancolía que resonaba con el recuerdo.
—Durante mucho tiempo te tuve miedo, Anna. —La sinceridad de sus palabras golpeó más fuerte que cualquier acusación, y Anna sintió el eco de esa vieja humillación—. Y no voy a fingir que lo olvidé.
Anna cerró ligeramente los puños.
—Lo entiendo.
Clarisse volvió a mirarla, y por primera vez, había algo más que cautela en sus ojos. Algo como una esperanza tenue.
—Pero también he visto lo que estás haciendo ahora.