El despacho del Triunvirato Arcano se alzaba en la torre central de la Academia, un lugar al que pocos estudiantes eran convocados… y casi ninguno sin temblar.
Anna lo sabía.
Las puertas dobles de madera rúnica se abrieron con un murmullo grave, como si la propia magia del lugar reconociera su presencia. Eliana se detuvo antes de cruzar el umbral, tal como exigía el protocolo.
—Te esperaré aquí —susurró.
Anna asintió y avanzó sola.
El interior era amplio, circular, con ventanales altos que dejaban entrar una luz fría. Tres asientos elevados dominaban la sala, dispuestos en forma de media luna. Allí se encontraban los tres altos mandos del consejo estudiantil, la élite de la Academia.
No se levantaron al verla entrar.
El Triunvirato Arcano
En el centro, sentado con la espalda recta y las manos entrelazadas, estaba el presidente.
Aurelien Kaelthar.
Hijo del Archimago Kaelthar, custodio del Sello del Norte. Su sola presencia imponía respeto: cabello plateado recogido, ojos azules casi translúcidos, expresión serena pero calculadora. No era arrogante… era preciso.
A su derecha, la vicepresidenta.
Seraphina Liorweiss.
Descendiente directa de la Casa Liorweiss, una de las familias mágicas más antiguas del Imperio. Su mirada violeta era afilada, inquisitiva. Observaba a Anna como si la estuviera desarmando pieza por pieza.
Y a la izquierda, el secretario.
Tavian Merrow.
Menos imponente a simple vista, pero con una inteligencia peligrosa. Siempre con una pluma en la mano, registrando cada gesto, cada palabra. Los rumores decían que sabía más secretos de la Academia que muchos profesores.
Anna avanzó hasta el centro del salón y se detuvo.
—Anna D’Valrienne —dijo Aurelien, rompiendo el silencio—. Has sido convocada por el Triunvirato Arcano para esclarecer un incidente ocurrido hace tres días.
Seraphina entrecerró los ojos.
—El uso de magia intimidatoria contra un estudiante de alto rango.
Tavian levantó la vista de su pergamino.
—Y la intervención directa en lo que algunos consideran… una disputa menor.
Anna no bajó la mirada.
—¿Puedo hablar con libertad? —preguntó.
Aurelien inclinó levemente la cabeza.
—Eso dependerá de tus respuestas.
Anna respiró hondo.
—Intervine porque Alistair Vornak estaba abusando de una estudiante —dijo con claridad—. Verbal y físicamente. La inmovilizó usando su magia y la humilló públicamente.
Seraphina arqueó una ceja.
—Alistair es heredero de la Casa Vornak. No es conocido por perder el control.
—Tampoco yo lo era —respondió Anna—. Y aun así, todos saben lo que fui capaz de hacer.
El silencio se volvió denso.
Tavian anotó algo.
—¿Admites haber usado magia?
—Sí.
—¿Con qué intención?
Anna respondió sin vacilar:
—Detener un abuso.
Aurelien apoyó los codos sobre el escritorio.
—Los informes indican que liberaste una presión mágica considerable. Suficiente para que varios estudiantes sintieran… temor.
Anna cerró los dedos.
—No fue para intimidarlos —dijo—. Fue para interponerme. Si hubiera dudado, ella habría salido herida.
Seraphina se inclinó hacia adelante.
—Curioso. —Su voz era suave, pero cortante—. Durante años usaste ese mismo poder para hacer lo contrario.
Ahí estaba.
La sombra del pasado, dicha en voz alta.
Anna sostuvo su mirada.
—Por eso mismo no podía mirar a otro lado.
Aurelien observó a Anna durante varios segundos. No había hostilidad abierta en su rostro… pero tampoco confianza.
—Hemos escuchado los rumores —dijo finalmente—. La ciudad del sur. La pandemia. Tu liderazgo.
Tavian añadió:
—Testimonios corroborados. Firmas de médicos, soldados, incluso ciudadanos comunes.
Seraphina cruzó los brazos.
—Pero los rumores no borran antecedentes.
Anna inclinó la cabeza apenas.
—No lo espero.
Ese gesto, mínimo, descolocó a Seraphina.
—Entonces dime, Anna D’Valrienne —continuó la vicepresidenta—. ¿Qué eres ahora?
Anna tardó un segundo en responder.
—Alguien que ya no huye de lo que fue —dijo—, pero que tampoco quiere repetirlo.
Aurelien cerró los ojos brevemente, como si sopesara algo.
—Este consejo no está aquí para juzgar tu redención —dijo—. Está aquí para evaluar el riesgo.
Abrió los ojos.
—Y tú… eres una variable peligrosa.
Anna lo sabía.
—Lo soy —admitió—. Porque no volveré a quedarme quieta si alguien usa su poder para aplastar a otro.
Tavian dejó la pluma.
—Eso te pone en conflicto directo con el orden establecido.
—Entonces el orden está equivocado —respondió Anna.
Silencio absoluto.
Seraphina sonrió apenas. No una sonrisa amable… sino interesada.
—Eres distinta —admitió—. No sé si mejor. Pero distinta.
Aurelien se puso de pie.
—No habrá sanción formal —anunció—. Por ahora.
Anna alzó la vista.
—Pero —continuó él—, cada uno de tus actos será observado. Cada uso de magia. Cada intervención.
—Lo acepto.
—Y una cosa más —añadió Aurelien—. El Triunvirato no es tu enemigo… pero tampoco tu aliado.
Anna asintió.
—Nunca lo supuse.
Las puertas se abrieron a sus espaldas.
—Puedes retirarte —dijo Tavian—. Anna D’Valrienne.
Anna dio media vuelta y caminó hacia la salida.
Cuando las puertas se cerraron, Seraphina habló:
—¿De verdad crees que cambió?
Aurelien respondió sin mirarla.
—No lo sé.
Tavian retomó la pluma.
—Pero si no lo hizo… será un desastre.
—Y si lo hizo —añadió Seraphina—… será algo aún más peligroso.
Aurelien sonrió levemente.
—Una líder.
Fuera del despacho, Anna exhaló por primera vez en minutos.
Eliana se acercó de inmediato.
—¿Qué pasó?