El Velo De La Rosa

Capítulo 47: Rivales de antaño

La enfermería de la Academia estaba envuelta en una calma reconfortante. La luz dorada del mediodía se filtraba por los grandes ventanales, bañando el blanco impecable de las paredes y difundiendo en el ambiente el aroma suave y herbal de las pociones curativas. Era un refugio de paz, muy lejos del caos y la oscuridad que habían sacudido el aula horas atrás.

Anna permanecía sentada al borde de una de las camas, con las manos extendidas frente a ella. Ambas estaban cubiertas por vendas limpias y ajustadas; no eran heridas graves, apenas quemaduras superficiales provocadas por el descontrol brutal de su propia magia, pero eran suficientes para recordarle, con cada ligero movimiento, lo cerca que había estado de perderlo todo.

Frente a ella, Eliana terminaba de acomodar el último vendaje con movimientos precisos y firmes. La curandera mantenía el ceño fruncido, aunque sus manos eran suaves.

—De verdad, Anna… —murmuró con tono de reproche, aunque sus palabras estaban cargadas de preocupación—. ¿Podrías intentar no destruirte a ti misma cada vez que practicas magia?

Anna bajó la mirada, sintiendo el peso de la culpa en el pecho.

—Lo siento…

Eliana suspiró y le dio un suave golpecito en la frente, una caricia disfrazada de regaño.

—No te digo esto porque esté molesta —sus ojos verdes se suavizaron de inmediato—. Lo hago porque me asustas. Y mucho.

Anna sonrió con ternura, agradecida por esa sinceridad.

—Lo sé. Gracias.

A un costado de la cama, Marien observaba en silencio, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Su rostro pálido aún conservaba los rastros del miedo vivido en el aula, pero no se había apartado de su lado ni un instante. Más lejos, sentada en una silla demasiado alta para su estatura, Lira balanceaba sus piernas cortas, mirando a Anna con unos ojos grandes y brillantes que reflejaban toda su inocencia.

—Hermana Anna… —la voz de la pequeña fue un susurro cargado de sentimiento— no vuelvas a asustarnos así. Por favor.

La sinceridad absoluta de esas palabras atravesó a Anna como una flecha.

—Lo intentaré, te lo prometo.

Lira infló levemente las mejillas, poco convencida, y alargó una mano pequeña para tocar la de Anna, sobre las vendas.

—Tienes que decirlo de verdad. Prometido.

Anna soltó una risa suave y levantó ambas manos vendadas, como si rindiera homenaje.

—Está bien. Prometido.

Desde el marco de la puerta, Lyra observaba la escena en silencio, apoyada contra la madera, con una expresión tranquila pero vigilante. A su lado permanecía Garoum, de pie, con los brazos cruzados y el semblante serio, como siempre, aunque la tensión de sus hombros había disminuido ligeramente al verla más tranquila.

El ambiente parecía por fin haberse relajado, lejos de las miradas de los demás alumnos y de la presión de la academia. Fue entonces cuando Garoum habló, rompiendo el silencio suave.

—Me encontré con alguien hace un rato. Alguien que ha insistido mucho en verte.

Anna alzó la vista, curiosa.

—¿Alguien?

Garum asintió, y por primera vez se dibujó una leve sonrisa en sus labios.

—Alguien que cree que puede ayudarte a poner orden en ese caos de magia que llevas dentro.

Anna parpadeó, confundida, a punto de preguntar a quién se refería, pero no tuvo tiempo. La puerta de la enfermería se abrió más, dejando ver la figura que se recortaba en el pasillo, y una voz conocida, llena de confianza y arrogancia, resonó en el interior.

—Escuché que estabas teniendo pequeños problemas para controlar el poder, D’Valriene.

Anna giró la cabeza y sonrió al instante, una sonrisa genuina que hacía tiempo no aparecía en su rostro.

—Daeron.

El joven entró con la naturalidad de quien se siente cómodo en cualquier lugar, sin pedir permiso ni detenerse. Alto, elegante y con esa eterna sonrisa desenvuelta que parecía no abandonarlo jamás, Daeron caminó hasta la cama con las manos metidas en los bolsillos de su túnica. Sus ojos grises recorrieron las vendas que cubrían las manos de Anna, y soltó un silbido lento, mezcla de admiración y sorpresa.

—Aunque, siendo honestos, no esperaba que tus "problemas" incluyeran la capacidad de hacerte daño a ti misma con tanta… eficiencia.

Anna hizo un pequeño puchero, molesta, pero sin perder la sonrisa.

—No quiero escuchar sarcasmo viniendo de ti. Ya tengo suficiente con Eliana regañándome.

Daeron soltó una carcajada clara, que llenó la habitación.

—Sabía que dirías eso. Nunca cambias.

Lyra sonrió desde la entrada; incluso Eliana dejó escapar una pequeña risa, negando con la cabeza. Había algo en la presencia de Daeron que rompía la tensión al instante.

El joven se cruzó de brazos y su expresión se volvió un poco más seria, aunque sin perder esa ligereza que lo caracterizaba.

—Garum me contó lo que ocurrió. Todo lo que está pasando.

Anna suspiró y dejó caer los hombros, vencida.

—Entonces ya sabes que soy un desastre andante. Que mi magia es un peligro…

Daeron negó con la cabeza, interrumpiéndola.

—No. —Su tono, aunque suave, contenía una sinceridad absoluta—. Sé que estás atravesando algo complicado. Sé que hay cosas que no entiendes y poder que se te escapa. Pero eso no te hace un desastre.

Hizo una pausa, se acomodó el cuello de la túnica y adoptó una pose exageradamente orgullosa, elevando la barbilla.

—Y como soy el mejor maestro de magia de toda la academia… y el usuario con más dominio que existe, claro está…

Garum soltó un resoplido de diversión. Lyra puso los ojos en blanco, divertida. Anna levantó una ceja, desafiante.

—Eso es muy discutible, Daeron.

Él ignoró la interrupción con una elegancia digna de la realeza.

—…He decidido, por pura generosidad y sentido del deber, tomar a mi antigua rival como discípula.

Anna soltó una pequeña risa, incrédula.

—¿Discípula? ¿Yo?

Daeron se señaló a sí mismo con el pulgar, muy seguro.




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