El Velo De La Rosa

Capítulo 49 Cuando la venganza aprende a susurrar

La Academia no atacaba de frente.

Nunca lo había hecho.

Los muros de mármol seguían impecables, los salones ordenados, las clases se desarrollaban con normalidad. Nadie gritaba el nombre de Anna. Nadie la insultaba abiertamente. Nadie se atrevía a cruzar esa línea.

Pero el pasado sabía esperar.

Anna lo sintió desde la mañana.

Su asiento, ligeramente desplazado.

Un libro que no estaba donde lo había dejado.

El murmullo que se detenía justo cuando entraba al aula.

Nada que pudiera denunciar.

Nada que pudiera señalar.

—¿Te pasa algo? —susurró Eliana, inclinándose un poco hacia ella.

Anna negó con la cabeza.

—No… solo es esta academia siendo ella misma.

Eliana frunció el ceño, pero no insistió.

Fue durante el receso cuando ocurrió lo primero.

Anna dejó su bolso apoyado junto a una columna, como siempre, y se alejó unos pasos para hablar con Marien. No tardó más de dos minutos.

Cuando regresó, lo notó.

El cierre estaba abierto.

Dentro, sus pergaminos estaban revueltos, doblados, algunos manchados con tinta derramada de forma torpe. No arruinados del todo. No lo suficiente como para justificar un escándalo.

Solo… tocados.

Anna se quedó quieta.

—¿Qué pasa? —preguntó Marien, acercándose.

Anna sacó uno de los pergaminos. Reconocía esa caligrafía. No la letra… sino la intención. El descuido fingido. El desorden calculado.

—Nada —respondió con calma—. Alguien fue curioso.

Marien apretó los labios.

—Eso no es curiosidad.

Anna guardó los papeles con cuidado.

—No. Es un mensaje.

Desde el otro extremo del patio, una risa baja se elevó.

Anna alzó la mirada.

Alistair estaba apoyado contra una baranda, rodeado de dos estudiantes que ella reconocía demasiado bien. Rostros que habían temblado ante ella en el pasado. Voces que se habían quebrado bajo sus palabras.

Ahora la miraban con algo distinto.

No miedo.

Expectativa.

Alistair no hizo nada. No habló. No se movió.

Solo levantó ligeramente su copa de cristal, como si brindara.

Anna apartó la mirada.

—No les respondas —murmuró Marien—. Eso es lo que quieren.

Anna asintió.

Pero el mensaje no terminó ahí.

Durante la siguiente clase, encontró su asiento marcado con pequeñas motas de cera endurecida. Alguien había dejado caer una vela encendida… después de que ella se levantara.

En la biblioteca, un tomo que necesitaba había sido cambiado de estante. No perdido. Solo desplazado.

En los pasillos, alguien chocó con ella “sin querer”, derramando agua sobre el borde de su túnica.

—Lo siento —dijo una voz sin mirarla—. No te vi.

Anna cerró los dedos.

Cada gesto era pequeño.

Cada acción, infantil.

Pero todas juntas formaban algo claro.

La Academia no la estaba probando.

La estaba tentando.

—Quieren que reacciones —dijo Eliana esa tarde, cuando Anna se secaba la manga con un paño—. Quieren que pierdas la calma.

Anna asintió lentamente.

—Porque si lo hago… —murmuró—, podrán decir que nunca cambié.

Marien bajó la voz.

—¿Por qué ahora?

Anna miró hacia el ventanal.

Alistair pasaba por el patio inferior, hablando animadamente con un grupo de estudiantes. Entre ellos, algunos que ella recordaba de rodillas, llorando, pidiendo que se detuviera.

—Porque ahora —respondió Anna— creen que pueden vengarse.

Eliana la miró con preocupación.

—¿Y tú?

Anna respiró hondo.

—Yo… voy a aguantar.

No porque fuera fuerte.

Sino porque entendía, por primera vez, lo que significaba realmente estar en esa Academia.

No era un lugar para aprender magia.

Era un lugar que no perdonaba a quienes se atrevían a cambiar.

Y mientras Alistair observaba desde lejos, satisfecho, Anna supo que esto solo era el comienzo.

No la atacarían como enemigos.

La atacarían como víctimas

que habían aprendido a golpear desde la sombra.

Cuando la mentira aprende a caminar sola

Los rumores no nacieron con ruido.

Aparecieron como aparecen las grietas en el mármol:

finas, casi invisibles…

hasta que alguien las pisa.

Anna lo notó al tercer día.

No porque alguien la enfrentara.

Sino porque las miradas cambiaron.

Ya no eran solo cautelosas.

Eran desconfiadas.

En el comedor, conversaciones que se apagaban cuando pasaba.

En los pasillos, risas que no la miraban, pero que claramente hablaban de ella.

En las aulas, cuchicheos que se propagaban como una corriente invisible.

—¿Escuchaste…?

—Dicen que es todo una actuación.

—Siempre fue buena manipulando a la gente.

Anna mantuvo la vista al frente.

Eliana, a su lado, sí escuchó.

—No les hagas caso —murmuró—. Son solo palabras.

Anna apretó los labios.

—Las palabras son lo que más daño hacía antes —respondió en voz baja—. Lo sé mejor que nadie.

Ese mismo día, Marien llegó pálida al jardín donde solían reunirse.

—Anna… —dijo, dudando—. Hay algo que deberías saber.

Anna alzó la mirada.

—Dime.

Marien respiró hondo.

—Dicen que… —tragó saliva— que tratas mal a Eliana cuando nadie mira. Que la tienes amenazada. Que si habla… la destruirías.

El silencio cayó como un golpe seco.

Eliana se detuvo en seco.

—¿Qué…?

—Que todo esto —continuó Marien— es una farsa. Que sigues siendo la misma. Solo que ahora… más cuidadosa.

Anna cerró los ojos.

No por sorpresa.

Por cansancio.

—¿Quién lo dice? —preguntó Eliana, con el tono afilado.

Marien negó.

—Eso es lo peor. Nadie en concreto. Todos repiten que “alguien escuchó”, que “un profesor dijo”, que “una sirvienta lo vio”.

Anna exhaló lentamente.

—Así funciona —dijo—. Cuando no puedes atacar a alguien… atacas su historia.




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