El Velo De La Rosa

Capítulo 50 Cuando el abuso cambia de objetivo

Academia… pasillo este

El corredor lateral del ala este siempre estaba vacío a esa hora.

Demasiado lejos de las aulas principales.

Demasiado cerca de los dormitorios de servicio.

Marien lo sabía, y aun así había pasado por ahí.

Llevaba los libros apretados contra el pecho, caminando rápido, con la cabeza baja. Desde que se había acercado a Anna, había aprendido a reconocer ciertas miradas. Las que no juzgan en voz alta, pero esperan el momento correcto.

Ese momento llegó cuando escuchó pasos detrás de ella.

—Oye… ¿no eres la chica nueva?

Marien se detuvo.

Tres estudiantes bloqueaban el pasillo cuando se giró.

Dos rubias, una de cabello negro recogido en una trenza perfecta. Todas vestían el uniforme impecable de la Academia, con el aire despreocupado de quien nunca ha temido las consecuencias.

La que habló primero dio un paso adelante.

—Marien, ¿verdad? —sonrió, pero sus ojos eran fríos—. Soy Clarisse Veythorn.

—Y yo Ilyra Fenross —añadió otra, ladeando la cabeza—. Ella es Nessa Auldrin.

Marien tragó saliva. Conocía esos apellidos. Casas antiguas. Influyentes.

No eran las más altas… pero estaban lo suficientemente arriba como para no preocuparse por una plebeya.

—¿Necesitan algo? —preguntó, intentando mantener firme la voz.

Clarisse soltó una risa suave.

—Solo curiosidad. Nos preguntábamos… ¿qué se siente ser la nueva mascota de Anna D’Valrienne?

Las palabras golpearon más fuerte de lo que Marien esperaba.

—¿Mascota…? —repitió.

Ilyra dio un paso más, acorralándola contra la pared.

—Vamos, no te hagas la tonta. Antes Anna usaba a la gente como tú para limpiar pasillos.

Ahora parece que las colecciona para fingir que es buena persona.

Nessa chasqueó la lengua.

—Debe ser cómodo, ¿no? Tener a la antigua noble cruel protegiéndote.

Como un perro bien entrenado.

Marien sintió cómo el miedo le subía por la espalda.

Pero algo distinto ardió en su pecho.

No era rabia por ella.

Era rabia por Anna.

—Cállense —dijo, antes de darse cuenta de que lo estaba diciendo.

Las tres se quedaron en silencio un segundo… y luego rieron.

—¿Qué dijiste? —preguntó Clarisse, acercándose demasiado.

Marien apretó los puños.

—Ustedes no saben nada.

Anna no me protege para sentirse superior. Ella estuvo ahí cuando nadie más lo estuvo.

Mientras ustedes se escondían tras apellidos, ella estaba entre los enfermos y los muertos.

El aire se tensó.

Ilyra le empujó los libros al suelo.

—Mira cómo habla —escupió—. Ya se cree alguien.

Clarisse alzó la mano.

—Te crees valiente porque repites historias bonitas.

Pero al final del día sigues siendo una plebeya… y ella sigue siendo la misma de siempre.

—No —respondió Marien, con la voz temblando pero firme—.

La que ustedes recuerdan ya no existe.

El silencio fue abrupto.

—Eso… —dijo Nessa con una sonrisa peligrosa— …lo decides tú ahora.

—No.

Una voz nueva cortó el pasillo como una cuchilla.

Las cuatro se giraron.

Un joven de cabello castaño oscuro se acercaba con paso firme. Su uniforme no era ostentoso, pero llevaba el emblema de su casa con orgullo contenido.

—Aléjense de ella.

Clarisse frunció el ceño.

—¿Y tú quién eres?

—Ruvan Carthus de Varn —respondió sin elevar la voz—.

Y no creo que este espectáculo les convenga.

Ilyra rió con desdén.

—¿Varn? Tu familia apenas roza la nobleza alta.

Ruvan dio un paso más.

—La mía estuvo en la ciudad del sur durante la pandemia.

Y sé exactamente qué tipo de personas se esconden detrás de burlas como estas.

Clarisse apretó los labios.

—No es asunto tuyo.

—Lo es —replicó— cuando tres nobles acorralan a una estudiante sola.

Y más aún cuando lo hacen para atacar a alguien que no está presente.

Por primera vez, las miradas alrededor empezaban a acumularse.

Susurros. Pasos que se detenían.

Nessa fue la primera en retroceder.

—No vale la pena —murmuró.

Clarisse miró a Marien con desprecio.

—Esto no termina aquí.

—Nunca lo hace —respondió Ruvan.

Las tres se marcharon, el sonido de sus pasos duros y rápidos resonando en el pasillo.

Marien se dejó caer contra la pared, respirando con dificultad.

Ruvan se agachó para recoger sus libros.

—¿Estás bien?

Ella asintió lentamente.

—Gracias… yo…

—No me agradezcas —dijo, entregándole los libros—.

Si alguien se atrevió a enfrentarse a lo que Anna D’Valrienne fue…

lo mínimo que podemos hacer es no permitir que destruyan lo que es ahora.

Marien apretó los libros contra su pecho.

Por primera vez desde que entró a la Academia,

no se sintió sola.

Y en algún lugar del edificio, sin saberlo,

Anna D’Valrienne había ganado otro aliado…

no con poder,

sino con el ejemplo.

—Ala sur: habitación vacía—

El aula secundaria de teoría elemental estaba vacía a esa hora.

No porque nadie la usara, sino porque nadie importante solía hacerlo. Era un espacio olvidado dentro de la Academia: bancos de madera gastados, ventanales opacos por el polvo, una pizarra con marcas antiguas de hechizos mal ejecutados.

Era perfecta para lo que estaban a punto de hacer.

Marien fue la primera en llegar. Se sentó cerca de la ventana, abrazando sus libros contra el pecho. Aún sentía el eco de las voces burlonas, pero esta vez no lloró. No quería hacerlo.

Eliana entró poco después, cerrando la puerta con cuidado. Su mirada fue directa hacia Marien; no necesitó preguntar nada. Se sentó a su lado y le tomó la mano con firmeza.

—Ya lo sé —dijo en voz baja—. Ruvan me contó.

Ruvan Carthus de Varn apareció enseguida, seguido por Daeron.

La presencia de Daeron cambió el ambiente de inmediato. No vestía con ostentación, pero su porte era inconfundible. Noble, sí… pero uno que había caminado entre cadáveres, hospitales improvisados y noches sin dormir durante la pandemia.




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