El Velo De La Rosa

Capítulo 48 — El peso del nombre

El despacho del Triunvirato Arcano se alzaba en la torre central de la Academia, un recinto imponente al que muy pocos estudiantes eran convocados… y casi ninguno lograba entrar sin sentir que caminaba directo hacia su propio juicio.

Anna lo sabía bien.

Las enormes puertas de madera rúnica, talladas con símbolos antiguos que brillaban con una luz tenue, se abrieron lentamente ante ella. A su lado caminaba Eliana, su sirvienta y, por encima de todo, su mejor amiga. Pero al llegar al umbral, las reglas estrictas de protocolo de la academia eran innegociables: el personal de servicio no podía traspasar esas puertas a menos que fuera llamado.

Eliana se detuvo en seco, con la mandíbula tensa por la impotencia de tener que quedarse fuera, y le apretó con fuerza la mano, un gesto cargado de complicidad y apoyo silencioso. Sus ojos oscuros la miraron con una mezcla de miedo y orgullo.

—Estaré aquí esperando. Pase lo que pase —murmuró ella, con una voz que solo Anna pudo escuchar

Anna asintió con la cabeza, apretando brevemente los dedos de su amiga antes de soltarlos, respiró hondo y avanzó al interior.

El salón seguía siendo igual de imponente como lo recordaba: un espacio circular inmenso, rodeado por columnas de mármol negro y ventanales gigantescos por donde la luz grisácea del atardecer se derramaba sobre el suelo pulido. Pero esta vez, la atmósfera era distinta, más densa, más cargada. No solo estaban los tres líderes en su sitial de honor.

Había más personas.

Miembros del consejo estudiantil ocupaban los asientos dispuestos en los niveles inferiores del recinto, todos observándola en silencio. Algunos fingían indiferencia, otros una curiosidad distante, pero en muchos de los rostros que la miraron al entrar, Anna vio algo muy claro: desprecio. O, peor aún, esa clase de juicio hipócrita que solo se permite quien cree haber ocultado bien su propia historia.

No le costó reconocerlos.

La mayoría no estaba allí por méritos propios ni por su talento mágico. Estaban allí por su apellido. Herederos de las grandes casas nobles, hijos de las familias más influyentes del Imperio, jóvenes cuyo peso político y conexiones superaban con creces su verdadera capacidad o valía.

Y entre ellos… distinguió caras que le provocaron una punzada amarga y ardiente en el pecho.

Ahí estaba Alistair Vornak, por supuesto, sentado con arrogancia en la primera fila. Pero no estaba solo. A su lado, y diseminados entre los demás, estaban los herederos de las casas Riven, Kaelis y Vorian. Esos mismos que años atrás, cuando ella era la todopoderosa Anna D’Valriene, la habían rodeado, le habían reído las gracias, habían aplaudido cada uno de sus abusos y seguido cada una de sus órdenes como si fueran ley. Se habían beneficiado de su poder, habían usado su sombra para crecer, para someter a otros y para hacer lo que querían sin consecuencias.

Sin embargo, el día en que ella cayó, el día en que fue juzgada y expulsada, ninguno de ellos dijo una palabra. Ninguno levantó un dedo por ella. Se hicieron los desentendidos, olvidaron rápidamente las alianzas, borraron cualquier rastro de amistad y dejaron que todo el peso de sus crímenes, de sus excesos y de la responsabilidad de lo que ocurría a su alrededor, cayera única y exclusivamente sobre sus hombros. Se limpiaron las manos, cambiaron de bando y actuaron como si nunca hubieran tenido nada que ver con la "tirana".

Y ahora… ahí estaban. Mirándola con desdén, como si fuera algo sucio, juzgándola como si ellos hubieran sido santos todo ese tiempo.

Apenas Anna cruzó las puertas del salón, Alistair tensó la mandíbula involuntariamente. No fue el único. Varios de los que antaño formaban su círculo más cercano desviaron la mirada apenas un segundo, incómodos ante su presencia, antes de endurecer sus expresiones para ocultar su propia culpa. La atmósfera de todo el salón cambió drásticamente con su sola entrada, como si el aire se volviera más pesado y cargado de electricidad.

Anna avanzó hasta el centro de la sala sin detenerse, caminando con la cabeza erguida, aunque por dentro saboreaba la amargura de esa traición silenciosa.

Entonces los vio.

Los tres asientos elevados, construidos en cristal oscuro y metal, seguían dominando la parte más alta de la sala. Allí estaba el Triunvirato Arcano.

En el centro se encontraba el presidente.

Adrien Valtheris.

Hijo del Emperador. Cabello oscuro perfectamente ordenado, rasgos nobles y unos ojos dorados que parecían verlo todo con una calma imperturbable. Su sola presencia imponía respeto y obediencia sin necesidad de levantar la voz. No irradiaba arrogancia ni orgullo vacío; irradiaba poder. Era alguien que había sido criado desde su nacimiento sabiendo que un día el Imperio entero podría pertenecerle.

A su derecha estaba la vicepresidenta.

Seraphina Liorweiss.

Manteniendo aquella mirada violeta, afilada y penetrante, capaz de atravesar personas enteras y desmontar sus intenciones solo con observarlas en silencio. Su postura era elegante, pero su atención estaba totalmente puesta en Anna, analizando cada movimiento, cada parpadeo, cada pequeña señal.

Y a la izquierda…

Tavian Merrowel.

Secretario, seguía escribiendo tranquilamente sobre sus pergaminos, con la pluma deslizándose ágilmente, como si todo aquello fuera apenas una rutina burocrática más y no un juicio que podría definir su futuro en la academia.

Anna se detuvo justo frente a ellos, en el centro del espacio abierto.

Nadie habló de inmediato. El silencio que reinaba en el salón pesaba más que cualquier amenaza o grito. Fue Adrien quien finalmente rompió la quietud, con una voz calmada, medida… demasiado calmada para ser tranquilizadora.

—Anna D’Valriene.

El sonido de su nombre, pronunciado así, con esa seriedad absoluta, hizo que varios de los nobles de abajo se removieran en sus asientos.

—Has sido convocada ante el Triunvirato Arcano para esclarecer los eventos ocurridos hace tres días en el pasillo principal —continuó Adrien, sus ojos dorados fijos en ella—. Los cargos presentados incluyen uso de magia intimidatoria y agresión directa contra un miembro de una casa noble imperial.




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