Las puertas del Palacio Imperial parecían inmensas. Mucho más grandes de lo que Anna recordaba.
Quizás fuera porque la última vez que había estado allí, todo ocurrió en medio del caos, de la prisa y de la furia que dominaba el corazón de la otra Anna. Aquella vez, no miró nada. Solo avanzó con orgullo y arrogancia, ciega ante la grandeza que la rodeaba.
Quizás fuera porque entonces no era ella quien caminaba. Era la tirana, la que creía que el mundo le pertenecía.
O quizás, y era la verdad más dolorosa, porque esta vez estaba completamente consciente. Consciente de quién era, de lo que había sido, de lo que había perdido... y de lo frágil que era su posición ahora.
Anna tragó saliva, sintiendo cómo la garganta se le secaba por completo.
Frente a ella se alzaban aquellas puertas colosales, de madera antigua recubierta de paneles blancos y grabados dorados que brillaban bajo la luz del sol. Eran la entrada a la Sala Imperial, el corazón mismo del poder que gobernaba todo el continente.
Y detrás de esa barrera imponente, la esperaba la familia más poderosa que existía. Aquellos que podían levantar o destruir a cualquiera con una sola palabra.
—No estoy preparada para esto... —susurró, casi sin voz, apretando las manos contra su vestido para evitar que le temblaran.
A su lado, Adrien soltó un suspiro largo, de esos que nacen de la pura resignación y la costumbre.
—Es la séptima vez que lo dices en los últimos diez minutos.
—Porque sigue siendo la verdad, y cada vez lo siento más fuerte —respondió ella, sin apartar la vista de las puertas.
—No lo es. Estás más preparada de lo que crees.
—Adrien, por favor, sé realista. Tu padre es el Emperador. El hombre que manda sobre todo y todos.
—Lo sé. Vivo con él.
—Tu madre es la Emperatriz. Una mujer cuya sola presencia impone respeto hasta a los que creen no tener miedo.
—También lo sé.
—Y tu hermana mayor... —Anna se estremeció levemente—. Lyssandra da miedo. De esa forma silenciosa, inteligente y absoluta que te hace sentir desnudo aunque lleves ropa puesta.
Adrien giró lentamente la cabeza hacia ella, con una media sonrisa divertida.
—Te aseguro que Lyssandra va a sentirse muy ofendida cuando escuche que la describes como una amenaza aterradora.
—Entonces espero con toda mi alma que no tenga magia para leer la mente —dijo Anna, cerrando los ojos un segundo como si eso pudiera protegerla.
—La tiene, de hecho. Es muy buena captando intenciones.
Anna se puso pálida al instante. La sangre se le fue de la cara y sintió un vuelco en el pecho.
Adrien tardó exactamente tres segundos antes de romper a reír, una risa cálida y ligera que contrastaba brutalmente con el terror de ella.
—Estoy bromeando, Anna. Relájate.
—¡No hagas eso! —le susurró con indignación, dándole un leve golpe en el brazo—. ¡No juegues con cosas así ahora!
Por primera vez desde que habían llegado a los jardines del palacio, el heredero imperial sonrió con total franqueza, abiertamente. Ver a Anna D'Valriene, la mujer que algún día había inspirado miedo en reinos enteros, aterrorizada por una audiencia, seguía pareciéndole una de las cosas más maravillosas y surrealistas que existían. Era la prueba viviente de cuánto había cambiado.
—Te lo digo en serio, relájate —le dijo, bajando el tono y poniendo una mano suave sobre su hombro—. No te han llamado aquí para castigarte.
Anna bajó la mirada hacia sus propios pies, hacia el suelo de piedra pulida que reflejaba su figura pequeña e insegura.
—Lo sé... —murmuró, y realmente lo sabía. Lo sentía en el aire, en la forma en que él hablaba, en la calma con la que la habían recibido.
Pero saberlo no significaba que estuviera tranquila. Al contrario.
Porque si aquello no era un juicio, si no era un castigo, si no era una cuenta pendiente... entonces era algo mucho más grande. Algo mucho más importante. Algo que la involucraba a ella, y que la ponía al borde de algo que no podía ver, pero que podía sentir pesando sobre sus hombros como una montaña. Y eso la asustaba más que cualquier sentencia de muerte.
Adrien pareció leer cada uno de esos pensamientos en su silencio.
—Mi padre no convoca personalmente a nadie por capricho, Anna. Menos ahora. Menos a ti.
—Eso tampoco ayuda a calmarme, ¿sabes? —respondió ella, con una pequeña sonrisa triste.
—Lo sé. Pero es la verdad.
El silencio volvió a caer entre ellos, denso y cargado de emoción.
A través de uno de los grandes ventanales que daban al patio exterior, Anna pudo ver el carruaje que la había traído hasta allí, todavía esperando. Allí estaban ellos. Su gente. Su familia.
Garoum permanecía de pie junto a las puertas del vehículo, inmóvil como una estatua tallada en roca, con los brazos cruzados y la mirada vigilante, atenta a cualquier movimiento, dispuesto a intervenir, aunque fuera dentro del palacio mismo. Siempre protegiéndola. Siempre leal.
Un poco más lejos, Lyra hablaba animadamente con Eliana, gesticulando con las manos, y Marien escuchaba con esa atención dulce y serena que siempre la caracterizaba.
Y al lado de uno de los guardias de la entrada, Lira, su pequeña Lira, estaba parada con la cabeza muy alta, explicándole algo con mucha seriedad al soldado, intentando convencerlo de que, cuando creciera, sería un caballero digno de servir al Imperio.
La visión de todos ellos, ahí fuera, esperándola, dándole fuerza sin siquiera saberlo, logró que el caos dentro de su pecho se calmara un poco. Fue como si una luz pequeña y cálida se encendiera en medio de tanta oscuridad e incertidumbre.
Respiró hondo. Una vez, llenando los pulmones de aire fresco. Dos veces, soltando el miedo. Tres, aferrándose a la certeza de que no estaba sola.
Luego levantó la cabeza. Los ojos brillantes, la postura erguida, la voluntad firme.
—Bien.
Adrien la miró y vio el cambio. Vio a la mujer que había aprendido a levantarse tras cada caída.