El Velo De La Rosa

Capítulo 51: La ciudad que recuerda

Ciudad Ravenfall (ciudad gobernada por Daemian y Selene)

La ciudad despertaba.

No con prisa.

No con temor.

Sino con ese murmullo sereno que solo existe después de haber sobrevivido a algo que debió destruirlo todo.

Las calles, que meses atrás habían estado cubiertas de vendas improvisadas, antorchas nocturnas y el silencio de la muerte, ahora vibraban con pasos, voces y vida. Los puestos volvían a abrir al amanecer, los niños corrían entre los tenderos, y el olor a pan caliente —ese mismo que una vez fue portador de la condena— ahora regresaba como símbolo de resistencia.

En el centro de la ciudad, donde antes solo hubo cenizas y lágrimas, se alzaba algo nuevo.

No un monumento grandilocuente.

No una estatua de victoria.

Sino una figura de piedra sencilla, firme, silenciosa.

Anna D’Valrienne.

La escultura no la mostraba levantando una espada ni proclamando gloria alguna. No había corona, ni estandarte, ni gesto triunfal. La figura estaba representada de pie, con la capa cayendo sobre sus hombros, una mano extendida hacia adelante… no como orden, sino como amparo.

Como si aún estuviera allí.

Como si siguiera vigilando.

A los pies de la estatua, flores frescas eran colocadas cada mañana. Algunas nobles, traídas en cestas cuidadas. Otras simples, arrancadas del borde del camino por campesinos que no tenían más que eso para ofrecer.

Cada persona que pasaba frente a ella hacía lo mismo.

Se detenían.

Inclinaban la cabeza.

Seguían su camino.

No por obligación.

No por protocolo.

Por memoria.

—Esa es la mujer que no huyó —decía un anciano a un grupo de viajeros, señalando la estatua con respeto—. Cuando los nobles cerraron sus puertas, ella abrió las suyas.

Un bardo afinaba su laúd cerca de la fuente, su voz arrastrándose entre notas suaves:

—🎵 No alzó la espada por gloria,

ni la voz para mandar,

alzó el miedo como escudo,

y nos enseñó a aguantar… 🎵

Los forasteros escuchaban con atención. Algunos incrédulos. Otros fascinados.

—¿De verdad fue una noble? —preguntó una mujer envuelta en capas de viaje—. Dicen que antes era… cruel.

El bardo sonrió sin dejar de tocar.

—Lo fue. Y por eso su elección valió el doble. Porque quien nunca fue bueno no tiene mérito al serlo… pero quien decide cambiar cuando nadie lo espera… —dejó que la nota se extinguiera—, ese deja huella.

En una ventana cercana, una joven madre sostenía a su hijo mientras observaba la estatua.

—Ella te salvó —susurró—. No lo sabrá nunca… pero tú estás aquí por ella.

El niño, demasiado pequeño para entender, extendió la mano hacia la figura de piedra.

Y la ciudad siguió latiendo.

No como un lugar que idolatra.

Sino como un lugar que recuerda.

Lejos de allí, en un balcón del edificio administrativo, dos figuras observaban la escena.

Daemian apoyaba los brazos en la baranda, su expresión seria, cansada… pero orgullosa. Selene, a su lado, revisaba informes mientras de vez en cuando alzaba la vista hacia la plaza.

—Nunca quiso esto —dijo él finalmente—. Una estatua.

Selene cerró el documento con suavidad.

—No —respondió—. Pero la ciudad la necesitaba. Y a veces… los símbolos no son para quien los representa, sino para quienes sobreviven gracias a ellos.

Daemian asintió en silencio.

Abajo, una nueva comitiva de viajeros cruzaba las puertas de la ciudad. Sus miradas se alzaron inevitablemente hacia la estatua.

Y una pregunta se repetía, una y otra vez, como un eco que no se apagaba:

—¿Dónde está ahora Anna D’Valrienne?

Nadie tenía una respuesta clara.

Solo una certeza compartida por todos los que vivían allí:

Dondequiera que estuviera…

el mundo aún no había terminado de pedirle cuentas.

Sala de reuniones de la ciudad

La sala de mapas del edificio administrativo estaba en penumbra.

No por descuido, sino por costumbre. Las ventanas altas dejaban entrar la luz justa para leer pergaminos sin que nadie desde afuera pudiera distinguir siluetas. El murmullo de la ciudad llegaba amortiguado, como un recuerdo distante.

Daemian permanecía de pie frente a la mesa central, observando el mapa del Imperio con los brazos cruzados. Selene estaba sentada, revisando informes con una calma que solo se lograba después de haber visto demasiado.

La puerta lateral se abrió sin anunciarse.

La mujer que entró no llevaba insignias. Su vestido era simple, el cabello recogido, la postura humilde. A los ojos de cualquiera, una sirvienta más.

Pero ni Daemian ni Selene levantaron la vista con sorpresa.

—Habla —dijo Selene, sin rodeos.

La mujer inclinó la cabeza.

—Mi nombre aquí es Lysenne —dijo en voz baja—. El anterior… ya no existe.

Daemian asintió apenas. Ese era el precio del trabajo que hacía ahora.

—La Academia —continuó Lysenne—. La situación de Lady Anna es… estable en apariencia. Hostil en el fondo.

Selene dejó el pergamino a un lado.

—Explícate.

—No hay ataques directos —respondió—. Nadie se atreve a cruzar esa línea. Pero el aislamiento es constante. Rumores, miradas, comentarios calculados. Se la tolera… no se la acepta.

Daemian cerró los ojos un segundo.

—Como esperábamos.

Lysenne continuó:

—Hay grupos organizándose. No en su contra, sino a su alrededor. Estudiantes de casas menores, plebeyos admitidos por mérito, algunos nobles que estuvieron en la ciudad durante la pandemia. La protegen… sin que ella lo sepa.

Selene entrelazó los dedos.

—Y del otro lado.

Lysenne dudó un instante.

—Los que nunca la perdonaron por lo que fue.

Y los que no pueden permitir que lo que hizo tenga peso político.

Daemian abrió los ojos, clavándolos en el mapa.

—Porque si Anna D’Valrienne es aceptada… —murmuró— entonces todo el sistema queda expuesto.




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