Ciudad imperial Laryon/castillo ala norte, sala de reuniones.
La Ciudad Imperial de Laryon no dormía.
Incluso cuando el sol caía detrás de las torres blancas y las cúpulas doradas, la capital seguía respirando como un monstruo elegante: luces encendidas en los palacios administrativos, carruajes cruzando avenidas de mármol, guardias cambiando turnos con disciplina perfecta.
Y en el corazón de esa ciudad, donde el lujo se confundía con el poder…
el Palacio Dorado ardía en silencio.
No por fuego.
Por tensión.
En una sala alta, amplia y sobria, decorada más con símbolos que con riqueza, un hombre permanecía de pie frente a una ventana inmensa, observando la ciudad como si pudiera leerla desde esa distancia.
Su cabello era plateado, pero no por edad.
Por linaje.
Su mirada, sin embargo, era la de alguien que había aprendido demasiado rápido lo que significaba gobernar.
Emperador Aurelian Valtheris I.
El nuevo soberano del Imperio.
Detrás de él, el sonido de pergaminos y sellos rompiéndose llenó la habitación con una solemnidad inquietante.
—Majestad —dijo una voz firme—. Ha llegado un informe de la Academia Real.
El emperador no se giró de inmediato. Solo cerró los ojos un instante.
Como si ya supiera lo que venía.
—Léelo, Malken.
El hombre que hablaba era alto, delgado, de expresión afilada y túnica negra con bordados de plata: un símbolo reservado solo para quienes tenían acceso directo al trono.
Gran Consejero Malken Arvannis.
No era un adulador.
No era un noble con ambiciones disfrazadas.
Era lo más cercano que el Imperio tenía a un hombre que decía la verdad… incluso cuando dolía.
Sentada a un lado de la sala, en un sillón elegante sin ostentación, estaba la emperatriz.
Cabello oscuro, ojos tranquilos, postura impecable.
Pero la tensión en sus dedos delataba su preocupación.
Emperatriz Seleneia Vhaloren.
No llevaba corona en ese momento.
No la necesitaba para imponer presencia.
Malken desplegó el informe con cuidado, como si cada palabra tuviera filo.
—“Informe mensual de convivencia y disciplina. Academia Real de Laryon. Observaciones generales…” —leyó en voz alta.
Aurelian finalmente se giró, caminando hacia la mesa central.
—No me interesan las formalidades —dijo—. Dame lo real.
Malken asintió, pasando páginas.
—“Se han reportado incidentes recurrentes de discriminación hacia estudiantes plebeyos y nobles menores, principalmente en las alas norte y oeste. La situación se mantiene controlada, pero persiste una cultura de exclusión sostenida por linajes mayores.” —alzó la vista—. En otras palabras… la reforma existe en papel, Majestad. Pero no en los pasillos.
El emperador apretó la mandíbula.
Seleneia se inclinó levemente hacia adelante.
—¿Hubo violencia?
—No abierta —respondió Malken—. Pero sí aislamiento, rumores, provocaciones y sabotajes menores. Lo suficiente para quebrar a un estudiante sin dejar marcas visibles.
Aurelian golpeó la mesa con la palma.
—¡Eso es exactamente lo que quería evitar!
El eco retumbó en las columnas de la sala, y los guardias apostados en la entrada tensaron el cuerpo sin moverse.
Aurelian respiró hondo, conteniendo el enojo como si fuera un animal salvaje.
—Cuando tomé el trono, lo primero que firmé fue esa reforma —dijo con voz baja, pero cargada de acero—. No porque sea “bondadoso”. Porque es lógico. Porque el Imperio está lleno de talento desperdiciado solo por haber nacido en el lugar equivocado.
Malken no discutió.
—Lo sé, Majestad. Pero la nobleza mayor no lo ve como lógica. Lo ve como amenaza.
Seleneia habló entonces, suave, pero con precisión.
—Porque si un plebeyo puede brillar… entonces el linaje deja de ser excusa.
El emperador levantó la mirada hacia ella.
Y por un momento, el enojo se mezcló con algo más profundo: cansancio.
—No entiendo cómo pueden ser tan ciegos —murmuró—. Si el Imperio cae, no preguntará quién tiene apellido.
Malken giró otra hoja.
—Hay algo más, Majestad.
Aurelian lo miró.
—Dilo.
El consejero tragó saliva, aunque su voz se mantuvo firme.
—“Caso particular: readmisión de Anna D’Valrienne.”
—… —el silencio cayó como una piedra.
Seleneia no dijo nada, pero sus ojos se estrecharon.
Aurelian se quedó quieto.
El nombre flotó en el aire como una herida antigua.
Anna D’Valrienne.
Una casa conocida por su desprecio.
Por su arrogancia.
Por ser el ejemplo perfecto de todo lo que Aurelian quería derribar.
Y sin embargo…
—¿Qué dice el informe? —preguntó el emperador, lentamente.
Malken leyó.
—“La estudiante presenta conducta disciplinada. Sin ostentación, sin provocaciones. Intervino en un incidente de abuso hacia una estudiante plebeya utilizando magia defensiva. No se reportaron heridos graves. Se mantiene aislada socialmente. Rumores persistentes de manipulación, falta de cambio real y abuso secreto hacia su sirvienta.”
Malken levantó la vista.
—Es decir… la están intentando destruir con la misma herramienta que siempre usaron: reputación.
Aurelian se quedó inmóvil.
Su expresión no era de sorpresa.
Era de comprensión amarga.
Seleneia habló por fin.
—Una D’Valrienne salvó una ciudad… y aun así la Academia la trata como si fuera un monstruo.
Malken asintió.
—Eso es lo que la vuelve peligrosa para ellos.
Aurelian frunció el ceño.
—¿Peligrosa?
Malken cerró el informe con cuidado.
—Sí, Majestad. Porque si la “noble cruel” puede cambiar… entonces todos los nobles que nunca lo hicieron quedan expuestos.
Porque si una D’Valrienne puede ser amada por el pueblo… entonces el Imperio comienza a preguntarse por qué el resto no lo es.