El silencio que cayó sobre la sala no fue solo ausencia de sonido; fue algo pesado, frío, que pareció bajar la temperatura del aire varios grados. Era un silencio sepulcral, de esos que solo existen cuando la verdad más oscura ha sido arrojada al centro de un lugar hecho para la gloria y la perfección.
Nadie se movía. Nadie respiraba casi. Todos los ojos estaban clavados en Anna, pero ya no veían a la mujer que había salvado una ciudad, ni a la noble que había cambiado. La miraban como si estuvieran viendo a una completa desconocida, a alguien que habían creído entender y que, de repente, resultó ser una sombra llena de secretos terribles.
Fue entonces cuando se escuchó una voz, seca, cortante, cargada de un peso legal y antiguo que hizo que la piel se le erizara a todos. Era el Gran Canciller Cassius Veyron. Dio un paso adelante, y su mirada ya no tenía ni rastro de aquella reserva cautelosa de antes; ahora había una seriedad absoluta, la de un hombre que conoce cada letra de la ley y cada consecuencia de los actos.
—Lo que acabas de decir... —empezó, y su tono resonó como un golpe sobre piedra—, no son solo palabras, Anna D’Valriene. Yo soy el guardián de las leyes de este Imperio. Conozco cada norma, cada decreto y cada sentencia que ha existido en siglos. Y lo que tú misma has confesado aquí, delante de la Familia Imperial, delante de mí, delante de la autoridad máxima... es definido por nuestras leyes como traición alta.
Hizo una pausa letal, dejando que la palabra calara en cada rincón, y sus ojos grises la atravesaron.
—Eres noble. Perteneces a una de las Casas más poderosas y antiguas de este territorio. Se supone que tu sangre y tu deber son proteger a todos los habitantes de estas tierras, sin importar su origen. Comerciar con esclavos de forma ilegal, experimentar con vidas, usar conocimientos prohibidos y, peor aún, cometer estos crímenes contra seres que, aunque no sean humanos, están bajo la protección de los tratados antiguos... todo ello se castiga con la muerte. Tú misma acabas de poner en nuestras manos la llave de tu propia ejecución. No puedes negarlo, no puedes esconderlo. Lo has dicho tú misma.
La Emperatriz Seleneia se llevó una mano a la boca, pálida como el mármol, sus ojos llenos de una decepción profunda y dolorosa.
—¿Cómo...? —susurró ella, con voz apenas audible, rota—. ¿Cómo pudiste...? Todos los informes, las cartas, lo que nos contaron... hablaban de una mujer que se entregaba a los enfermos, que lloraba por ellos, que arriesgaba su vida. Creí que entendías el valor de la vida. Creí que eras la prueba de que cualquiera puede cambiar... pero ahora nos dices que salvaste a tu gente gracias a lo que aprendiste matando a otros. —Sacudió la cabeza, mirándola con tristeza y horror—. Es la verdad más dura que he escuchado... y duele más porque no es una mentira, es tu historia.
A su lado, la Princesa Lyssandra permanecía rígida, sus manos apretadas sobre el reposabrazos de su asiento. Su inteligencia, que siempre veía todo, ahora solo veía el abismo entre lo que creían y lo que era real.
—Todo encajaba demasiado bien —dijo ella, con una frialdad que cortaba el aire—. La rapidez con la que actuaste, la precisión con la que conocías la enfermedad, la forma en que hallaste la cura... yo pensé que era genio, que era instinto de supervivencia y bondad, que habías aprendido sobre la marcha. Pero no. Era experiencia. Conocías a la perfección a esa plaga porque tú misma la habías usado. —Sus ojos se entrecerraron, con una decepción amarga y crítica—. Nos ofreciste la esperanza de la unión entre razas, nos presentaste como un modelo a seguir... pero tú eres el ejemplo perfecto de por qué esas razas nos temen y nos odian. ¿Cómo podemos pedirles confianza cuando la mano que se la ofrece está manchada con su propia sangre?
Adrien, que hasta ese momento había permanecido en silencio, observando con atención, dio un paso atrás, sorprendido y desconcertado. Él no había estado allí durante la epidemia; solo conocía la historia por lo que le habían contado, por los informes que llegaron a la corte y por la reputación que ella se había ganado en todo el continente. Para él, Anna era una noble que había caído y que se había levantado con honor, una líder capaz y justa. Lo que acababa de escuchar rompió toda esa imagen que tenía construida.
—Yo... —empezó Adrien, con voz seria y tensa, mirándola como si realmente no la conociera—, estuve fuera del reino durante todo ese tiempo. No vi nada con mis propios ojos. Solo escuché historias de valentía, de entrega, de una mujer que había cambiado el rumbo de su destino para bien. —La miró fijamente, con una mezcla de duda y juicio—. Me hablaban de ti como de alguien que entendía el sufrimiento ajeno, y lo creí. Pero lo que me dices ahora... significa que todo ese conocimiento, toda esa habilidad que te hizo famosa y admirada, nació de la crueldad y del crimen. —Sacudió la cabeza, con una decepción clara en su rostro—. No puedo negar que lo que hiciste después ayudó a muchos, pero... ¿cómo se separa una cosa de la otra? ¿Cómo confiamos en que esa crueldad no sigue ahí, escondida, bajo todo lo que has construido?
Anna escuchó cada palabra, cada juicio, cada decepción, y no bajó la mirada. Los miró a todos, con el dolor grabado en su rostro, pero con la firmeza de quien ya había aceptado su carga. Cuando el Canciller terminó de hablar, ella asintió lentamente, con una calma aterradora.
—Sé muy bien lo que significa, Canciller. Sé exactamente lo que dicen las leyes y lo que merezco por ello. No me equivoqué al hablar, ni espero que me perdonen solo porque ahora soy distinta. —Hizo una pausa, y su voz, aunque suave, tuvo una fuerza inquebrantable—. Pero tampoco pienso caer muerta hoy ante ustedes. No ahora. A mi lado hay personas que me siguen, que confían en mí, que creen en mí, y no puedo abandonarlas así, ni dejar que todo lo que hemos construido se derrumbe de golpe.