El Velo De La Rosa

Capítulo 53: El segundo día en Gravenwald

El segundo amanecer en el Bosque de Gravenwald no llegó con luz amable.

Llegó con un cielo grisáceo filtrándose entre ramas retorcidas, con la niebla colándose como dedos fríos entre los troncos, y con ese silencio pesado… el tipo de silencio que no era paz, sino advertencia.

El campamento improvisado del grupo aún conservaba el olor a humo viejo. Restos de brasas enterradas con tierra, mantas enrolladas, el suelo aplastado por el peso de una noche sin verdadero descanso.

Anna D’Valrienne abrió los ojos antes que el sol terminara de levantarse.

No porque quisiera.

Sino porque su cuerpo ya no sabía dormir como antes.

Se incorporó lentamente, el frío mordiendo sus dedos, y por un instante se quedó quieta, escuchando.

El viento.

Un pájaro lejano.

El crujido de un árbol que no debía moverse solo.

A su lado, Lyra Feldane ya estaba despierta, sentada con la espalda recta, la mirada fija hacia el bosque como si estuviera esperando que algo saliera de la niebla.

Su expresión seguía igual de fría que el día anterior.

Como si no durmiera.

Como si solo… “apagase” los ojos por costumbre.

Más allá, Rolando Varkas se levantaba con disciplina de templo. Su armadura ligera de paladín sonaba con pequeños clics metálicos mientras revisaba las correas, ajustaba la coraza y hacía un gesto breve sobre su pecho: una oración corta, casi silenciosa.

Mireth Kaelor, en cambio, tardó un poco más. Tenía el cabello desordenado, el ceño fruncido, y una forma de mirar a Anna como si la simple presencia de ella fuera un problema que no sabía cómo resolver.

Y finalmente, como si el bosque mismo lo hubiese escupido del suelo…

Cedric Halvor se levantó estirándose como un oso.

Alto, ancho de hombros, con el cuello grueso, el uniforme de caballero tensándose en sus brazos.

—Ugh… —gruñó—. Dormir en tierra debería ser ilegal.

Rolando lo miró con severidad.

—Esto es una evaluación. No una excursión.

Cedric soltó una risa nasal.

—Para mí, todo es una evaluación. Si sobrevivo, apruebo.

Lyra no dijo nada.

Solo exhaló.

Y el aire frente a su rostro se movió… como si una corriente invisible hubiera respondido.

Anna lo notó.

Y por primera vez desde que comenzó esta expedición, sintió una punzada de algo parecido a curiosidad.

No por el bosque.

Por ellos.

Por lo que podían hacer.

Antes de salir, revisaron el pergamino sellado que la Academia había entregado a cada grupo.

Rolando lo leyó en voz alta, con ese tono de autoridad que parecía natural en él:

—“Objetivo del día dos: recolección de prueba. Derrotar una manada de bestias de clase media y traer como evidencia los cuernos principales. El resto del material puede conservarse como botín. Se provee una piedra de almacenamiento dimensional.”

Cedric chasqueó la lengua.

—Ah, sí. La piedra mágica que hace que carguemos como mercaderes.

Mireth tomó el objeto que venía en una bolsa de cuero: una piedra oscura, lisa, con runas que brillaban débilmente.

—No es “una piedra mágica”. Es un artefacto de compresión dimensional. Vale más que tu armadura.

Cedric la miró como si eso lo ofendiera.

—Mi armadura vale más que tú.

Rolando se interpuso con calma.

—Basta.

Anna se quedó en silencio, observándolos.

El grupo no confiaba en ella.

No la querían cerca.

Pero estaban obligados a trabajar juntos.

Y en un bosque como Gravenwald…

el bosque no perdonaba el orgullo.

Huellas en el barro

Avanzaron con cautela.

La niebla era espesa, y el suelo húmedo. Las raíces sobresalían como trampas. Las hojas muertas se pegaban a las botas.

Fue Mireth la primera en detenerse.

Levantó la mano.

—Alto.

Todos se frenaron.

Anna miró el suelo… y las vio.

Huellas profundas.

Pesadas.

Hundidas en barro como cráteres.

Cedric sonrió, satisfecho.

—Por fin. Algo que se pueda golpear.

Lyra se agachó, tocando el borde de una marca con dos dedos.

—No son recientes. Pero están cerca.

Rolando miró alrededor.

—¿Qué clase de bestia?

Mireth respondió con frialdad:

—Toros.

Anna frunció el ceño.

—¿Toros… aquí?

Cedric soltó una carcajada.

—¿Nunca viste un toro, D’Valrienne?

Anna lo ignoró.

Mireth lo corrigió con la misma dureza que usaría para cortar pan:

—No son toros normales.

Y ahí, el viento cambió.

Un bramido grave retumbó entre los árboles, tan profundo que vibró en el pecho.

Uno.

Dos.

Tres.

Luego el sonido de pasos pesados.

El grupo se giró lentamente.

Y los vieron.

Los Bastiones Corníferos

No eran toros.

Eran… algo que el mundo había deformado con magia y brutalidad.

Bestias enormes, de cuatro patas, con cuerpos tan grandes como carruajes pequeños. Su piel no era piel: era una mezcla de cuero endurecido y placas naturales, como si llevaran una armadura nacida de su carne.

Sus cuernos eran largos, curvados, y brillaban con vetas metálicas.

Cada resoplido soltaba vapor blanco.

Cada mirada era un aviso:

esto no era una presa.

Era una manada.

Y la manada defendía su territorio.

Rolando dio un paso adelante, levantando su escudo.

—Formación.

Cedric tomó su espada con ambas manos.

—Al fin algo interesante.

Lyra levantó la palma… y la niebla frente a ella se movió como obedeciendo.

Mireth retrocedió un paso, murmurando una fórmula de soporte.

Anna sintió el corazón golpearle en el pecho.

No por miedo a morir.

Sino por el recuerdo.

Porque en otro tiempo… esa escena la habría emocionado.

La antigua Anna habría sonreído.

Habría usado su magia como un látigo.

Habría disfrutado verlos temblar.




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