El Velo De La Rosa

Capitulo 51: un mundo nuevo

Dos días habían pasado desde aquella reunión en el palacio imperial, dos días en los que Anna apenas había logrado cerrar los ojos. Las palabras del Emperador, la mirada de la Emperatriz, el juicio del Canciller y el silencio cargado de Adrien y Lyssandra giraban una y otra vez en su mente, grabados a fuego, indelebles. No había descanso, ni paz, ni forma de silenciar todo lo que se había desmoronado y, al mismo tiempo, todo lo que le habían devuelto allí dentro.

La Academia, que siempre había sido su refugio, su lugar de orden y estudio, ahora le parecía un laberinto lleno de miradas, susurros y recuerdos que la asfixiaban. Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Y, sobre todo, necesitaba escuchar una voz que siempre había sido para ella la única verdad, la única que nunca había cambiado, ni la había juzgado, ni le había ocultado nada: Lady Altheria.

Por eso, esa mañana, Anna había solicitado permiso al Director para ausentarse unos días y regresar a su antigua mansión, la residencia familiar donde había pasado su infancia y donde Altheria vivía como el pilar de la casa. El permiso fue concedido sin objeciones; nadie ignoraba lo que había ocurrido en el palacio, y todos comprendían que necesitaba tiempo.

Había dado una instrucción muy clara: dos carruajes.

En el primero, viajaba ella. Sola. Lo había exigido expresamente. Necesitaba ese silencio, ese espacio cerrado donde pudiera dejarse llevar por sus pensamientos sin tener que mantener la compostura, sin tener que sonreír ni parecer fuerte. El interior era cómodo, con asientos de terciopelo oscuro, pero ella apenas se sentaba; se pasaba el viaje mirando por la pequeña ventanilla, viendo cómo la ciudad se quedaba atrás y daba paso a los campos y bosques que rodeaban la capital, con la mirada perdida y el ceño fruncido, luchando entre la culpa, la gratitud y el miedo. ¿Aceptar? ¿Rechazar? ¿Tengo derecho a aceptar algo tan grande cuando mis manos todavía manchan de sangre el pasado? ¿O es esa la única forma de limpiarlas?

En el segundo carruaje, el ambiente era completamente distinto.

Lira iba sentada junto a la ventana, abrazando una pequeña almohada contra su pecho, con la mirada fija en el paisaje que pasaba velozmente. Observaba los campos verdes, los árboles altos y el cielo despejado con una mezcla de curiosidad y entusiasmo, ajena en parte al peso que flotaba en el aire, aunque muy consciente de él.

Frente a ella, ocupando el asiento opuesto, iba Marien. Sus manos, acostumbradas al trabajo y al orden, reposaban tranquilas sobre su falda, pero su expresión era seria, atenta, como si estuviera midiendo cada movimiento del carruaje y cada pensamiento que cruzaba la mente de las demás.

Y entre ambas, Eliana permanecía en silencio, con la mirada perdida en un punto indefinido del suelo, con una expresión cargada de preocupación que no había logrado ocultar desde que partieron. Sus cejas estaban ligeramente fruncidas, y cada cierto tiempo suspiraba muy bajo, como si el aire le costara entrar en los pulmones.

—Sigue pensando en ello, ¿verdad? —preguntó Marien finalmente, rompiendo el silencio que se había vuelto denso y pesado. Su voz era suave, pero directa.

Eliana asintió despacio, sin levantar la vista.

—Desde que salimos de la Academia. —Hizo una pausa, y añadió con tono triste—: No ha dormido bien desde hace dos días. Casi nada, en realidad.

La pequeña sirvienta, Lira, apartó la vista de la ventana y bajó la mirada hacia sus manos, apretando con más fuerza la almohada que abrazaba.

—Es normal —murmuró.

Nadie discutió aquello. Nadie tenía nada que objetar.

Porque era la verdad absoluta. Después de todo lo que había ocurrido en el palacio... después de las confesiones, de las miradas, de las palabras que habían destrozado y reconstruido a su señora al mismo tiempo... era más que normal. Era inevitable.

Lira levantó la cabeza de nuevo, y sus ojos brillaron con una convicción sorprendente para su edad.

—Yo creo que debería aceptar.

Las dos mujeres mayores la miraron al instante, sorprendidas por la firmeza de sus palabras.

—¿Así de simple? —preguntó Marien, inclinándose un poco hacia ella, con una media sonrisa que mezclaba ternura y curiosidad.

—Sí —respondió Lira sin dudar.

—¿Y por qué, niña mía? —insistió Eliana, mirándola con atención, necesitando entender esa certeza.

La pequeña inclinó la cabeza ligeramente, como si la respuesta fuera tan evidente como la luz del día y no entendía por qué tenían que preguntárselo.

—Porque si el Emperador la eligió... es porque cree que ella puede hacerlo. Y si él confía en ella, ¿por qué nosotros íbamos a dudar?

Eliana sonrió, pero fue una sonrisa cargada de tristeza y amargura, una sonrisa que conocía el mundo y sus complicaciones.

—A veces las cosas son un poco más complicadas que eso, Lira. La confianza es hermosa, pero el peso de lo que le han ofrecido... es demasiado grande. Y ella lleva una carga muy pesada sobre sus hombros.

—Lo sé —reconoció la niña, inflando las mejillas con un gesto obstinado que le era muy propio—. Sé que es difícil. Sé que da miedo. Pero sigo pensando lo mismo. Si alguien puede con esto... es ella.

Marien no pudo evitar soltar una risa suave, una de esas risas que alivianan el corazón aunque sea un poquito. Aquella niña era imposible de hacer cambiar de opinión cuando creía en algo, y de alguna manera, esa inocencia llena de fe era lo único claro en medio de tanta confusión.

—¿Y tú qué piensas, Eliana? —preguntó entonces Marien, girándose hacia la sanadora, queriendo escuchar la voz de la experiencia—. Tú la conoces desde hace más tiempo que nadie, salvo los de la familia. ¿Qué crees que debería hacer?

La antigua sirvienta y sanadora guardó silencio durante varios segundos. Sus ojos se llenaron de sombras, de recuerdos y de temores que no había compartido con nadie hasta ahora.

—Creo... —empezó con voz baja, casi un susurro— creo que tengo miedo.




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