Anna tardó varios minutos en recorrer el camino que llevaba hasta el ala oeste, hacia la habitación de Lady Altheria. No fue porque estuviera lejos, ni porque el camino fuera difícil. Fue porque, prácticamente a cada poco paso, alguien salía a su encuentro para detenerla.
Gentes de todas las edades, oficios y razas, que ahora vivían en aquellas tierras, se acercaban sonrientes para saludarla. Había niños que corrían a su lado, orgullosos y emocionados, señalando con sus pequeñas manos los muros que habían levantado o los huertos que habían cuidado, como si quisieran mostrarle cada pequeño detalle de lo que habían construido para ella y bajo su protección. Familias enteras se acercaban para darle las gracias, con palabras sencillas pero cargadas de un agradecimiento inmenso, llamándola siempre "mi señora" o "señora D'Valrienne". Incluso los trabajadores, hombres y mujeres que transportaban materiales o reparaban caminos, se detenían al verla pasar e inclinaban la cabeza con respeto profundo, reconociendo en ella a la dueña absoluta de estas tierras, a la mujer que había abierto las puertas de su casa cuando el mundo les había cerrado todas las suyas.
Y aquello, todo aquello, seguía resultándole extraño. Cuanto más crecía el asentamiento, más fuerte se hacía esa sensación. Ella recordaba este lugar como una tierra olvidada, solitaria y condenada al abandono, y ahora caminaba entre calles llenas de vida, donde la gente la miraba como si fuera la verdadera reina de este pequeño mundo. Aún no terminaba de comprender hasta qué punto su nombre era aquí lo más importante.
Finalmente, logró llegar a la zona principal de la mansión. Subió las escaleras de piedra, recorrió el pasillo largo y familiar, aquel que conocía desde que era pequeña, y se detuvo frente a la puerta de madera oscura que siempre había permanecido igual: la habitación de Lady Altheria.
Durante unos segundos se quedó allí parada, inmóvil, con la mano suspendida en el aire. Respiró profundamente, intentando calmar los latidos fuertes de su corazón. Luego, llamó suavemente a la puerta.
—Adelante.
La voz llegó desde el interior, cansada, con el peso de los años, pero firme, clara y fuerte como siempre lo había sido.
Anna giró el pomo y empujó la puerta.
Y entonces se quedó completamente paralizada en el umbral, con la mano aún apoyada en la madera.
—¿Eh...? —fue lo único que alcanzó a decir, confundida y sorprendida.
No esperaba aquello. En absoluto.
La habitación estaba llena de gente, tan llena que apenas quedaba espacio libre para moverse.
En el centro, sentada sobre la cama, con almohadas apoyadas en el respaldo y cubierta por una gruesa chaqueta de lana, estaba Lady Altheria. Sostenía montones de documentos, mapas y cartas que se amontonaban a su alrededor. Se la veía profundamente cansada; mucho más cansada que la última vez que la había visto. Las arrugas alrededor de sus ojos y en su frente parecían más marcadas, y las ojeras bajo su mirada sabia eran imposibles de ignorar, oscuras y profundas, señal de noches enteras sin descansar. Y sin embargo, a pesar de todo, seguía trabajando, atenta, serena, con esa fuerza tranquila que siempre había tenido. Ella era quien dirigía, quien organizaba, quien decidía en el día a día... pero todo lo hacía en nombre de Anna.
Frente a ella habían improvisado una gran mesa larga, colocada justo en el centro de la estancia, y alrededor de ella se encontraban reunidas varias personas, personas que Anna jamás habría imaginado ver juntas en el mismo lugar, y mucho menos reunidas para tratar asuntos serios.
Había un elfo de rasgos nobles y mirada aguda. Un enano de barba trenzada y brazos fuertes. Una mujer demonio de cabello rojizo y porte elegante, con los cuernos finos y pulidos. Un hombre bestia, de raza felina, con las orejas alerta y movimientos silenciosos. Había un enorme ogro, de proporciones gigantescas, que prácticamente parecía ocupar él solo media habitación, sentado con una postura sorprendentemente educada y tranquila. Una pequeña hada flotaba cerca de una lámpara de aceite, iluminando con su propio brillo los papeles que tenía más cerca. Y también había varios humanos, hombres y mujeres de vestimentas distintas, portando sellos y emblemas que Anna no reconoció al momento.
Todos y cada uno de ellos iban acompañados por uno o dos guardias personales, que permanecían de pie detrás, serios y atentos. Pero algo era claro: todos estaban ahí por voluntad propia, reconociendo la autoridad de esta tierra.
Durante unos segundos eternos, nadie dijo ni una palabra. Todas las miradas, todas sin excepción, se dirigieron hacia la joven que permanecía en la puerta. Y en esas miradas había algo distinto, algo fundamental: reconocimiento.
Anna sintió el peso de toda aquella atención caer sobre sus hombros, pero esta vez comprendió lo que significaba. No eran simples visitantes ni representantes de paso. Eran los líderes, los artesanos, los jefes de familia, quienes dirigían las distintas partes del pueblo que había nacido aquí. Podía verlo en la forma rígida y respetuosa en que se sentaban, en la importancia de los documentos que reposaban sobre la mesa —tratados de comercio, leyes locales, planes de defensa—, en la seriedad absoluta de sus expresiones. Aquello era el gobierno de su pueblo, reunido para tomar decisiones importantes... y ella, su señora, acababa de llegar.
El silencio se extendió, espeso y cargado de significado.
Algunos de los presentes la observaban con evidente curiosidad, analizándola de arriba abajo, queriendo ver con sus propios ojos a la mujer de la que tanto habían oído hablar. Otros parecían nerviosos, cambiando la mirada entre ella y Lady Altheria, preguntándose qué significaba su llegada. Algunos incluso parecían emocionados, con un brillo de esperanza y orgullo en los ojos al verla. Pero también estaban los otros... aquellos que no intentaban ocultar ni su desconfianza, ni su recelo, ni incluso una cierta hostilidad contenida.