El Velo De La Rosa

Capítulo 54 — Día 3 en Gravenwald

El tercer amanecer llegó distinto.

No porque Gravenwald fuera más amable —no lo era—, sino porque el grupo, por primera vez, había dormido sin sobresaltos constantes, sin el presentimiento de una garra rozándoles la nuca a cada respiración.

La noche había sido fría, sí. Pero el fuego se mantuvo. El perímetro aguantó. Y el bosque… por una vez, no probó sus dientes.

Anna D’Valrienne despertó con el cuerpo pesado y la mente demasiado despierta.

Se incorporó despacio, sintiendo el rocío pegado a la ropa, el aire húmedo colándose por la garganta. Sus ojos recorrieron el campamento antes de moverse del todo, como si incluso al abrirlos tuviera que confirmar que seguía viva.

A un lado, Lyra Feldane ya estaba levantada, pero esta vez no tenía la rigidez de una estatua.

Se peinaba el cabello con los dedos, sin mirar cada sombra como un enemigo.

Y Mireth Kaelor… Mireth no fruncía el ceño por costumbre.

Estaba sentada en una piedra, envolviendo sus manos alrededor de una taza caliente, con la mirada fija en el vapor como si el simple hecho de ver algo tibio le recordara que aún era humana.

Anna se puso de pie, ajustándose la capa, y comenzó a revisar su cinturón: frascos, sellos, un pequeño paquete de vendas, el paño con el que limpiaba el vidrio.

No hablaba.

No porque no quisiera.

Sino porque hablar, para ella, todavía se sentía como caminar sobre un puente delgado: un paso en falso, y se quebraba.

Lyra fue la primera en romper el silencio.

No con burla.

Con algo más peligroso.

Curiosidad.

—Ayer… —dijo, sin rodeos—. No lo hiciste como alguien que “solo tuvo un mal día”.

Anna siguió ajustando el broche de su capa.

—¿Y cómo lo hice?

Mireth bajó la taza un poco.

—Como alguien que no quiere volver a ser la persona que recuerdan.

Anna se quedó inmóvil un segundo.

Luego respiró, lento.

Lyra dio un paso más cerca.

—¿Cuándo empezó?

Anna alzó la vista, y en sus ojos no había arrogancia.

Había cansancio.

Había un peso que no correspondía a una noble mimada.

—Un día —respondió— desperté.

Mireth parpadeó.

—¿Despertaste…?

Anna asintió.

—Como si despertara de una pesadilla.

Sus dedos apretaron el cuero del cinturón, sin darse cuenta.

—Pero no estaba saliendo de una… —su voz bajó un poco—. Estaba entrando.

Lyra no apartó la mirada.

—Explícate.

Anna tragó saliva.

Buscó las palabras como quien busca una salida en una habitación sin puertas.

—Abrí los ojos… y era como estar en un cuerpo ajeno.

Un cuerpo odiado.

Un cuerpo que todos recuerdan.

Y no de la mejor manera.

Mireth no interrumpió.

Pero su expresión cambió, como si las piezas encajaran con algo que siempre le había incomodado pensar.

Anna continuó, sin dramatismo.

Sin intención de dar lástima.

Solo con verdad.

—Ese día fue… el inicio de la pesadilla.

Lyra cruzó los brazos, más suave que de costumbre.

—Pero… ¿qué te hizo querer cambiar?

La pregunta fue simple.

La respuesta no.

Anna bajó la mirada hacia el suelo.

Hacia las cenizas apagadas del fuego.

—Había algo —murmuró—. Algo que no me dejaba… seguir igual.

Mireth sostuvo la taza con más fuerza.

—Los recuerdos.

Anna no respondió de inmediato.

Pero su silencio fue respuesta.

Lyra, que no solía titubear, habló con una frialdad distinta. No para herir, sino para nombrar lo que existía.

—Las torturas.

Mireth añadió, casi en un susurro:

—Las humillaciones.

Lyra siguió, como si enumerar fuera la única forma de aceptar.

—Cuántas personas destrozaste.

Mireth apretó la mandíbula.

—Y cuántas familias… rompiste.

Anna cerró los ojos por un segundo.

Y cuando los abrió, no había lágrimas.

Había algo peor:

Aceptación.

—Lo sé —dijo.

No “me arrepiento”.

No “no era yo”.

Solo:

—Lo sé.

Lyra inclinó un poco la cabeza.

—Si piensas distinto… si de verdad eres distinta… ¿cómo soportas vivir con eso?

Mireth la miró.

—¿Cómo no te vuelves loca?

Anna soltó una risa breve, sin alegría.

—Al principio… lo fui.

La frase cayó como un golpe suave.

—Casi pierdo la cabeza —admitió—. Porque aunque lo que existe en este cuerpo piense diferente… no cambia el hecho de que este cuerpo ya está marcado.

Su mano se apoyó en su pecho, como si el nombre “Anna D’Valrienne” pesara físicamente.

—La gente no recuerda pensamientos —dijo—. Recuerda actos.

Mireth no pudo evitarlo.

—Entonces… ¿qué te sostuvo?

Anna miró hacia el bosque, donde la niebla aún colgaba entre árboles, como una sábana vieja.

—Recordé cómo llegué ahí.

Lyra frunció el ceño.

—¿Cómo?

Anna no respondió al tiro.

Y en esa pausa, tanto Lyra como Mireth sintieron que estaban por cruzar una línea.

Anna habló con voz baja.

—Una sirvienta me empujó por las escaleras.

Mireth se quedó helada.

—¿Qué…?

Lyra abrió los ojos apenas.

—¿Intentó matarte?

Anna asintió.

—Sí.

Y no lo dijo con indignación.

Lo dijo como quien entiende el motivo.

—Fue un acto desesperado —agregó—. Pero… entendible.

Mireth tragó saliva.

—¿Qué pasó con ella?

Anna giró la cabeza hacia ellas, y por primera vez, algo casi imperceptible se dibujó en su rostro.

Una leve sonrisa.

—Ya la conocen.

Lyra se quedó quieta.

—¿…Qué?

Mireth frunció el ceño, intentando recordar.

Anna se acomodó el paño en el cinturón, como si lo que iba a decir fuera lo más normal del mundo.

—Ahora mismo es la más pegajosa conmigo en la escuela.

Un silencio.

De esos que tardan un segundo en entenderse… y luego golpean.

Los ojos de Mireth se abrieron de golpe.




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