Pasaron varios días, días que Anna decidió aprovechar al máximo. Sabía que pronto tendría que volver a la capital, retomar sus obligaciones en la Academia y enfrentarse a todo lo que el Imperio le pedía, pero hasta que llegara ese momento, su tiempo era suyo. Y lo quería dedicar a conocer, de verdad, lo que había nacido bajo su nombre.
Cada mañana salía de la mansión antes de que el sol estuviera alto, y caminaba por las calles de ese pueblo que crecía a pasos agigantados. Recorría las nuevas zonas de construcción, observaba cómo levantaban muros más altos, cómo trazaban caminos de piedra que conectaban las distintas áreas, cómo se abrían talleres, mercados y almacenes. Se detenía en cada lugar, escuchaba a los artesanos, a los campesinos, a los constructores.
Conoció a muchas personas que habían llegado después de que ella partiera hacia la capital, gente que había oído hablar de ella, que sabía quién era, pero a la que nunca había visto cara a cara. Les preguntaba por sus vidas, de dónde venían, qué habían dejado atrás, qué esperaban encontrar aquí. Escuchaba sus historias con atención, sin prisas, y se sorprendía una y otra vez al darse cuenta de que, para ellos, este lugar no era solo un refugio: era un hogar.
También pasaba horas enteras entre los niños. Se sentaba en el suelo con ellos, les ayudaba a construir juguetes con madera o barro, corría a su lado por los caminos de tierra, escuchaba sus risas y sus gritos, y se daba cuenta de que, para esas pequeñas criaturas, nacidas muchas de ellas aquí mismo, en estas tierras, la diferencia entre razas no significaba nada. Para ellos, un amigo era un amigo, sin importar si tenía orejas puntiagudas, cola, piel de distinto color o altura descomunal. Verlos así le llenaba el corazón de una esperanza que no sabía que tenía.
Mientras ella recorría el pueblo, el trabajo no se detenía en la mansión ni en la defensa.
Garum, con esa seriedad y sentido del deber que siempre lo caracterizaban, había estado revisando personalmente las filas de quienes ahora protegían el lugar. Y lo que había encontrado le había llenado de orgullo y sorpresa. Ya no eran solo los soldados humanos que habían venido con Anna al principio, ni los refugiados que habían tomado las armas por necesidad. Ahora, en las filas de la guardia, había elfos de movimientos ágiles y puntería perfecta, enanos de brazos fuertes y escudos indestructibles, hombres bestias con sentidos aguzados que podían vigilar la noche mejor que nadie, e incluso algunos ogros y demonios que elegían usar su fuerza para proteger, y no para destruir. Todos se habían unido por voluntad propia, porque sentían que este lugar valía la pena ser defendido.
Junto a Lyra, que conocía cada rincón de estas tierras y sabía leer el terreno como nadie, Garum se había dedicado a organizarlos. Habían creado divisiones según sus habilidades y razas, pero mezclándolas también para que aprendieran los unos de los otros. Y lo más importante: habían designado a capitanes de confianza, hombres y mujeres de todas las razas, líderes que se habían ganado el respeto de los suyos y de los demás. Esos capitanes tomarían el mando total de la defensa cuando Garum y Lyra tuvieran que partir de nuevo junto a Anna, asegurando que la protección nunca faltara.
Por su parte, Eliana y Lira no se quedaron atrás. Ellas se habían encargado de organizar todo lo relacionado con la servidumbre, el mantenimiento de la mansión, el suministro de alimentos y la atención a quienes vivían allí. Al igual que con la guardia, también en estas tareas había gente de todos los pueblos trabajando codo con codo, y ellas habían sabido distribuir las responsabilidades según las capacidades de cada uno. Claro que, como siempre decían con una sonrisa, todo funcionaba mucho mejor gracias a que Lady Altheria estaba al frente de todo, vigilando que nada se saliera de control, dándoles consejos y manteniendo el orden con esa autoridad tranquila que hacía que nadie se atreviera a quejarse. “Si la señora Altheria no estuviera aquí, seguro que ya habríamos perdido la mitad de las cosas o se habría armado un lío tremendo”, bromeaba Eliana, y todas estaban de acuerdo.
Fue justo durante una de esas tardes tranquilas, mientras Anna estaba sentada junto a la chimenea en la habitación de la anciana, descansando después de un largo día de caminatas, cuando Lady Altheria le explicó detalladamente cómo funcionaba ahora la administración de todo el territorio.
—Como verás, Anna, esto ya es demasiado grande para que una sola persona, o incluso dos, puedan decidir todo —le dijo la anciana mientras servía té para ambas—. Y como aquí convivimos tantos pueblos distintos, cada uno con sus costumbres, sus necesidades y sus formas de ver las cosas, lo mejor que se nos ocurrió fue crear un consejo pequeño, pero sólido.
Anna escuchaba con atención, inclinándose un poco hacia adelante.
—Un consejo...
—Exacto. Representantes elegidos por ellos mismos, de cada raza que vive aquí. No son nobles, ni tienen títulos. Son personas en las que los suyos confían. Se reúnen una vez a la semana, o cuando hace falta, y ahí se toman las decisiones importantes: cómo se divide la tierra para cultivar o construir, qué rutas de comercio abrimos y cuáles cerramos, cómo se reparten los recursos que llegan, cómo organizamos las zonas de trabajo... todo lo que afecta a todos. Así nadie puede decir que se le da preferencia a unos sobre otros.
La anciana dio un sorbo de té y continuó.
—Y claro, tú sigues siendo la máxima autoridad, la dueña de estas tierras, y yo hablo en tu nombre cuando tú no estás. Pero este consejo es el que hace que todo funcione día a día, que no haya conflictos y que cada uno se sienta representado.
Anna asintió, impresionada. Era un sistema inteligente, justo, y demostraba una madurez y una visión de futuro que ella apenas estaba empezando a comprender.
—¿Y quiénes son estos representantes? —preguntó entonces, recordando el encuentro que había tenido hacía unos días en el pasillo.