El Velo De La Rosa

Capítulo 55 —Pequeñas grietas, cuando el bosque ataca —

(Transición: el resto del Día 3)

El resto del tercer día pasó como pasan las cosas en Gravenwald:

sin gloria… pero con sangre.

Hubo bestias.

Hubo emboscadas pequeñas.

Hubo carreras cortas entre la niebla y troncos demasiado viejos.

Hubo cortes que no eran mortales, pero que ardían lo suficiente como para recordarles que el bosque nunca descansaba.

Derrotaron monstruos de clase baja y media, recolectaron lo justo, y cuando el sol empezó a hundirse detrás de la copa retorcida de los árboles, encontraron otra “base” improvisada.

Un claro estrecho.

Piedras altas.

Raíces gruesas.

Y un lugar donde el viento, al menos por una noche, no soplaba directo sobre la nuca.

Rolando marcó el perímetro con estacas.

Cedric revisó huellas.

Mireth organizó vendas, infusiones, y revisó que nadie estuviera sangrando por orgullo.

Lyra… Lyra simplemente observó.

Como siempre.

Hasta que, sin previo aviso, se acercó a Anna por detrás.

Anna estaba sentada sobre una roca, limpiando con cuidado un frasco vacío. Tenía el ceño ligeramente fruncido, concentrada, como si esa tarea simple fuera la única forma de mantener la mente en silencio.

Lyra extendió la mano.

Y tocó el cabello de Anna.

Anna se quedó rígida.

—…¿Qué haces?

Lyra respondió con total calma.

—Tu cabello está hecho un desastre.

Anna frunció el ceño.

—No me importa.

—A mí sí.

Mireth, que estaba cerca, levantó la vista y se le escapó una sonrisa.

—Es verdad. Te ves como si hubieras rodado por un barranco.

Anna apretó el frasco con más fuerza.

—No he rodado por ningún barranco.

—Aún —murmuró Lyra.

Anna giró para mirarlas, seria.

—No necesito que me arreglen.

Mireth se sentó junto a ella, demasiado tranquila para alguien que, hasta el día anterior, parecía incapaz de respirar cerca de Anna sin tensarse.

—No es “necesitar”. Es… —se encogió de hombros— una forma de decir que seguimos vivas.

Lyra ya tenía una pequeña cinta en la mano.

Anna parpadeó.

—¿De dónde sacaste eso?

Lyra ni siquiera se dignó a mirar.

—Tengo cosas.

Anna abrió la boca para protestar.

Pero Mireth ya estaba desenredándole un mechón con dedos cuidadosos, como si tocarla fuera una cosa normal.

Como si no estuvieran tocando el símbolo de años de miedo.

Anna se quedó tiesa, con la mirada al frente, como una prisionera esperando sentencia.

—Dejen de hacer eso.

—No —dijo Lyra, seca.

Mireth sonrió, casi divertida.

—Tu cabello es hermoso. Es un crimen que lo tengas así.

Anna apretó los labios.

—Mi cabello no es un tema de conversación.

Lyra comenzó a separar secciones con precisión fría.

—Ahora lo es.

Anna hizo el intento de levantarse.

Mireth la empujó de vuelta con una mano suave, pero firme.

—Si te mueves, te lo dejo peor.

Anna se congeló.

—…

Lyra trabajó en silencio, trenzando con la misma concentración con la que lanzaba hechizos.

Mireth ayudaba, acomodando mechones, riéndose bajito cuando Anna hacía ese gesto de “esto me está matando por dentro”.

Anna intentó mantener su expresión seria.

Pero sus orejas se pusieron un poco rojas.

Y eso…

eso fue lo que condenó todo.

Porque Cedric, que estaba revisando su espada cerca del fuego, levantó la vista justo en ese instante.

Vio a Anna sentada como una estatua, con Lyra y Mireth detrás como si fueran dueñas del mundo, arreglándole el cabello como si estuvieran en un dormitorio de la Academia y no en un bosque que quería devorarlos.

Cedric parpadeó.

Y luego…

una risa se le escapó.

—PFF—

Rolando, que estaba tensando una cuerda, giró la cabeza.

Vio la escena.

Y se quedó inmóvil dos segundos.

Como si su mente no supiera procesarlo.

Cedric lo miró, conteniendo la carcajada.

—No te rías —susurró—. No te rías o nos mata.

Rolando apretó los labios.

Intentó ser paladín.

Intentó ser serio.

Intentó ser Rolando.

Pero la comisura de su boca tembló.

Y al final, el aire le salió por la nariz en una exhalación que era risa contenida.

Anna lo escuchó.

Y giró la cabeza lentamente.

Su mirada fue una amenaza pura.

—¿Se están riendo?

Cedric se aclaró la garganta.

—No.

Rolando tragó saliva.

—No.

Lyra siguió trenzando como si nada.

Mireth sonrió con una dulzura peligrosa.

—Sí.

Anna cerró los ojos.

Respiró.

Se notaba que quería levantarse y lanzarles el frasco en la cabeza.

Pero no podía.

Porque Lyra tenía su cabello sujeto.

Y porque Mireth estaba disfrutando demasiado el momento.

Cedric murmuró, con voz ahogada:

—Es que… nunca pensé que vería esto.

Anna abrió los ojos.

—¿Ver qué?

Cedric señaló con el mentón, sin poder evitarlo.

—A ti… sin estar dando miedo.

Silencio.

Anna se quedó quieta.

Lyra siguió trenzando, pero sus dedos se hicieron un poco más lentos.

Mireth bajó la sonrisa, apenas.

Como si la frase hubiera tocado algo que no querían tocar.

Anna miró al fuego.

Y no respondió.

Porque no tenía una respuesta que no doliera.

Pero tampoco se levantó.

Y eso, por sí solo, ya era una respuesta.

Cuando terminaron, Lyra dio un pequeño tirón final.

—Listo.

Anna llevó la mano hacia atrás, tocando la trenza con desconfianza.

—…Esto se ve ridículo.

Mireth se rió.

—Te ves bien.

Lyra asintió, sin emoción.

—Demasiado bien.

Anna los miró con una mezcla rara.

Molestia.

Resignación.

Y algo que no se atrevía a llamar gratitud.

—No vuelvan a hacer eso.

Mireth sonrió más.

—Lo haremos de nuevo mañana.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.