El Velo De La Rosa

Capítulo 54: un perdón?, Tal vez

Sylwen seguía retorciéndose bajo el peso de Garoum, luchando con todas sus fuerzas contra el agarre firme del guerrero, con los ojos inyectados en fuego y lágrimas, escupiendo palabras cargadas de veneno, aunque nadie quisiera escucharla.

—¡Suéltame! —gritaba una y otra vez, pataleando contra la hierba y la tierra—. ¡No se metan en lo que no les importa! ¡Ustedes no saben lo que ella es! ¡Saben perfectamente lo que se merece! ¡Es una asesina! ¡Un monstruo! ¡Dejen que haga justicia! ¡Pase lo que pase, de una forma u otra, yo haré que pague! ¡Te lo juro, Anna! ¡Te juro que te haré pagar por cada gota de sangre que derramaste!

Lyra permanecía inmóvil, de pie delante de su señora, con la espada aún desenvainada y los ojos fijos en la joven elfa. No había odio en su mirada, ni tampoco lástima, solo la firmeza de quien sabe cuál es su deber. Pero Garoum, mientras mantenía sujeta a la muchacha con esa fuerza inmensa que tenía, sentía algo más. Entendía perfectamente lo que ella sentía. Conocía ese dolor abrasador que nace de la pérdida, conocía esa rabia que te come por dentro y te nubla la razón, conocía esa necesidad de venganza que parece ser lo único que te queda en el mundo. Él mismo había pasado por algo parecido hace muchos años. Y por eso mismo, sabía también, con una certeza dolorosa, exactamente a dónde llevaba todo ese odio: a la destrucción de uno mismo, y a nada más.

El grito desgarrador de Sylwen se cortó de golpe.

Una voz, serena, fría y cargada de una autoridad antigua, llegó desde detrás de Anna, haciendo que todos se quedaran helados.

—Ya es suficiente.

Anna y Lyra se giraron al mismo tiempo.

Allí estaba Lythariel. Había aparecido en silencio, como suelen hacer los de su raza, y no miraba a Anna. Ni siquiera le prestaba atención a ella en ese momento. Sus ojos verdes, esos ojos que habían visto pasar siglos y siglos, estaban fijos únicamente en su hija, y en ellos no había ni rastro de la dulzura o el orgullo de una madre. Había decepción. Una decepción profunda, dolorosa, absoluta, que hizo que Sylwen dejara de forcejear por un segundo, sorprendida.

—¡Tú no tienes derecho a callarme! —le gritó Sylwen, con la voz rota, desesperada—. ¡Tú eres una cobarde! ¡Aceptaste la muerte de papá como si nada! ¡Te quedas aquí, sonríes, le das las gracias, la llamas señora... te arrastras ante la asesina de tu esposo! ¡Te avergüenzas de lo que fuimos! ¡Yo no soy como tú! ¡Yo sí tengo valor para odiarla!

Lythariel no se movió. No se inmutó ante aquellas palabras que debieron clavarse como cuchillos en su corazón. No miró a su hija, ni le respondió con gritos. Simplemente levantó una mano, pronunció unas palabras en un idioma antiguo y melodioso que apenas se escuchó, y un brillo plateado envolvió la boca de Sylwen, sellándola al instante. La joven intentó seguir hablando, intentó gritar, insultar, protestar... pero de sus labios solo salían sonidos ahogados y sordos, sin voz, atrapados en su garganta.

Entonces, Lythariel caminó despacio hasta donde estaban Garoum y su hija. Se arrodilló en el suelo, con elegancia, pero sin orgullo, y bajó su cuerpo hasta que su frente tocó la tierra fría, justo al lado de donde estaba Sylwen inmovilizada.

Y no fue solo ella.

Detrás de Lythariel, aparecieron dos figuras más: dos elfos ancianos, de cabellos blancos como la nieve y rostros llenos de arrugas que hablaban de larguísimas vidas vividas. Eran los más sabios, los más respetados de todo su pueblo. Y ellos también se arrodillaron. Y ellos también inclinaron la cabeza hasta tocar el suelo con la frente, en una postura de sumisión absoluta, de respeto máximo, de rendición total.

Anna abrió los ojos de par en par, sorprendida y conmocionada.

Conocía las tradiciones. Sabía lo que esto significaba.

Los elfos no se arrodillaban ante nadie.

Jamás. Ni ante reyes, ni ante emperadores, ni ante dioses. Se enorgullecían de su dignidad, de su altura, de su independencia. Decían que su cabeza solo debía inclinarse ante la naturaleza, ante los ancestros, ante la vida... pero nunca ante ninguna otra raza, y mucho menos ante un humano. Ver a Lythariel, una mujer de siglos, orgullosa y sabia, y a los ancianos más importantes, postrados así, tocando el suelo con la frente ante ella... era algo que Anna jamás habría imaginado ver.

—Señora Anna... —empezó a decir Lythariel, con la voz ahogada por la posición, hablando directamente contra la tierra—. Le pido perdón. Le pido perdón de todo corazón por este ataque imperdonable contra su vida. Le pido perdón por las palabras dichas, por la violencia, por la descortesía que ha cometido mi hija. Ella no representa lo que somos, ni lo que sentimos. Le ruego... por favor... que perdone su vida y este error.

Sylwen miraba todo esto con los ojos muy abiertos, llenos de confusión, de rabia y de incomprensión. Intentaba protestar, intentaba decir algo, moverse, hacer que su madre dejara de humillarse así... pero la magia la mantenía muda, y las manos de Garoum la mantenían sujeta.

Lythariel levantó apenas un poco la cabeza, lo justo para mirar a su hija, y sus ojos ya no mostraban decepción, sino una dureza aterradora y una tristeza infinita. Le habló con voz baja, firme, para que solo ella pudiera entenderlo, aunque todos escuchaban las palabras.

—Quédate callada... y escúchame bien, hija mía —le dijo lentamente—. ¿Acaso se te ha olvidado dónde estamos? ¿Se te ha olvidado quiénes somos? ¿Se te ha olvidado qué clase de mundo es este fuera de estas murallas?

Hizo una pausa, y sus palabras fueron como golpes de realidad.

—Parece que sí. Parece que la seguridad de este place te ha hecho olvidar nuestra historia, nuestra lucha, nuestra supervivencia. ¿No recuerdas ya? Nosotros, los elfos, somos una raza que apenas tiene sitio en este Imperio. En todas partes somos discriminados. En todas partes nos miran con recelo, con envidia, con odio. En muchas regiones nos cazan como si fuéramos animales, nos capturan para vendernos como esclavos, nos matan por el simple hecho de ser lo que somos. ¿Lo habías olvidado?




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