El Velo De La Rosa

Capítulo 55: El juicio de la mala conciencia

La mañana siguiente.

Anna descubrió, no sin cierto pesar, que existían destinos mucho peores que la muerte.

La muerte era rápida. La muerte era silenciosa. La muerte, en el peor de los casos, solo dolía un instante.

Pero lo que le esperaba ahora... eso dolería mucho más, y duraría mucho más tiempo. Y todo comenzó con una frase que le anunció uno de los sirvientes apenas terminó de desayunar, con una cara de compasión absoluta, como si estuviera leyendo su sentencia de muerte:

—Lady Altheria desea verla inmediatamente. Y... le sugiero que vaya preparando el alma, señora.

Unos minutos después, Anna comprendió que no se trataba de una simple visita.

Había caído en una trampa.

Una emboscada perfectamente planificada.

Una ejecución pública.

Una conspiración urdida en su contra por las personas en las que más confiaba.

Porque en cuanto abrió la puerta de la habitación de Lady Altheria, sintió que acababa de entrar en la guarida de los lobos.

O peor: en la sala de los verdugos.

El silencio en la habitación era aterrador. De ese tipo de silencio que hace que los pelos se ericen en la nuca.

Lady Altheria descansaba sentada sobre la cama, cubierta con su manta de lana debido a su delicado estado de salud, pero hoy no parecía cansada. Al contrario, sus ojos brillaban con una intensidad que Anna conocía demasiado bien: era la mirada de quien está a punto de disfrutar mucho de algo.

A su lado, rígido y con una expresión que intentaba ser neutral pero que fracasaba estrepitosamente, se encontraba el representante de la Rosa Demoníaca. El hombre miraba fijamente un punto en la pared, muy interesado en la decoración, decidido a no intervenir... o a no reírse demasiado pronto.

Y frente a ella...

Anna sintió cómo un escalofrío helado le recorría la espalda de los pies a la cabeza.

Eliana.

Lyra.

Las dos estaban allí. De pie. Erguidas. Impecables.

Esperándola.

Y sonriendo.

Y aquello, absolutamente aquello, era mucho más aterrador que cualquier monstruo, cualquier guerra o cualquier maldición que hubiera conocido en su vida. Esas dos mujeres conocían cada uno de sus secretos, cada una de sus debilidades, y hoy tenían la intención de usarlas todas en su contra.

—Ah... —Anna se detuvo en seco en el umbral, dio un paso atrás y ya tenía un pie fuera de la puerta—. Creo... creo que me equivoqué de habitación. Sí, eso es. Iba a... a ver los caballos. O a regar las flores. Adiós.

—No lo hiciste.

La respuesta de Eliana fue tan rápida, tan dulce y tan cortante que parecía haberla tenido preparada desde hacía tres horas.

Detrás de ella, la puerta se cerró lentamente.

Clic.

El sonido fue inconfundible. Era el mismo ruido que hacían las puertas de las celdas de las prisiones imperiales al cerrarse.

Anna tragó saliva, haciendo un ruido bastante audible.

—Lady Altheria... —gimió, girando la cabeza hacia la anciana, buscando ayuda, buscando misericordia, buscando un milagro.

La anciana simplemente desvió la mirada hacia la ventana, observando los jardines con gran interés. Pero sus hombros comenzaron a temblar ligeramente. De una forma muy sospechosa.

La traidora. —pensó Anna, sintiéndose la mujer más desdichada del mundo—. Me ha entregado al enemigo.

—Siéntese —ordenó Lyra, señalando una silla vacía en el centro de la sala.

Anna obedeció al instante, moviéndose casi por inercia, con las manos sudando frío.

—De rodillas.

Lyra corrigió la orden con una dulzura peligrosa.

Anna se deslizó de la silla hasta quedar arrodillada sobre la alfombra, con la cabeza gacha y las manos juntas como si estuviera confesando sus pecados ante un tribunal divino. Y en cierto modo, así era. Las dos jóvenes la observaban desde arriba, con esa mezcla de cariño y severidad que solo tienen las madres cuando pillan a sus hijos haciendo una travesura monumental.

Eran jueces. Eran verdugos. Eran depredadores observando a una presa herida que ni siquiera intentaba huir.

—Lady Anna —empezó Eliana, dando un paso hacia ella, con esa sonrisa que ahora mismo le parecía la cosa más aterradora del universo—. ¿Tiene usted la más mínima idea de por qué está aquí?

—No —mintió Anna, sin levantar la vista, estudiando los dibujos de la alfombra con una atención excesiva.

—¿Segura? —insistió Lyra, cruzándose de brazos y mirándola con esa expresión que decía: te conozco mejor que tú misma.

—Completamente segura —volvió a mentir Anna, sintiendo que su corazón latía tan fuerte que seguro lo escuchaban en la habitación de al lado.

Hubo un silencio breve, cargado de una presión insoportable.

—Entonces... —dijo Lyra, arrastrando las palabras— supongo que no tiene nada que decirnos sobre el pequeño incidente de anoche. ¿Sobre el intento de asesinato? ¿Sobre la elfa que casi le corta el cuello? ¿Sobre la barrera mágica que activó en el último segundo... o que no activó hasta el último segundo?

Anna cerró los ojos con fuerza.

La atraparon. Saben todo. Estoy perdida.

—Bueno... técnicamente... —empezó a decir con voz muy bajita.

—Lady Anna —la cortó Eliana al instante, poniéndose en cuclillas frente a ella para quedar a su altura, con los ojos brillando de diversión y regaño—. ¿Sabía usted, aunque fuera un poquito, que esa elfa, la señorita Sylwen, tenía la intención de atacarla?

Anna miró hacia la pared más lejana de la habitación, buscando inspiración o una grieta por la que desaparecer.

—Lo sospechaba un poco... —susurró.

—¿Un poco? —repitió Lyra, y se escuchó el sonido de alguien golpeando suavemente la mesa con los dedos—. ¿Dijo un poco?

—Bueno... quizás... —Anna se aclaró la garganta— quizás bastante.

—¿Bastante? —ahora fue Eliana la que alzó una ceja, con esa sonrisa que ya empezaba a darle pesadillas—. ¿Bastante, Lady Anna?

—...Mucho —confesó Anna, sintiendo que sus orejas debían estar rojas como tomates—. Sí. Mucho. Lo sabía.




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