El aire fresco y limpio de la mañana envolvía a Anna mientras caminaba sola por las calles del asentamiento, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada atenta a cuanto la rodeaba. O al menos, ella seguía intentando llamarlo "asentamiento". Pero, sinceramente, cada día que pasaba estaba más segura de que esa palabra se le había quedado pequeña, corta y pobre para definir lo que ahora crecía ante sus ojos.
Porque cada vez que regresaba después de unos días ausente, el lugar parecía haber dado un salto gigante hacia adelante. Ya no era ese conjunto de chozas improvisadas, calles de barro y gente desorientada que ella encontró al principio. Ahora, todo se veía más grande, más sólido, más vivo, más lleno. Se estaba convirtiendo, sin duda alguna, en una verdadera ciudad.
Las antiguas construcciones de madera tosca y telas habían dado paso a casas bien levantadas, con vigas fuertes, techos de pizarra o tejas y ventanas que brillaban con cristales traídos de lejos. Nuevos caminos empedrados comenzaban a conectar los distintos sectores, evitando el barro en invierno y el polvo en verano. A los lados de las calles, comerciantes de todas las razas levantaban sus puestos con mercancías variadas: especias, telas, herramientas, alimentos frescos y objetos artesanales que antes eran imposibles de encontrar.
Y lo más hermoso de todo: la gente.
Humanos, elfos, demonios, enanos, ogros y tantos otros que habían encontrado refugio allí, caminaban unos junto a otros sin miedo, sin desconfianza, como si siempre hubieran pertenecido al mismo lugar. Niños de distintas pieles, estaturas y razas corrían de un lado a otro, jugando a las traes o a las canicas, gritando y riendo, sin importarles las viejas enemistades que sus padres o abuelos habían tenido en otros tiempos y en otras tierras.
Era extraño.
Y a la vez, profundamente hermoso.
Porque durante años, este valle había sido una prisión para ella. Un lugar olvidado, triste y solitario donde había sido desterrada. Y ahora, gracias a esa misma condena, se estaba convirtiendo en el hogar más seguro y esperanzador de todo el continente.
—¡Lady Anna! ¡Buenos días!
—¡Ha vuelto! ¡Qué alegría verla!
—¡Que tenga un día bendecido, señora!
Varias personas la saludaban al verla pasar. Algunos levantaban la mano con entusiasmo, otros inclinaban la cabeza con respeto, y muchos simplemente sonreían, con esa sonrisa sincera que solo tienen quienes saben que le deben la vida o la libertad a alguien.
Anna seguía sin acostumbrarse a eso.
Y probablemente nunca lo haría. Aún le costaba comprender cómo alguien como ella, que había causado tanto dolor, podía ser recibida con tanto cariño y gratitud.
—Buenos días a todos —respondió ella, devolviendo cada saludo con una sonrisa suave—. Espero que todo esté marchando bien.
Siguió caminando despacio, disfrutando del recorrido y observando los cambios que habían ocurrido en su ausencia. Se veían nuevas construcciones que antes no estaban: talleres amplios donde se escuchaba el martilleo del metal, almacenes grandes y fuertes, y hasta un edificio grande y luminoso que parecía ser una escuela o un centro de reunión. El sonido de los martillos, el olor a pan recién horneado que salía de las panaderías y el murmullo constante de la gente trabajando llenaban el aire.
—A este ritmo... —pensó para sí misma, negando con la cabeza y sonriendo— ...a este ritmo, dentro de poco tendré que pedir un mapa para encontrar mi propia casa. Esto ya no lo reconozco.
—No sería mala idea, señora.
Anna se giró bruscamente al escuchar aquella voz grave, profunda y muy conocida.
A unos metros de distancia, junto a una mesa de madera robusta que habían sacado a la calle, se encontraban dos figuras que destacaban sobre cualquier otra, incluso entre la multitud activa y variada.
La primera era inmensa. Medía más de dos metros y medio, con piel de color gris oscuro y una musculatura que parecía tallada en roca sólida. Sus manos eran grandes como palas, capaces de partir árboles enteros o levantar piedras enormes sin esfuerzo. Era Gromm, el representante elegido por los ogros, un líder fuerte, serio y de corazón muy leal.
A su lado había una figura mucho más baja, que apenas le llegaba a la cintura, pero que irradiaba tanta fuerza y carácter como el gigante que tenía al lado. Era ancho, fornido, con una barba espesa y cuidada de color cobre, cabello rojizo y unos brazos gruesos como troncos de roble. Era Krundin, el representante de los enanos, un maestro de la piedra y el metal, terco como una montaña y brillante como una gema.
Ambos estaban inclinados sobre unos enormes planos de papel extendidos sobre la mesa, señalando líneas y marcas con los dedos, discutiendo algo con gran interés.
—Gromm. Krundin —saludó Anna acercándose a ellos, admirando una vez más la extraña pero perfecta alianza entre ambas razas.
Los dos levantaron la cabeza y sonrieron al verla.
—Lady Anna —dijo el ogro, inclinándose levemente con esa educación que había aprendido desde que llegaron—. Nos alegra muchísimo verla de regreso. Ya empezábamos a pensar que se había olvidado de nosotros.
—¡Ja! —exclamó el enano, golpeando el plano con la mano—. ¡Y tanto! Ya le decía yo a Gromm: "si Lady Anna no vuelve pronto, vamos a tener que ir a buscarla a la capital para enseñarle lo que estamos haciendo aquí".
—Lo mismo digo —respondió ella, acercándose para ver los dibujos—. Se ve que no han perdido el tiempo mientras yo no estaba. ¿En qué están trabajando tan temprano?
Krundin levantó una esquina del papel para alisarlo mejor.
—Precisamente... esto es algo de lo que queríamos hablarle. Íbamos camino a la casa de Lady Altheria ahora mismo para explicárselo. Pero... —señaló con la cabeza hacia ella— ...ahora que la encontramos aquí, nos ahorramos el viaje y podemos explicárselo directamente a usted.
Aquello llamó inmediatamente la atención de Anna. Si los dos líderes de las razas más trabajadoras y prácticas del asentamiento querían hablar con ella juntos, tenía que ser algo importante.