La Sala de Teletransportación de la Academia de Arcanum Veridian no era un lugar diseñado para la emoción.
Era un lugar de precisión.
De círculos rúnicos perfectos.
De plataformas alineadas con exactitud matemática.
De piedra pulida que reflejaba la luz mágica como un espejo frío.
Y sin embargo, esa tarde… el aire estaba cargado.
No con magia.
Con expectativa.
Las plataformas circulares brillaban una a una conforme los grupos sobrevivientes regresaban desde Gravenwald. Cada activación era anunciada por una vibración baja en el suelo, un destello azulado en el centro del sello y luego el sonido seco del desplazamiento dimensional cerrándose.
Uno a uno.
Sin épica.
Sin música.
Solo el sonido de quienes habían sobrevivido.
En los niveles superiores de la sala, los profesores observaban con compostura controlada. No aplaudían. No sonreían demasiado. Solo anotaban.
Cada grupo que aparecía era evaluado en segundos.
Estado físico.
Coordinación.
Cantidad de integrantes.
Nivel de agotamiento.
Recursos conservados.
Y detrás de ellos, en una grada elevada reservada, algunos miembros del Consejo de Magia del Imperio estaban presentes.
No todos.
Solo los que tenían interés en detectar talento temprano.
El futuro del Imperio no se formaba en discursos.
Se formaba en bosques que intentaban matarte.
Otra plataforma brilló.
Un grupo de cinco apareció. Heridos, pero erguidos.
Un profesor dio un paso al frente.
—Día cuatro completo. Formación intacta. Sin bajas.
Un asistente escribió.
—Calificación preliminar: Alta.
Uno de los consejeros murmuró:
—El líder es hijo del Vizconde Halvar.
—Se nota —respondió otro—. Aunque el equipo no lo sigue por respeto… lo siguen por apellido.
No muy lejos de allí, apoyados contra una de las columnas laterales, estaban Eliana, Garoum, Daeron y Marien.
Los cuatro.
No hablaban mucho.
Eliana mantenía los brazos cruzados, pero su postura rígida la delataba. No miraba a los consejeros. No miraba a los profesores.
Miraba las plataformas.
Una.
Tras otra.
Garoum, más atrás, tenía la mandíbula apretada.
—Ya deberían haber vuelto —murmuró.
—No necesariamente —respondió Daeron con voz más controlada—. Los grupos fuertes suelen apurar el último día.
—O se encuentran con algo peor —dijo Marien en voz baja.
Silencio.
Nadie quiso seguir esa línea.
Otra plataforma se encendió.
Este grupo llegó riendo.
Uno de los líderes, claramente noble por la forma en que caminaba incluso herido, levantó la barbilla apenas apareció.
—Superamos Gravenwald sin perder a nadie.
Un murmullo recorrió a los observadores.
Pero cuando sus compañeros intercambiaron miradas entre ellos, algo era evidente.
No todos compartían el mismo orgullo.
Uno de los profesores anotó sin emoción.
—Día cuatro alcanzado. Recursos mal administrados. Liderazgo inestable. Nota: Aprobado, pero con observación.
El noble no escuchó la última parte.
No le interesaba.
Garoum resopló.
—Muchos regresan gracias al equipo… no al líder.
Eliana no respondió.
Pero sus ojos no dejaron de buscar.
Otra activación.
Más estudiantes.
Más supervivientes.
Algunos regresaban en silencio absoluto, apenas sosteniéndose unos a otros. Otros sonreían con alivio, como si haber salido vivos fuera suficiente recompensa.
Todos compartían algo.
Cansancio.
Pero también orgullo.
Porque los reprobados… ya habían vuelto.
Los que se retiraron el primer día.
Los que activaron la piedra por pánico.
Los que fueron arrastrados de regreso por heridas tempranas.
Ellos ya estaban en la Academia.
Ya sabían que repetirían la prueba.
Ya cargaban el peso de haber fallado.
Los que aparecían ahora…
eran los que resistieron.
Los que soportaron la niebla.
La sangre.
La tensión constante.
Una nueva plataforma brilló.
Un grupo apareció con tres integrantes.
Dos ayudaban al tercero a mantenerse en pie.
El profesor más cercano frunció el ceño.
—Cuatro entraron.
Uno de los estudiantes respondió con voz quebrada:
—Activó la piedra el segundo día… herida interna.
El consejero asintió levemente.
—Decisión correcta.
Nota ajustada.
Aprobado.
La sala volvió a vibrar.
Y mientras más plataformas se activaban, más evidente era algo:
Los grupos con nobles al frente regresaban con resultados variados.
Algunos habían sobrevivido gracias a la disciplina.
Otros gracias al sacrificio silencioso de compañeros que jamás recibirían crédito.
Pero en ninguno de ellos se sentía… algo distinto.
Algo que hiciera que el aire cambiara.
Eliana lo sabía.
Lo sentía.
Anna no regresaría como “una más”.
Si volvía…
sería diferente.
Garoum miró otra plataforma encenderse.
No era la de Anna.
Otra.
Y otra.
Cada regreso aumentaba la tensión.
Los profesores empezaban a revisar sus listas.
—Faltan tres grupos —dijo uno.
—Cuatro —corrigió otro—. El grupo de la zona norte aún no ha activado.
Daeron miró a Eliana.
—¿Estás nerviosa?
Eliana no respondió de inmediato.
Luego dijo, sin apartar la vista de los círculos rúnicos:
—No.
Pero sus manos estaban cerradas con fuerza.
Marien susurró:
—Confío en ella.
Garoum asintió.
—Yo también.
Y en el centro de la sala, las plataformas esperaban.
—Va a llegar quejándose del bosque —dijo Garoum, cruzado de brazos, fingiendo aburrimiento—. Seguro dirá que fue demasiado simple.
—O que las bestias estaban mal distribuidas —añadió Daeron, forzando una sonrisa.