Faltaban exactamente dos días para que Anna retomara su camino hacia el corazón del Imperio. Tenía planeado hacer una parada importante antes de llegar a la capital: pasaría por la ciudad ancestral de su familia, el hogar de los D'Valrienne, para hablar con sus hermanos. Su objetivo era claro: solicitar su apoyo y su respaldo oficial para poner en marcha el comercio de los minerales y las piedras mágicas que pronto empezarían a extraerse de la montaña al norte. Era un proyecto demasiado grande para manejarlo solos, y el nombre de su familia abriría puertas que de otro modo permanecerían cerradas.
La comitiva que la acompañaría estaba decidida: sus compañeros más fieles y cercanos, que nunca la abandonaban. Irían Eliana, siempre atenta y firme; Lyra, la guerrera valiente y leal que siempre permanecía a su lado junto a Garoum; Garum, con su sabiduría antigua y su mirada que lo veía todo; y Lira, la pequeña niña que, aunque empezó como sirvienta, se había convertido para Anna en una hermana pequeña, a la que protegía y quería con toda su alma. También irían los mismos guardias imperiales que la habían escoltado hasta aquí y que, por orden expresa del Emperador, se habían quedado estos días en la finca esperando su regreso, asegurando que nada le ocurriera. Todo estaba organizado, todo listo... pero hoy, hoy era un día mucho más importante que cualquier preparativo de viaje.
Hoy se tomaría la decisión que todos estaban esperando, con el aliento contenido y el corazón en un puño.
En la gran sala de conferencias, el silencio era absoluto. Era una habitación amplia, con paredes de piedra y madera oscura, donde habitualmente se discutían los asuntos más importantes del asentamiento. Allí, sentados en los grandes sillones dispuestos en círculo, estaban Lady Altheria y todos los representantes de las razas que vivían bajo su protección: Gromm por los ogros, Krundin por los enanos, Rakhan por los hombres lobo, Miri por las hadas, Zara por los demonios y muchos otros líderes más. Todos estaban presentes, con sus rostros serios, conscientes de que lo que se decidiera hoy marcaría el futuro de la convivencia en estas tierras.
Frente a ellos, de pie, separadas del resto, estaban las dos figuras centrales de este encuentro.
Por un lado, Maelys. La joven demonio permanecía con la cabeza alta, aunque sus manos entrelazadas delataban su nerviosismo. Habían pasado días desde que su padre, Varzek, había hablado con Anna y con Lady Altheria. La anciana había dedicado mucho tiempo a hablar con ella, a escuchar sus miedos, a explicarle con paciencia y dulzura lo que significaba la Academia, lo que podía encontrar allí y lo que significaba para su gente. Y finalmente, había logrado convencerla. Maelys aceptaba ir. Aún sentía ese miedo profundo, ese temor a ser juzgada, rechazada o ignorada por ser quien era... pero saber que iría acompañada, saber que Anna estaría allí, caminando a su lado y protegiéndola de cualquier injusticia, hacía que ese miedo fuera soportable. De alguna manera extraña, la sola presencia de Anna le daba seguridad.
Y al lado de ella, en el lugar más pesado y difícil de todos, estaban Sylwen y su madre.
Ambas elfas mantenían la cabeza baja, con la postura rígida y el rostro pálido. Durante estos días, les habían explicado claramente que el incidente de la noche anterior no tendría consecuencias para todo su pueblo: los elfos no serían expulsados, ni castigados en masa, ni obligados a abandonar el refugio que habían encontrado aquí. Pero también les habían recordado, con toda la claridad del mundo, cómo funcionaban las leyes. Y ellas, que conocían las normas y las jerarquías mejor que muchos, sabían perfectamente lo que eso significaba. Si el grupo no pagaba por el error, entonces el culpable debía asumir todo el peso del castigo.
Sylwen esperaba lo peor. Lo tenía asumido. Estaba preparada para ello. Ella había cometido el acto, ella había alzado la mano contra su señora, contra la dueña de estas tierras, contra la mujer que les había dado refugio cuando todos los demás les dieron la espalda. Y por mucho que su corazón estuviera lleno de rencor, dolor y recuerdos amargos, sabía que, ante la ley, eso no importaba. La ley era clara: atacar a un noble, a un gobernante, era traición. Y la traición tenía castigos terribles.
Esperaba el destierro. Era lo que su madre le había dicho que pasaría. La expulsarían de estas tierras, la obligarían a marcharse sola, sin nada, sin nadie, y nunca más podría volver. Era una sentencia dura, cruel, pero al menos le permitía vivir. Y Sylwen estaba dispuesta a aceptarlo, porque sabía que se había ganado algo mucho peor.
Fue Lady Altheria quien rompió el silencio primero. Se levantó lentamente de su asiento, apoyándose en su bastón, y recorrió con la mirada a todos los presentes.
—Hemos reunido a todos los líderes de este lugar —dijo con voz clara y firme, que resonó por toda la sala— para anunciar dos decisiones importantes, que marcarán el camino que tomaremos de ahora en adelante.
Hizo una pausa y señaló con la mano hacia donde estaba Maelys.
—Primero: todos saben que la Academia Mágica Imperial ha enviado una invitación oficial a una de nuestras jóvenes con más talento. Maelys, hija de Varzek, ha sido elegida por su capacidad y su magia. Y hoy, ante todos nosotros, anuncio que ella aceptará esa invitación.
Un murmullo suave de aprobación recorrió la sala. Zara sonrió con orgullo hacia el joven demonio, y Varzek, que estaba entre los representantes, asintió con la cabeza, con los ojos brillantes de emoción y alivio.
—Ella viajará hasta la Academia —continuó Lady Altheria— y no irá sola. Lady Anna D'Valrienne la acompañará, se asegurará de que sea recibida con el respeto que merece y velará por que su estancia allí sea segura y fructífera. Maelys ha comprendido que este no es un regalo, sino una oportunidad para demostrar lo que su gente es capaz de hacer. Y estoy segura de que nos dará grandes alegrías.