Sylwen temblaba.
Literalmente temblaba de pies a cabeza.
Y no era la única.
A su lado, Maelys se aferraba a su brazo con tanta fuerza que casi le dejaba marcas en la piel, como si estuvieran frente a una bestia antigua salida de las leyendas más oscuras del continente.
Las dos observaban la plaza central en un silencio absoluto, lleno de tensión.
O más exactamente…
Observaban a Anna.
Y eso era lo que las hacía sentir más heladas que cualquier tormenta de invierno.
—¿Está… está bien…? —susurró Maelys con la voz quebrada, sin atreverse ni a respirar hondo.
—No lo sé… —respondió Sylwen tragando saliva con dificultad—. Pero si alguien fue el responsable de esto, va a desear nunca haber nacido.
Las dos se apretaron una contra la otra, buscando cualquier atisbo de seguridad en medio de la inminente tormenta.
A pocos metros de ellas, Garoum soltó un suspiro tan largo y profundo que parecía que le salía hasta del alma.
Lyra hizo exactamente lo mismo, y se pasó una mano por el rostro como si ya estuviera contando los daños que iban a venir.
—Sabía que esto iba a pasar —murmuró la caballera.
—Yo también —añadió Garoum, mirando al cielo como si pidiera paciencia a los dioses.
Eliana, por su parte, luchaba con todas sus fuerzas por mantener una expresión seria y digna, pero sus hombros se movían en espasmos que delataban lo que realmente sentía.
La pequeña Lira tuvo que girarse de golpe, taparse la boca con ambas manos y agacharse un poco para que Anna no viera la sonrisa inmensa que se le dibujaba en la cara.
Incluso los guardias imperiales enviados por el propio Emperador parecían estar a punto de estallar en carcajadas, aunque mantenían una compostura rígida y desviaban la mirada hacia cualquier cosa que no fuera el centro de la plaza.
Porque todos, sin excepción, entendían perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Todos.
Menos las dos recién llegadas.
El origen de aquel desastre estaba justo en medio de la plaza: una estatua gigantesca de mármol blanco, pulida hasta brillar bajo el sol. Majestuosa, imponente, esculpida con una precisión exquisita. Representaba a Anna con los ojos cerrados, una expresión de serenidad absoluta, las manos juntas sosteniendo una rosa entre los dedos, como si estuviera rezando por la prosperidad eterna de la ciudad.
A sus pies, grabadas en letras doradas que relucían con orgullo, se leían las palabras:
“A Lady Anna D’Valrienne, salvadora de nuestra ciudad y esperanza de nuestro futuro.”
Silencio.
Un silencio tan pesado que parecía llenar todo el espacio.
Anna permanecía inmóvil frente al monumento. No se movía ni un milímetro, no pestañeaba, no cambiaba de postura. Su rostro mantenía una calma tan absoluta que parecía más fría que el mismo mármol.
Pero esa calma era solo una máscara.
Y todos lo sabían.
Porque a su alrededor, poco a poco, comenzó a extenderse una presión invisible, densa y sofocante. El aire se volvió pesado, como si estuviera lleno de agua, y cualquier cosa viva sintió la necesidad de huir: los pájaros dejaron de cantar y salieron volando despavoridos, los perros se escondieron temblando bajo los puestos, y un vendedor de frutas decidió en cuestión de segundos que era el mejor momento para trasladar su negocio a la otra punta de la ciudad.
Y lo más espectacular de todo: detrás de ella, sin que ella misma lo notara, su propia furia contenida comenzó a tomar forma. Una sombra oscura y ardiente, hecha de pura aura, se alzó en el aire y se fue moldeando hasta convertirse en una enorme y amenazante cara demoníaca, con ojos llameantes, fauces abiertas y colmillos afilados, que parecía rugir en silencio por encima de su cabeza.
—¿Por qué nadie hace nada? —preguntó Maelys, mirando aquella sombra con ojos muy abiertos.
—Porque queremos seguir vivos —respondió Garoum al instante, sin apartar la vista de la figura demoníaca.
—Y mucho —añadió Lyra, asintiendo con toda la seriedad del mundo.
Anna seguía mirando la estatua. La vena que latía con fuerza en su frente rompía por completo cualquier ilusión de tranquilidad.
—¿Quién…? —preguntó con una voz suave, casi susurrada, pero que sonó más peligrosa que cualquier grito.
Eliana tuvo que girarse completamente y apoyar una mano en la pared más cercana para no estallar a reír en voz alta.
—¿Quién… fue el responsable de esto?
Nadie respondió.
Nadie tenía el valor. O la estupidez.
Anna volvió a alzar la vista hacia la estatua. Aquella versión gigante de sí misma parecía contemplarla desde arriba con una calma perfecta, casi burlona, que le ponía los nervios de punta.
—¿Por qué estoy rezando? —preguntó, apretando los dientes.
Silencio.
—¿Por qué llevo una rosa en la mano?
Más silencio. La cara demoníaca detrás de ella abrió más las fauces, como si estuviera a punto de lanzar un rugido que sacudiría los cimientos de la ciudad.
—¿Y por qué soy veinte centímetros más alta de lo que soy?
Lira soltó un sonido ahogado, entrecortado, que sonó exactamente como una carcajada que se ahogaba en la garganta.
—Y lo más importante…
Anna apretó los puños con tanta fuerza que las piedras del suelo a sus pies se agrietaron levemente. La sombra demoníaca detrás de ella creció de tamaño, llameando con furia contenida.
—¿QUIÉN EN SU JUICIO PENSÓ QUE ESTO ERA UNA BUENA IDEA?
El grito retumbó por toda la plaza y rebotó en las paredes de los edificios. La cara de sombra rugió al mismo tiempo, lanzando una onda de aire que hizo que las hojas de los árboles se desprendieran de golpe.
Maelys pegó un salto del susto y se agarró con más fuerza a Sylwen.
Sylwen cerró los ojos y se preparó para lo peor.
Los guardias imperiales miraron al cielo con expresiones totalmente inocentes, como si no supieran absolutamente nada de nada.
Y en un rincón lejano, el alcalde de la ciudad, que había tenido la “brillante” idea de encargar la obra, decidió que tal vez era el momento perfecto para irse de viaje… por un tiempo indefinido.