Por primera vez en mucho tiempo…
Garoum se sentía profundamente incómodo.
No era una incomodidad por peligro, ni por una misión difícil, ni por una orden complicada. Era algo mucho más molesto: una sensación de vulnerabilidad que le revolvía el estómago.
—No me gusta esto —repitió por décima vez en menos de media hora.
—Lo sé —respondió Lyra sin apartar la vista del camino, con una sonrisa satisfecha.
—Nada de esto me gusta.
—Lo sé.
—Sigo pensando que es una pésima idea.
—Ya lo sé, Garoum.
El hombre soltó un suspiro tan largo y pesado que parecía querer expulsar toda su frustración por la boca.
La responsable de todo aquello caminaba a su lado con las manos entrelazadas detrás de la espalda, la cabeza erguida y una expresión de absoluta tranquilidad.
Lyra.
Por supuesto que era culpa de Lyra.
Aquella mañana, Anna les había concedido el día libre mientras ella se reunía con Selene y Demian para tratar asuntos de la ciudad. Y Lyra, que rara vez desaprovechaba una oportunidad para cambiar la rutina, había decidido que era el momento perfecto para salir a caminar… sin uniforme ni armadura.
El problema era que para Garoum, la armadura no era solo una prenda de protección: era parte de su identidad.
Volvió a repasar su ropa con la mirada, como si esperara que apareciera una placa de acero por arte de magia: una camisa de lino oscuro, pantalones resistentes, botas cómodas y nada más. Ni hombreras, ni peto, ni guanteletes, ni siquiera el cinturón reforzado que solía llevar.
—Me siento desnudo —murmuró con un gesto de disgusto.
—Llevas más ropa que yo —respondió ella, levantando una ceja con diversión.
—Ese no es el punto.
—Entonces explícame cuál es, porque no lo veo.
—El punto es que un hombre de mi posición debe presentarse con dignidad y protección. ¡Una persona respetable no anda por las calles como si fuera un granjero cualquiera!
—Estamos paseando, no marchando a la guerra —le recordó ella, con un tono suave pero cargado de burla.
—¡Precisamente! ¡Y si no hay guerra, es cuando más hay que estar preparado por si llega de repente!
Lyra soltó una risa clara y alegre, que hizo que algunos transeúntes cercanos se giraran a mirarlos con curiosidad.
Detrás de ellos, Sylwen observaba toda la discusión con una diversión creciente. Era una escena que nunca habría imaginado ver: dos guerreros experimentados, acostumbrados a comandar guardias y enfrentar peligros, discutiendo por una pieza de metal como si fuera un asunto de vida o muerte.
—Nunca pensé que alguien pudiera extrañar tanto una armadura —comentó la elfa, acercándose un poco más.
—Es cómoda —respondió Garoum con total seriedad.
—¿Cómoda? —repitió ella, incrédula—. Es una estructura de acero pesada y rígida.
—Exacto. Es pesada, rígida, segura y conocida. Eso es comodidad para quien lleva años usándola.
—Eso no responde nada.
—Responde todo.
Sylwen no pudo contenerse más y soltó una pequeña carcajada. Garoum la miró con fingida reprobación.
—Lo siento —dijo ella, limpiándose una lágrima imaginaria de la comisura del ojo.
—No lo sientes en absoluto.
—No, tienes razón. No lo siento.
—Ya pensaba yo.
Mientras continuaban su camino, la vida de la ciudad se desplegaba a su alrededor con una calma que envolvía todo el ambiente. Los comerciantes abrían sus puestos con los primeros rayos del sol, exhibiendo frutas, telas y objetos de artesanía; los herreros golpeaban el metal con un ritmo constante y rítmico; los niños corrían entre las calles estrechas, riendo y persiguiéndose sin miedo.
Y lo más sorprendente: cada poco paso, alguien se detenía para saludarlos con respeto y sonrisas sinceras.
—¡Buenos días, Lady Lyra!
—Que tenga un día próspero —respondió ella con una inclinación de cabeza.
—¡Buen día, Capitán Garoum!
—Buenos días —contestó él, más serio de lo habitual.
—¡Y buenos días para usted también, señorita Sylwen!
La joven elfa parpadeó varias veces, como si hubiera escuchado mal. Todavía no terminaba de acostumbrarse a aquello: a que la gente la mirara sin desconfianza, a que le sonrieran sin miedo, a que nadie se apartara de su camino como si fuera una amenaza.
Un anciano que vendía hierbas secas desde un puesto de madera levantó la mano en señal de saludo amistoso y le dijo con voz suave:
—Me alegra verla por aquí, recuperada y tranquila.
Sylwen se quedó inmóvil durante unos segundos, con la garganta ligeramente apretada. Luego, casi por instinto, inclinó la cabeza con respeto.
—Gracias —respondió en un susurro.
Era una palabra sencilla, pero que le resultaba extraña de pronunciar en aquel contexto. Hacía mucho tiempo, muchísimo tiempo, que nadie le hablaba así.
Recordó entonces lo que había vivido años atrás, cuando apenas era una niña y viajó con su madre hasta estas mismas calles. Habían venido como emisarias de su pueblo, cargadas de peticiones y esperanzas, buscando ser escuchadas y pedir una tregua. Pero en aquel entonces, la ciudad era diferente: fría, cerrada, hostil. La gente las miraba con recelo, como si fueran una plaga. Y la gobernante de aquel entonces —la Anna de antes, fría y arrogante— ni siquiera se dignó a recibirlas. Las dejaron esperando días enteros, para luego despedirlas con una carta seca y sin respuesta clara.
Ahora, al mirar a su alrededor, todo parecía otro mundo. Las mismas calles, las mismas casas, pero con un aire totalmente distinto. Nadie se apartaba al ver sus orejas puntiagudas ni su espada al cinto. Nadie le gritaba ni le lanzaba miradas de odio.
—Sigues sorprendida —comentó Lyra, notando su expresión pensativa.
—Un poco —admitió Sylwen, volviendo a la realidad.
—Te acostumbrarás.
—No estoy segura. Hace años, cuando vine aquí por primera vez… era todo muy distinto.
Lyra se quedó en silencio, esperando que continuara.